-Lo sé, estoy muy entusiasmado también. -comenté, siendo honesto. Estábamos emocionados con la idea de ser padres.
- Me alegro de que los dos estemos bien y felices. -murmuró finalmente.
Asentí mientras ella se ponía de pie y dijo: "Nos veremos después", dejando su asiento vacío, al igual que mi corazón.
Tuve que pedir un café obligatoriamente, aunque dudaba que ella estuviera pendiente de mí. Pero por si acaso. En cuanto lo terminé y lo pagué, supe que tenía que marcharme.
-Nos vemos otro día. -comenté hacia Valentina, quien me miró y dijo: "Nos vemos, Santi", mientras seguía hablando con su amiga.
Me sentía enojado conmigo mismo por haber dejado pasar la oportunidad de seguir espiándola. Sabía que era un poco torpe, pero tal vez al día siguiente ya no podría seguirla. Pero ese pensamiento me puso en movimiento.
Llegué a casa y vi que Isabella ya había preparado la cena. No me había dado cuenta de cuánto tiempo había pasado.
-Por fin llegas. -comentó con una sonrisa triste, la cual deduje.
-Tranquila, amor. Aquí estoy. -comenté, dándole un beso en los labios.
-¿Dónde estuviste todo el día? -preguntó, con duda.
-Trabajando. -respondí, viendo cómo ella levantaba una ceja con escepticismo.
-Vaya, yo pensé que salías al mediodía. -comentó con desgano, mientras seguía picando cebolla.
-Lo sé, pero me dieron trabajo extra. -comenté mientras ella me miraba de reojo.
-Ay, qué mal. -comentó, y me sonrió. Luego olvidamos el tema y comenzamos a hablar sobre lo que había hecho en el día. Me dijo que se había sentido un poco cansada y con náuseas. En ese momento, me sentí mal por haberla dejado sola todo el día por mis tonterías.
Al día siguiente, decidí prepararle un desayuno como recompensa. Incluso fui al jardín del vecino y robé una rosa. Por suerte, no había nadie, y regresé a casa con una pequeña rosa en mano. Preparé todo con calma, un rico chocolate como a ella le gustaba, algunas facturas que había comprado esa misma mañana y la rosa como decoración.
Subí con bastante calma hasta llegar frente a la puerta.
Empujé con el hombro y entré en la habitación donde Isabela estaba despierta. Me miró con ojos brillantes y dijo:
- Vaya, me has traído el desayuno. Gracias. -murmuró con alegría.
-De nada. Yo iré a desayunar y ya me tengo que ir. -comenté mientras le daba un beso en los labios.
- Hubieras traído el desayuno aquí también. -comentó con pena.
-Tienes razón, no me di cuenta. -respondí, y ambos nos reímos divertidos.
La dejé desayunando tranquila mientras yo bajé, puse la cafetera y empecé a ponerme la ropa rápidamente, ya que todavía estaba en pijama. Sí, había ido en pijama a buscar la rosa. Resoplando, terminé de beber el café mientras probaba unas medialunas y luego empecé a correr rápidamente. Por fin podía ir al trabajo.
Unas horas más tarde, me pregunté qué estaría haciendo Valentina. No entendía qué me pasaba, pero había desarrollado una pequeña obsesión. Quería saber qué hacía, dónde estaba y con quién. Como de costumbre, estacioné mi vehículo frente a su casa. No sabía si ella estaba en casa porque no veía su vehículo, tal vez ya había salido.
De repente, ella bajó y me sentí aliviado. Comenzó a caminar, hablando por teléfono con alguien. Luego guardó el teléfono y siguió caminando. Yo también empecé a caminar lentamente, manteniendo la distancia. Llevaba gafas de sol y ropa que nunca antes me había puesto, para evitar que me reconociera. Incluso me había cortado el cabello para pasar desapercibido. Valentina era una persona distraída, al igual que yo. Caminaba con tranquilidad, se puso unos auriculares y de vez en cuando comenzaba a bailar antes de continuar caminando a su propio ritmo.
Caminamos durante tres cuadras hasta que finalmente Valentina se dirigió hacia una casa de color azul. No sabía quién vivía allí, pero me escondí detrás de un árbol, fingiendo que estaba mirando mi teléfono. Pude escuchar su conversación:
- Hola, vine a buscarte, amiga. ¿Vamos a caminar?
- Sí, te estaba esperando. -respondió.
Asomé la cabeza un poco para poder mirar, y las dos comenzaron a caminar de nuevo. Las seguí a distancia, mis pasos deslizándose ágilmente. Aunque estábamos cerca, pronto llegamos a un parque cercano. Cruzaron el parque, y yo también lo hice, aunque creo que fue un error porque no sabía si se dirigían hacia mi lado o hacia el lado opuesto. Afortunadamente, fueron hacia el lado contrario, y pude seguir sus pasos con calma. Mis pies se movían con suavidad, intentando no hacer ruido para que no sospecharan de mi presencia.
Sin embargo, las dos estaban inmersas en una conversación animada. Se reían y se daban empujones amistosos de vez en cuando. Dudaba que pudieran verme, ya que estaban muy metidas en su charla. Hablaban de varias cosas hasta que me acerqué un poco más, quedando a menos de 4 metros de ellas, y escuché su conversación:
-Y no has sentido la necesidad de llamarlo, ¿ya sabes?
- ¿Santiago? -preguntó la voz melodiosa de Valentina.
-Sí, Santiago. ¿No lo extrañas? -preguntó curiosa.
- No. -murmuró, y mi corazón se rompió.