Votación

1862 Palabras
La voz de Leonardo resonaba en su cabeza, fría y distante, como un eco fantasmal que se negaba a desaparecer. El mensaje, breve y contundente, había caído como una bomba, destrozando la poca esperanza que le quedaba. “—Los accionistas se han reunido en privado, justo después de que saliéramos de la sala de juntas. Han discutido, Isabella… y la decisión ha sido unánime. No te permitirán seguir al frente de la presidencia. Intenté convencerlos, luché con uñas y dientes, pero fue inútil. Los argumentos de esa mujer… la que apoya a Genevive… les ofrecieron justo lo que querían escuchar. Les pintó un futuro… sombrío si te mantenían en el cargo. Creo que la votación de mañana ya está decidida. Todo apunta a que proclamarán a Genevive como presidenta interina. Lo siento muchísimo…” Con esas palabras, el día de Isabella se había desmoronado por completo. La cena, que Victoria había preparado con tanto esmero, se había convertido en un mero trámite, un acto mecánico sin ningún sabor. Victoria, con una lealtad silenciosa y conmovedora, se quedó a su lado durante toda la noche, velando por su descanso, asegurándose de que nada le faltara al amanecer. Sin embargo, ni siquiera su presencia lograba disipar la densa nube de preocupación que se cernía sobre ambas. A la mañana siguiente, mientras Victoria conducía hacia Inversiones Valois, el silencio en el auto era palpable. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Isabella miraba por la ventana, con la mirada perdida en el paisaje urbano que se deslizaba a su lado, pero su mente estaba en otra parte. Finalmente, rompió el silencio con un suspiro profundo, una mezcla de resignación y miedo. —Victoria… ¿crees que voy a perder Inversiones Valois? —Su voz era apenas un susurro, cargado de una angustia que le quemaba por dentro. La pregunta, sin embargo, abarcaba mucho más que la empresa—. No estoy segura de que pueda casarme en tres meses… —Si me lo permites, Isabella, te desconozco —dijo Victoria con una voz suave, pero con un tono de decepción que resonó en el interior del auto como un golpe seco. Sus palabras parecieron abofetear a Isabella, despertándola de su ensimismamiento—. Siempre has dicho que harías cualquier cosa para demostrarle a tu padre, al señor Jean-Luc, que eras digna de su confianza. Que no lo defraudarías. Ahora que él ya no está… ¿crees que se sentiría orgulloso de verte rendirte así? ¿Cómo crees que respondería a tu pregunta? Las palabras de Victoria calaron hondo en Isabella. Se sintió avergonzada, expuesta. La pregunta de Victoria la obligó a confrontar sus propios miedos y dudas. —Las cosas son diferentes ahora, Victoria —respondió Isabella con la voz apenas audible, con la mirada fija en sus manos entrelazadas—. Genevive está moviendo sus hilos. Estoy segura de que está tramando algo en mi contra. Alessandro… ha pasado la mayor parte de su vida en el extranjero, lejos de la empresa, lejos de nuestra familia. Y ahora, de repente, aparece… justo en medio de esta crisis, para unirse a la pelea. —Isabella soltó un bufido de frustración, aunque sus palabras revelaban una profunda sensación de derrota—. Y Sebastián… ¿quién sabe a quién apoyará? Probablemente al mejor postor, al que le ofrezca más dinero. No confío en él. —Isabella —dijo Victoria con una voz firme, pero con un toque de tristeza que suavizó sus palabras—, las cosas nunca han sido diferentes. El tablero siempre ha estado ahí. El campo de batalla siempre ha existido. Lo que ha cambiado es tu posición en el juego. Antes eras un alfil, una pieza con poder y movilidad. Ahora… —Victoria estacionó el auto frente a la imponente sede de Inversiones Valois y, antes de abrir la puerta, giró la cabeza para mirar a Isabella directamente a los ojos. Su mirada era seria, pero transmitía una mezcla de preocupación y determinación—, ahora eres un peón. Pero recuerda, Isabella… incluso un peón puede llegar al otro lado del tablero. Isabella no supo qué responder. Las palabras de Victoria la habían dejado con un nudo en el estómago. Se mantuvo en silencio mientras se adentraba en los pasillos del edificio, sintiendo el peso de cada paso. Su destino era la sala de juntas, donde la votación estaba prevista a primera hora. El ambiente en el edificio era palpable; una tensión silenciosa recorría los pasillos. Algunos empleados, con miradas nerviosas y cuchicheos apagados, se congregaban en pequeños grupos, hablando sobre los rumores del próximo presidente interino. Al entrar en la sala de juntas, la escena la recibió con una mezcla de formalidad y tensión contenida. Los accionistas ya estaban presentes, ocupando sus lugares alrededor de la gran mesa de caoba. Entre ellos, divisó a Leonardo, con el rostro serio y una mirada que transmitía preocupación. Genevive, por su parte, le dedicó una sonrisa amplia y aparentemente cálida, pero Isabella, con su agudo instinto femenino, percibió algo más detrás de esa fachada: una frialdad calculada, una satisfacción contenida, quizás incluso un atisbo de triunfo. La mujer mayor se levantó al verla, interrumpiendo el murmullo general. Con una teatralidad que capturó la atención de toda la sala, se acercó a Isabella y la saludó con un abrazo que se sintió más como una demostración pública de afecto que como un gesto genuino. —Querida Isabella, ¿cómo estás? —preguntó Genevive con una voz melosa que contrastaba con la dureza de su mirada—. ¿Estás sobrellevando bien la pérdida de tu padre? Es un momento tan difícil… La voz de Genevive resonaba en la sala, llena de una falsa empatía que irritaba a Isabella. —Si necesitas cualquier cosa, cariño, por