Presidente Interino

1940 Palabras
La sala de juntas, otrora escenario de aplausos y felicitaciones por el Proyecto Ícaro, se había transformado, en apenas dos días, en un campo de batalla silencioso. El aire estaba cargado de una tensión palpable, casi irrespirable. Dos días después del funeral de Jean-Luc, el destino de Inversiones Valois, y el de Isabella, pendía de un hilo. El mismo espacio donde había sido aclamada por su visión y su liderazgo ahora parecía confabular en su contra, mientras el jefe del departamento legal, el señor Horacio Sinclair, con su voz grave y monótona, daba lectura al testamento del fallecido presidente. Isabella observaba a los presentes con el corazón latiendo con fuerza en el pecho. Los accionistas, con sus rostros inexpresivos y sus miradas calculadoras, parecían más interesados en el futuro de la empresa que en el duelo por la pérdida de su antiguo líder. Genevive, sentada en una esquina, mantenía una compostura impecable, pero sus ojos brillaban con una intensidad que a Isabella le resultaba inquietante. Sus hermanos, Alessandro y Sebastián, cada uno a su manera, reflejaban la incertidumbre y la tensión del momento. Alessandro, con el rostro serio y la mirada perdida, parecía ausente, mientras que Sebastián, con las manos inquietas y la mirada nerviosa, apenas podía disimular su ansiedad. —De esta manera, queda establecida la última voluntad de Jean-Luc Valois —anunció Horacio Sinclair, con su voz firme y concisa, sin dar lugar a interrupciones. Ajustó sus gafas sobre su nariz y continuó leyendo el documento que sostenía entre sus manos—. La heredera al cargo de la presidencia será la actual vicepresidenta, Isabella Valois, siempre y cuando cumpla con los requisitos expresados en las cláusulas precedentes, en un lapso máximo de tres meses. El silencio que siguió a estas palabras fue aún más denso que antes. Isabella sintió una punzada de nerviosismo en el estómago. Sabía que existían ciertas condiciones, pero no imaginaba que fueran a ser expuestas de una manera tan… pública. —No obstante —continuó Sinclair, sin inmutarse ante la tensión en la sala—, en estricto seguimiento de la cláusula decimotercera, la junta de accionistas debe elegir un presidente interino durante el lapso de estos tres meses. Dicha elección, por supuesto, puede incluir a la señorita Isabella Valois. La última frase resonó en la sala como una sentencia. Isabella sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Un presidente interino. Eso significaba que, aunque su padre la hubiera elegido como su sucesora, no tenía garantizado el puesto. Durante tres largos meses, estaría a merced de la decisión de la junta, sometida a su escrutinio y a sus posibles maquinaciones. La batalla por el legado de su padre acababa de comenzar. —De hecho, considero que eso sería contraproducente, tanto para la empresa como para la propia Isabella —intervino Genevive con una voz suave pero firme, capturando de inmediato la atención de todos los presentes. Su mirada recorrió la sala, buscando la complicidad de los accionistas—. Isabella tendrá que concentrarse en una enorme responsabilidad para asegurar la estabilidad de la empresa y, por supuesto, su propio puesto. Además, no podemos olvidar el inminente lanzamiento y desarrollo del Proyecto Ícaro. Sería irresponsable sobrecargarla con la presidencia temporal en este momento crucial. Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Isabella sintió una punzada de frialdad en el estómago. Las palabras de Genevive, aunque revestidas de una aparente lógica y preocupación por su bienestar, resonaban con una clara intención oculta. Era una maniobra sutil, una estrategia cuidadosamente calculada para apartarla del poder. Las “letras pequeñas” de su discurso, como ella misma pensó, revelaban un deseo mucho más profundo que la simple “preocupación” por su bienestar. Sabía que los buitres habían comenzado a sobrevolar Inversiones Valois, aprovechando la vulnerabilidad que dejaba la reciente pérdida de su padre. Individuos ávidos de poder y posiciones influyentes intentarían cualquier cosa para hacerse con el control de la empresa. Los próximos meses se vislumbraban como un período turbio y peligroso. —Entonces, ¿cuál es su propuesta para la presidencia interina, Genevive? —preguntó uno de los accionistas, un hombre corpulento con el rostro curtido por los negocios. —Estoy convencido de que no hay nadie más calificado para este puesto que la propia Isabella —intervino Leonardo con voz firme, haciendo valer su peso como accionista importante en la empresa. Su mirada, decidida, recorrió a los presentes, deteniéndose brevemente en Isabella con un gesto de apoyo antes de volver a enfocarse en la junta—. Como hija de Jean-Luc Valois, conoce a la perfección el funcionamiento interno de Inversiones Valois. Además, su cargo como vicepresidenta demuestra su compromiso inquebrantable con la empresa. Y, por último —Leonardo hizo una breve pausa, como para enfatizar sus siguientes palabras, evitando deliberadamente la mirada de Isabella, quien sintió una punzada de inquietud ante este gesto—, es la mente brillante detrás del Proyecto Ícaro, un proyecto que promete no solo estabilizar, sino también catapultar las acciones de Inversiones Valois a niveles sin precedentes. Un murmullo recorrió la sala. Algunos accionistas asintieron en señal de aprobación, mientras otros intercambiaban miradas de duda. —Es cierto —reconoció una mujer de porte elegante, con una voz suave pero firme que denotaba seguridad en sí misma—. Pero, como usted mismo ha dicho, se trata de una promesa. El Proyecto Ícaro aún no ha dado resultados concretos. En cambio, Genevive Moneau cuenta con una trayectoria sólida y comprobada dentro de la empresa. Trabajó codo a codo con el difunto presidente durante años, ocupa un alto cargo y ha demostrado lealtad y compromiso en innumerables ocasiones. Por lo tanto —concluyó con una sonrisa cortés pero firme—, propongo a Genevive Moneau para la presidencia interina. La tensión en la sala se intensificó. Isabella sintió cómo la sangre le subía a las mejillas. El sutil ataque de la accionista, aunque formulado con palabras educadas, era un claro intento de desestabilizarla. El nombre de Genevive resonó en el aire como una amenaza velada. —Eso es absurdo —replicó Leonardo con un tono de voz que denotaba su creciente frustración. Negó con la cabeza, mirando a la accionista con una mezcla de incredulidad y reproche—. Propongo formalmente a Isabella Valois como presidenta interina. Un silencio denso se apoderó de la sala durante unos instantes, roto solo por el murmullo bajo de los accionistas que comenzaban a deliberar entre ellos. Isabella se sintió abrumada. Demasiadas cosas daban vueltas en su cabeza: la empresa, Ícaro, el matrimonio, los tres meses de plazo, las postulaciones, Genevive… y, sobre todo, la reciente y dolorosa pérdida de su padre. Sentía que su cabeza iba a estallar en cualquier momento. La presión era asfixiante, la incertidumbre lacerante. —En vista de que contamos con dos candidatas con perfiles sólidos, daremos paso a una votación interna el día de mañana —explicó Horacio Sinclair, con su voz neutra y profesional—. Solicitamos a todos los accionistas que asistan con su voto, tras una cuidadosa reflexión. Recuerden que esta decisión determinará el rumbo de Inversiones Valois durante los próximos tres meses. Con una breve inclinación de cabeza, Horacio dio por concluida la junta. Los accionistas comenzaron a levantarse y a salir de la sala, intercambiando murmullos y gestos entre ellos. Isabella sintió una momentánea liberación, como si un peso invisible se hubiera levantado de sus hombros. Sin embargo, ese efímero respiro se desvaneció tan pronto como vio a Genevive acercarse y sentarse a su lado. —Querida… te ves un poco demacrada —dijo Genevive con una expresión de falsa preocupación, estudiando el rostro de Isabella con