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1770 Palabras
            No respondió nada al agente Lennon, este tampoco insistió en una respuesta y lo agradeció, parecía ser alguien directo, pero al mismo tiempo comprensivo. Supuso que sería agradable trabajar con él.             Como siempre, tomó sus emociones y las encerró en algún lugar dentro de su cabeza, no quería lidiar con ellas, no iba a romper a llorar como si fuese un niño asustado, no estaba asustado.             No, no lo estaba.             Respiró profundo y entró a casa.             —¿Kesean? ¿Llegaste?             La voz de su madre le llamó desde la cocina.             Tuvo que volver a respirar profundo y aclarar su garganta antes de contestar:             —Sí, ma, llegué.             Sacudió su muñeca y miró su reloj inteligente, eran las nueve de la noche. Debió fiarse en ello y regresar un poco más tarde a casa, de esa manera no tendría que enfrentarse a su madre en un momento como ese.             —Ven acá — insistió —, ven a comer.             —Sí.             Apretó la correa de su bolso y se dirigió a la cocina pasando por la sala, la cual estaba vacía, su padre probablemente ya estaba en su cuarto mirando televisión.             Entró a la cocina y actuó como si nada hubiese sucedido ese día, ¿qué más podía hacer? ¿Contarle qué? ¿Lo de la cafetería? Su madre se veía sonriente y fuerte, estaba lavando algunos platos, pero se notaba su buen humor, le había costado muchas lágrimas estar así de bien y estable así que no podía hacerle eso, no cuando no tenía pruebas irrefutables o una respuesta certera. Todo lo que haría sería darle preocupación, angustia y generarle miles de dudas.             —¿Qué sucede? — preguntó su madre secándose las manos con trapo de la cocina.             En algún punto se había girado completamente hacia él y no lo había notado.             —Oh, no — sacudió la cabeza —, nada solo me quedé pensando en la solución a un problema que nos plantearon en clases.             Ella asintió y volvió a sonreír ampliamente.             —No viste lo que hay en la mesa — dijo tan animada como una niña que se había esforzado en un dibujo y lo mostraba a sus padres.             Kesean miró hacia la mesa, en algún otro momento habría sonreído, pero en ese instante sintió el peso de lo que sabía y no le había contado a su madre.             —¿Te gusta? Hacía mucho tiempo no lo preparaba para ti — preguntó con evidente entusiasmo.             Se esforzó por seguir el estado de ánimo de su mamá.             —Es increíble, gracias por prepararlo — dio su mejor sonrisa y la abrazó.             Kesean era más alto que su madre, tanto que ella le llegaba por el hombro, él, al igual que Kerensa, habían obtenido la altura por parte de la familia de su padre.             Ella le correspondió el abrazo y todo lo que sintió fue alivio. Su carga se volvió más ligera por un par de segundos y fue suficiente para tener un respiro y continuar.             —Hey — llamó ella apartándose sosteniéndole por los hombros—, ¿estás bien?             Kesean miró en otra dirección y asintió con una leve sonrisa.             —Solo estoy cansado.             —Entonces come y ve a dormir, te levantas muy temprano para ir a entrenar, vamos, come, ya — le quitó el bolso del hombro y lo empujó para que se sentase.             —Voy, voy — se rindió Kesean y finalmente se sentó a la mesa.             Frente a él se encontraba un pastel de pollo que era una de las especialidades de su madre y por el que Kerensa y él solían pelearse para comer más.             Era el plato favorito de los dos sin duda alguna y su madre no lo preparaba tan seguido como les gustaría, pero suponían que allí se encontraba la gracia en que fuese algo que no podía ser disfrutado todos los días, ni con tanta frecuencia.             Su madre tomó el cuchillo, cortó un pedazo, lo colocó en el plato y luego se lo pasó.             —Te he visto enfocado estos días con todas tus clases en el FBI y veo que te estás esforzando mucho — explicó ella con una sonrisa en su rostro —, estoy orgullosa de ti y quería premiarte con algo, así que decidí hacerte esto hoy.             —Es muy amable de tu parte, ma, muchas gracias —contestó y comenzó a comer.             Nunca dejaría de pasarle delicioso.             —Ah, está riquísimo —informó sintiendo su ceño fruncirse.             —Me alegra que te guste tanto.             —Definitivamente — hizo una pausa para mirarle —, ¿qué hay de ti? ¿No comes?             —Oh, no — movió las manos frente a ella —, tuvimos una reunión en la iglesia y una de las hermanas estaba cumpliendo años así que organizamos algo y comimos mucho.             —Entiendo, ¿qué hay de papá?             Alzó las cejas y suspiró.             —Hice dos pasteles y adivina quién ya se comió uno.             —¿Es en serio?             —Sí, bueno, aquel era más pequeño.             —¿Se acostó ya?             —Sí, estaba cansado — explicó tranquila —. ¿Qué te pasó aquí? — preguntó tocando su barbilla antes que pudiese predecirlo.             Se sobresaltó, pero prefirió quedarse quieto y restarle importancia.             —No es nada, un incidente con el entrenamiento de hoy — mintió acerca del raspón que quedó en su rostro al caer contra el pavimento.             —Bueno, pero tienes que tratar de tener más cuidado.             Kesean la miró con cejas alzadas.             —Mamá, aunque tenga cuidado, si voy salir lastimado, saldré lastimado.                 Vio lo que pasó por el rostro de su madre y quiso retractarse de lo dicho, ella reflejó tristeza, preocupación y angustia e intentó desvanecerla rápidamente con una sonrisa, pero ya era tarde.             —Sí, solo espero que Dios te cuide — luego tomó su mano sobre la mesa y la miró de forma significativa —. ¿De verdad tienes que hacer esto? ¿Esto es a lo que quieres dedicarte?             Su madre siempre le había apoyado, sus padres no habían estado contentos de que ella quisiera ser pintora así que siempre había querido apoyar a Kerensa y a él en lo que quisiesen hacer, ella respetaba sus decisiones.             Pero aunque las respetara, entendía su angustia y preocupación, Kesean había escogido una profesión que implicaba riesgos.             Kesean asintió y trató de transmitirle calma y seguridad.             —Sí, mamá, esto es lo que quiero hacer y me encargaré de entrenar y estudiar mucho para evadir el peligro si se presenta, ¿está bien? No es como que voy a estar en peleas todo el tiempo, no es como las películas.             Ella respiró profundo y se colocó de pie.             —Aun así, en esa serie que veías siempre con Kerensa, los agentes llegaban a verse envueltos en situaciones peligrosas — acotó tomando un vaso del estante, refiriéndose a Criminal Minds.             Kerensa.             Su corazón saltó en su pecho y un escalofrío corrió por su espalda.             Él era lo suficiente cercano a ella para percibirlo, pero ¿quién mejor que su madre para saber si su hija estaba viva?             —Ma — preguntó enfocándose en su plato y tratando de sonar de manera natural.             —Dime.             ¿Estaba seguro de preguntarlo? No precisamente.             —Hoy nos estaban mostrando algunos casos — eso era cierto, antes del incidente durante su clase les habían dado ejemplos reales —, y trataban de la conexión y fuerza de los familiares de personas desaparecidas, sobre todo de las madres y cómo eso les permitió encontrar a las personas…             Miró hacia ella para evaluar su expresión, ella se acercó con un vaso de jugo de naranja y se notaba tranquila.             —¿Qué quieres saber? Tranquilo, puedes preguntar — dijo suavemente.             Agradeció no ver tristeza, ni pesar en su rostro. Definitivamente su madre había conseguido tener un estado estable y encontrar paz.             —Yo solo… — pensó un instante acerca de qué preguntar exactamente —… me preguntaba si eso era realmente cierto, es decir, tu…cuando Kerensa desapareció, antes de encontrarla, ¿podías sentir que estaba viva?             —Sí — respondió sin dudarlo ni pensarlo —, definitivamente sí, yo solo lo sabía, es algo difícil de explicar, pero sabía que estaba viva.             —¿De verdad?             —Sí — asintió sonriendo —, es mi hija, hay una conexión fuerte entre una madre y sus hijos, también la siento contigo, pero es más como que solo lo sé.             —¿Lo… sabes?             Ella pensó un segundo como procesando lo que había dicho y se corrigió.             —Oh, bueno, lo sabía, sabía que estaba viva.             —Parece que hay más que eso — indagó sutilmente.             —Bueno, no es nada — movió su mano como restando importancia.             —Cuéntame.             —Es solo que, aun cuando vi a Kerensa muerta — ahora era capaz de decirlo en voz alta —, aun cuando tenía su cuerpo sin vida frente a mí… yo solo no sentí desconexión con ella.             —¿A qué te refieres?             —No vayas a pensar que estoy loca o que estoy mal, ¿está bien? Lo he aceptado completamente y…             —Está bien, solo dime — pidió tomando su mano de nuevo.             Ella respiró profundo y luego finalmente declaró:             —Sé que solo era parte de mi anhelo, pero aún con el paso del tiempo no podía sentir que ella estuviese muerta — se encogió de hombros —. Pero me di cuenta que solo era negación, así que estoy bien, ya lo he aceptado y asimilado y puedes notarlo.             —Sí, ma, pero — siguió indagando —, ¿qué sientes ahora?             —Kesean, está bien, he tenido esta conversación muchas veces, ya he hecho las paces con el suceso y todo ocurre bajo el plan de Dios, todo pasa de forma perfecta aunque no esté en nuestro estándar de perfección.             —Solo dime, ma, está bien — intentó sonar tranquilo —, confía en mí, solo tengo curiosidad.             —¿Sobre qué?             —Sobre lo que sientes ahora — dijo directamente —, ¿sientes que está viva o no?             Su madre bajó la mirada, abrió la boca para hablar y luego la cerró. Si ella decía que sentía al menos algo parecido a lo que él percibía entonces… solo debía aceptarlo y avanzar.             —Dime.             —Quizás lo siento a un nivel espiritual y ella encontró la salvación y está viva en el reino de los cielos, pero es lo que pienso.             Esas palabras activaron su ser, como si le hubiesen inyectado adrenalina.             —Ma… —Siento que está viva, Kesean.
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