favor, no dudes en llamarme —continuó Genevive, apretando ligeramente los hombros de Isabella, como si le estuviera transmitiendo un mensaje oculto—. Pase lo que pase hoy, quiero que sepas que mi principal prioridad será siempre tu bienestar. Isabella se sintió paralizada bajo la mirada de Genevive, incapaz de responder a su hipocresía. Justo cuando intentaba articular una respuesta, la entrada del jefe del departamento legal, Horacio Sinclair, interrumpió la escena. Con su habitual compostura, Horacio saludó a los presentes y ocupó su lugar en la cabecera de la mesa, dando inicio formal a la junta. La tensión en la sala se intensificó, el aire se cargó de una anticipación silenciosa, y la batalla por el futuro de Inversiones Valois estaba a punto de comenzar. —La junta de hoy será considerablemente más breve que la de ayer —anunció Horacio Sinclair con su voz grave y pausada, recorriendo con la mirada a todos los presentes. Su rostro, habitualmente inexpresivo, reflejaba una seriedad que intensificaba la tensión en la sala—. En esta ocasión, procederemos a elegir al presidente interino que guiará Inversiones Valois durante los tres meses de plazo otorgados a la heredera legítima, Isabella Valois, para que cumpla con la condición estipulada por el fallecido presidente y fundador, Jean-Luc Valois. —Horacio suspiró levemente, como si lamentara la situación, aunque su rostro permanecía impasible—. Los dispositivos que tienen frente a ustedes les permitirán emitir su voto una vez que ingresen sus datos. Confío en que hayan meditado cuidadosamente su decisión y que procedan con la mayor racionalidad posible. El futuro de la empresa depende de ello. Sin más preámbulos, la junta siguió las instrucciones. La votación se llevó a cabo con una rapidez que sorprendió a Isabella. La mayoría de los accionistas parecían tener muy clara su elección; incluso Genevive, con una confianza que rayaba en la arrogancia, no tardó en depositar su dispositivo sobre la mesa con un gesto displicente. Isabella, sintiendo una punzada de desesperación en el pecho, seleccionó su propio nombre en la pantalla táctil. Fue un acto casi reflejo, un último intento de aferrarse a la esperanza, aunque en su interior sabía que la batalla estaba perdida. Unos pocos minutos después, la votación finalizó. El silencio en la sala era denso, cargado de una anticipación que le helaba la sangre a Isabella. —La junta de accionistas y directiva principal de Inversiones Valois ha emitido su voto —anunció Horacio, con su voz resonando en el silencio—. Procedo a proyectar los resultados. Con un clic, Horacio proyectó los resultados en una de las pantallas gigantes de la sala. Isabella contuvo la respiración, sintiendo su corazón latir con fuerza en sus oídos. Los números aparecieron en la pantalla, grandes e implacables. —Con un abrumador 97% de los votos —continuó Horacio, con su tono de voz neutro y profesional, sin mostrar ninguna emoción ante el resultado—, la jefa del departamento comercial, la señora Genevive Moneau, ha sido elegida como la nueva presidenta interina de Inversiones Valois por los próximos tres meses. Genevive se puso de pie con una gracia estudiada, realizando una serie de reverencias suaves y calculadas hacia los presentes. Su rostro, iluminado por una sonrisa que pretendía ser modesta pero que revelaba una profunda satisfacción, irradiaba una falsa humildad que irritaba a Isabella hasta la médula. —Les agradezco profundamente la confianza y la oportunidad que me acaban de brindar —dijo Genevive con una voz dulce y melodiosa, calibrando cuidadosamente cada palabra para lograr el máximo impacto—. Les aseguro que trabajaré incansablemente para mantener, e incluso mejorar, la impecable imagen que nuestro querido y difunto presidente, Jean-Luc Valois, construyó con tanto esfuerzo para Inversiones Valois. Esto, por supuesto, durante el tiempo que me corresponda estar al frente de esta prestigiosa empresa. Genevive hizo una breve pausa, permitiendo que sus palabras resonaran en el silencio de la sala. Luego, con un movimiento lento y deliberado, giró la cabeza y posó su mirada sobre Isabella. No era una mirada de compasión ni de apoyo, sino una mirada fría y calculadora, como la de una víbora que saborea su victoria, disfrutando del sabor agridulce de la humillación ajena. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios, añadiendo un toque de crueldad a su expresión. —Estoy absolutamente segura —continuó Genevive, manteniendo su mirada fija en Isabella, como si le estuviera hablando directamente a ella, ignorando al resto de los presentes— de que, después de estos tres meses, Isabella estará completamente lista para tomar las riendas de Inversiones Valois. Por lo tanto, me encargaré personalmente de allanar el camino para su llegada. De prepararlo todo para que su transición sea lo más fluida y exitosa posible. La última frase resonó en la sala como una sentencia. Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Las palabras de Genevive, aunque revestidas de una aparente amabilidad y preocupación, sonaban huecas y falsas. Sabía que detrás de esa fachada de benevolencia se ocultaba una ambición desmedida y una determinación inquebrantable por mantener el poder. La promesa de "allanar el camino" sonaba más a una advertencia, una declaración de intenciones de controlar cada aspecto de la empresa durante esos tres meses, dejando a Isabella sin ninguna posibilidad de recuperar el control. La batalla, pensó Isabella con amargura, no había terminado. Solo acababa de comenzar.
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