una mirada penetrante. Sacó un delicado pañuelo de encaje de su bolso y se lo ofreció—. Permíteme… estás sudando. —Gracias —respondió Isabella con una voz apenas audible, apartando suavemente el pañuelo y tomándolo en sus propias manos. Se secó la frente con un gesto rápido, sintiendo la mirada de Genevive clavada en ella. —Escucha, Isabella… —comenzó Genevive con un tono de voz suave, casi maternal, pero con una frialdad que helaba la sangre—. Todo lo que he dicho hoy es por tu bien, créeme. Un matrimonio… no es una decisión que deba tomarse a la ligera. Es un compromiso enorme. Y debes elegir con mucho cuidado. Los accionistas estarán observando cada uno de tus movimientos, cada una de tus decisiones. No puedes… no puedes defraudarlos. Genevive colocó una mano sobre el hombro de Isabella, apretándolo ligeramente en un gesto que pretendía ser reconfortante, pero que a Isabella le pareció una advertencia velada. Sus dedos, fríos y huesudos, transmitían una sensación de control y dominio. —Si necesitas algún consejo… ya sabes dónde encontrarme —continuó Genevive con una sonrisa forzada que revelaba las arrugas alrededor de sus labios, arrugas que parecían profundizarse con cada palabra—. Después de todo, he pasado por tres matrimonios. Tengo cierta… experiencia en el arte de elegir al compañero adecuado, querida. Puedo ayudarte a tomar la decisión correcta. Una leve carcajada escapó de los labios de Genevive. Se levantó con una elegancia estudiada, ajustando su vestido con un gesto preciso. —Volveré al trabajo —dijo con una última mirada penetrante hacia Isabella—. Tú deberías hacer lo mismo. Hay mucho en juego. Isabella se quedó sola en la sala de juntas, el eco de las palabras de Genevive resonando en su mente como una advertencia ominosa. La soledad, que hasta hacía unos instantes había anhelado como un respiro, ahora se convertía en una opresión aún mayor. Aún así, no podía permitirse derrumbarse. No ahora. Sabía que este era solo el comienzo de una compleja y despiadada lucha por el poder, un juego de intrigas y traiciones en el que la debilidad no tenía cabida. Se obligó a respirar hondo, a recomponer su postura, a endurecer su mirada. Al menos, contaba con el apoyo incondicional de Leonardo. Al salir de la sala de juntas, se encontró con sus dos hermanos esperándola en el pasillo. Alessandro, con su característico cabello pelirrojo, igual al de ella, tenía el rostro contraído en una mueca de disgusto. Su mirada, normalmente amable, ahora destilaba resentimiento y hostilidad. —Mira, la usurpadora —espetó Alessandro con una voz cargada de veneno, sin molestarse en disimular su desprecio—. ¿Cómo te sientes ahora, hermanita? ¿Cómoda con el puesto que me correspondía por derecho? Siempre fuiste la niña mimada de papá, la favorita. Alessandro negó con la cabeza, con un gesto de amargura que revelaba la profunda herida que sentía en su orgullo. Sus palabras, aunque dichas con un tono desdeñoso, dejaban entrever una profunda inseguridad y una necesidad desesperada de reconocimiento. —Quiero que lo tengas muy claro, Isabella —continuó Alessandro, acercándose un paso más, con la mirada fija en sus ojos—. No voy a quedarme de brazos cruzados. Si quieres pelear por la empresa… entonces pelearemos. Y no me importa tener que enfrentarme a ti, aunque seas mi hermana. No me importa tener que desenmascararte, ladrona. Las palabras de Alessandro resonaron en el silencio del pasillo como una declaración de guerra. Isabella lo miró a los ojos, con el corazón latiendo con fuerza en el pecho. No había rastro de cariño en su mirada, solo resentimiento y una fría determinación. La traición, que hasta entonces había sido una sombra amenazante, se materializaba en la figura de su propio hermano. La lucha por el legado de su padre se había convertido en una batalla familiar, una contienda cruel y despiadada donde los lazos de sangre parecían no importar.
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