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925 Palabras
Ví mis maletas a un lado y las tomé sin dudar. Decidí que lo mejor era irme a un hotel. Prefería estar sola y reflexionar sobre si debía decirle la verdad sobre el embarazo falso o fingir un aborto. Una vez llené la maleta, salí por la puerta. Por suerte, Santiago aún no había llegado ni se había percatado de mi partida. Mientras me dirigía a un hotel cercano, lo observé un poco más en un bar cercano. Cuando finalmente llegué al hotel y subí mis maletas, encendí la música en el coche. Tarareaba una canción triste y las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos mientras seguía conduciendo. Cuando menos lo esperaba, algo cruzó desde el lado derecho y chocó con mi coche. Mi cabeza golpeó violentamente el parabrisas y, a partir de ahí, ya no vi nada. Ni siquiera supe lo que sucedió después, porque todo se volvió oscuro. Santiago. En cuanto recibí la llamada del hospital, me preocupé mucho. Estaba en un barco cercano al que Valentina se encontraba. No sé por qué empecé a seguirla, pero desde el momento en que vi que estaba comprometida, lo único que pude hacer fue perseguirla. El lunes pasado, Valentina había ido a un restaurante con los padres de su prometido, al parecer. Se veía preciosa con un enterizo blanco que llegaba hasta los tobillos, una amplia sonrisa en el rostro y rizos que caían graciosamente por su espalda. Llevaba una tiara blanca que apenas se notaba, pero yo la noté. El anillo en su dedo destacaba entre sus delicadas manos. Parecía perfecta, como una muñeca de porcelana de escaparate. Su cintura fina se movía con gracia mientras mostraba a sus futuros suegros un enorme álbum de bodas. Me alejé de allí una vez que se fueron. Al día siguiente, por alguna razón que no podía entender, dejé a Isabella sola y fui a ver qué hacía Valentina. Me paré frente a su casa, estacioné el vehículo y me quedé allí esperando a que saliera. En cuanto lo hizo, la seguí. Mantuvimos una distancia de media cuadra, y ella no me vio. Yo intentaba no ser demasiado obvio. Cuando finalmente se estacionó frente a un gran centro comercial, me alejé para que no me notara. Sabía que probablemente entraría allí a cenar. Mis pasos se aceleraron enormemente hasta que llegué al centro comercial, y noté que todas las tiendas estaban abiertas de par en par, ansiosas por recibir clientes. Sin embargo, mi objetivo principal era encontrar a Valentina. Comencé a caminar con calma, aunque en el fondo estaba desesperado. Quería saber dónde estaba Valentina, pero al mismo tiempo tenía miedo de encontrármela cara a cara. Aunque quizás no era lo correcto, quería ver si Valentina realmente amaba a su prometido o sentía algo por mí, aunque no debería importarme. Nos habíamos separado mutuamente, y ahora, de alguna manera que no entendía del todo, volvía a sentir ese vacío en el pecho, sabiendo que se casaría con otro hombre. Caminando por la calle, me crucé con una farmacia bastante grande. Algunas personas esperaban en fila, y otras se besaban apasionadamente. Cuando vi a Valentina sobre la balanza, mi mundo se detuvo. Parecía feliz, con una amplia sonrisa en el rostro mientras miraba la balanza. A su lado estaba una amiga y ambas comenzaron a reírse divertidas antes de salir de la farmacia. - Creo que adelgacé 2 kg. -comentó con alegría. -Estás muy linda. Vas a quedar hermosa con ese vestido de novia. -dijo. - Es un sueño. Mañana iré a la tienda que está en la esquina de la ciudad, frente a la plaza ¿quieres venir? -preguntó asombrada. - Sí, mis suegros pagan el vestido y es precioso. Siento que estoy viviendo en un cuento de fantasía. -respondió. - Ay, amiga, te mereces todo lo bueno de esta vida. ¿Y no has pensado en otro hombre? -preguntó. - Para nada. Solo pienso en mi prometido. -contestó, y mi corazón se rompió. Continuaron hablando de otras cosas que no tenían nada que ver conmigo ni con la boda, y yo seguía siguiéndola a distancia. No sé por qué lo estaba haciendo. Cualquiera diría que era un acosador, pero no podía detenerme. Luego entraron a un restaurante y yo también lo hice. Me sentía unos metros detrás, con la espalda hacia ellos para que no me reconocieran. Todavía llevaba puesta mi gorra, así que sería extraño que me identificaran. Pero de repente, escuché su voz. - Santiago, ¿sabes lo que me he dado cuenta? -preguntó, levantando la vista hacia donde yo estaba. Me sentí avergonzado y en parte decepcionado de que me hubiera encontrado. -Hola, qué casualidad. -comenté, fingiendo sorpresa, y ella me sonrió. - De verdad que sí. ¿Cómo has estado? -preguntó con amabilidad. Internamente, respiré aliviado, sabiendo que ella no me había reconocido. -Estoy bien. -mentí, porque ver ese enorme anillo de cerca hacía que mi corazón latiera más rápido. - Me alegro mucho. ¿Quieres unirte a nuestra mesa? -preguntó, siempre siendo amable. Su voz era comprensiva y suave como terciopelo. Daría cualquier cosa por escucharla un poco más, pero no era el momento adecuado. -No mucho. Iba a tomar un café y luego me iba. -respondí. - Bien, voy a casarme. -comentó con una inmensa alegría que llegó a sus ojos haciéndolos brillar. -Qué bonito anillo. Me alegra mucho por ti. -respondí con una sonrisa sincera. - De verdad que sí. -comentó, y luego añadió: -Supe que vas a ser padre. Te felicito. -tomándome de la mano con alegría.
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