Días después...
Giulio no podía creer lo que estaba mirando, eran números erróneos. Un maldito desfalco de parte de un traidor que ya tenía nombre y rostro en su mente. No podía creer que este tipo, después de todo se atrevía a traicionarlo, de verdad que estaba incrédulo por todo lo que pasaba.
No podía con la frustración que se cargaba encima, solo quería tenerlo de frente y arrebatarle la victoria de la cara, pero el imbécil ya estaría en otro país. Aún así, las autoridades se estaban haciendo cargo de todo lo necesario.
Aún así no podía dejar de pensar en lo sucedido, era demasiado para procesarlo. No se trataba de cualquier cosa, sino de casi veinte millones de dólares. Maldición, eso era mucho dinero y tenía que hacer todo lo posible por recuperarlo. Se sentía fatal por todo eso, aunque la traición no tenía precio. Jamás cruzó por su cabeza que Guido le haría algo así. Ya entendía su actitud extraña y la razón por la que siempre intentaba ocultarle información de la contabilidad. Fue un idiota.
No había duda de que había depositado la confianza en la persona equivocada, pero ¿cómo saberlo? Oh por Dios. Cerró la portátil con fuerza y se quedó mirando a la nada, incluso si el ente adecuado se estaba haciendo cargo de ello, la ira que sentía no se podía medir. Por el bien de su salud y de todos sus empleados, tenía que que encapsular un poco ese odio, o todo sería peor.
Eso no era nada fácil de lograr. Hasta una ligera presión en su pecho sentía. Maldito Guido y su avaricia. ¿Por qué hacer algo así, teniendo éxito y dinero? Claro, quería más y más, ahora hasta pensaba que deseaba su posición. Planeó durante todo ese tiempo, el desfalco, mierda. Tuvo que detenerse y mirar las señales, pero el magnate italiano lo había pasado desapercibido, incluso cuando miro que algo se veía de una forma irregular. Pero no hizo nada en absoluto.
Se levantó y se sirvió un poco de alcohol para aligerar la tensión, pero eso no era suficiente.
En ese momento, Dae Hyon, una coreana muy competente, su secretaria, estaba tocando la puerta. Podía verle la urgencia en el rostro a través de las puertas de vidrio.
—No puede ser, ¿qué sucederá ahora? —se dijo a si mismo, y luego le hizo una seña para que ingresara.
—Señor, no ha sido mi intención interrumpir, la verdad lo lamento mucho, pero es sobre su novia, digo exnovia o...
—No importa, ¿qué sucede con ella? —suspiró.
Dae suspiró hondo.
—Es sobre Ana Livingstone, parece muy urgida y quiere verle, pero como está ocupado, no le he permitido el paso. ¿Qué debo hacer señor Di Stephano? —averiguó muy incómoda sobre su lugar.
Sabía que justo ahora estaba siendo un momento muy delicado como para que apareciera la exnovia de su jefe, siendo una interrupción. Pero la chica se había puesto tan pesada que no tuvo otra opción, y allí estaba.
—¿En serio es un asunto muy urgente? La última vez que me dijo eso, solo se le habían perdido su calzado, ahora que no me venga con otra de sus estupideces, sabes que no estoy de humor y realmente quiero estar más tranquilo.
—Sí, dile que ahora todo es un caos, que tiene mucho trabajo y por eso es probable que no pueda atenderle, pero ha insistido en hacerlo muchas veces, no sé que hacer. De verdad parecía algo relevante señor Di Stephano —añadió, él se quedó pensativo, no sabía que decir.
Su exnovia acudiendo a él, eso no era raro, pero siempre que lo hacía, pasaba que no era nada de otro mundo, y por eso estaba molesto. De que ahora se apareciera en un momento así, para alguna de sus tonterías. En respuesta, Giulio se echó hacia atrás sobre su silla giratoria y tomó una bocanada de aire.
—Puedes decirle que solo le daré quince minutos, y es mucho, ¿sabes qué? Con cinco minutos será suficiente, ve y dile que venga rápido, por favor —le ordenó y la mujer se fue con extrema rapidez, lo último que quería era algún regaño de su parte, algo que muchas veces se lo ganaba.
Al fin, había entrado su ex, Ana. Tenía un vestido n***o, el cabello extrañamente recogido en una coleta alta, casi siempre lo llevaba sobre su espalda. Le pareció exagerado el escote en su pecho, bueno, tampoco raro siendo Ana Livingstone, ella era así. Algo diferente, fue que divisó inquietud certera en su rostro, parecía que algún asunto del que quería platicar con él, la tenía muy preocupada.
Hasta en su mirada azulada podía darse cuenta de la angustia que la estaba azotando.
—Ana, no tengo mucho tiempo, ahora menos. Habla rápido, por favor.
—Giulio, no seas así, por favor. Ahora mismo no quiero que me trates de tan despectivo, el asunto es importante.
—Ya dime que pasa —le apremió y ella sacó algo de su bolsa de mano.
Dejó el objeto encima de un sobre que ya había sido abierto. Lo acercó más a él, al verlo con la estupefacción dibujada en la cara. No parecía estar comprendiendo lo que ocurría.
—Es lo importante aquí, lo puedes mirar con tus propios ojos, eh —señaló y el hombre alargó la mano para revisar.
—¿Qué? Esto es un test y análisis de sangre que... —se llevó una mano a la frente y luego la miró, ella ya estaba asintiendo con la cabeza, confirmando una pesadilla para el europeo —. Maldición, me estás tomando del pelo, eso espero. No es posible que esté sucediendo. Tú no puedes estar embarazada.
—Pero lo estoy, vamos a ser papás, Giulio, y espero que no seas un cobarde o un completo idiota y tomes el papel que te corresponde —le apuntó.
—¿Sabes cuál es el maldito papel que voy a tomar? Uno que haría alguien inteligente como yo, vas a abortar.
—No, es mi cuerpo, mi decisión.
—Y será solo tu decisión tener a es bebé, sé lo que tramas, pero no caeré. Ahora ¡Lárgate de aquí! Vete.