Propuesta de Alianza

1871 Palabras
El ambiente, aunque inicialmente perturbador, comenzaba a transformarse bajo el manto de la noche. El aire fresco acariciaba su rostro, la vista del cielo estrellado ofrecía un respiro visual y la tenue iluminación de la terraza creaba una atmósfera íntima y relajante. Sin embargo, para Isabella, la belleza del entorno contrastaba drásticamente con la tensión que atenazaba su interior. Cada palabra, cada gesto de Richard Blackwell, la mantenía en un estado de alerta constante. Había pedido simplemente un café helado, con la intención de no prolongar demasiado la reunión. Quería escuchar lo que él tenía que decir y marcharse cuanto antes. —Lamento profundamente tu pérdida, Isabella —dijo Richard con una voz suave y un tono que pretendía ser comprensivo. Hizo una pausa mientras daba un bocado a su cena, un plato que desprendía un aroma especiado que se mezclaba con el aire fresco de la noche—. Imagino que no debe ser fácil lidiar con un dolor así… y, por supuesto, la constante presión de los medios no ayuda en absoluto. Isabella asintió levemente, con la mirada fija en su taza de café. Las palabras de Richard, aunque amables, le resultaban extrañamente impersonales. Como si estuviera recitando un guion aprendido de memoria. —He leído de todo —continuó Isabella, con la voz ligeramente temblorosa, dejando escapar un suspiro contenido—. Que mi padre murió a causa de una larga enfermedad, que fue víctima de un brutal asesinato, incluso… —hizo una pausa, tragando saliva para controlar la creciente oleada de emociones que la embargaba—, que era un drogadicto y murió de una sobredosis. La sola idea… —apretó los labios, conteniendo las lágrimas que amenazaban con brotar—. Por eso… por eso detesto a los periodistas. Detesto la forma en que inventan historias, cómo se aprovechan del dolor ajeno para vender noticias. —Vaya, estás frente a un periodista —dijo Richard con una sonrisa ladeada, un brillo divertido en los ojos. La ligera broma logró distender el ambiente, provocando una breve risa tanto en Isabella como en él—. Lamento sinceramente lo que has tenido que soportar a causa de… los de mi calaña. Debe ser agotador. ¿Cómo estás lidiando con la situación en la empresa? Aunque aún no he asignado a ningún equipo para cubrir la historia, estoy al tanto de que las cosas se están poniendo… complicadas. Isabella lo observó con cautela. A pesar del tono ligero de Richard, no bajaba la guardia. Su experiencia con la prensa le había enseñado a desconfiar de las apariencias. —Si lo que intentas es sonsacarme información, te equivocas —respondió Isabella con una voz firme y directa, cruzándose de brazos—. Estoy harta de las entrevistas. Al final, siempre tergiversan todo, exageran los detalles y difuminan la verdad hasta que ya no se parece en nada a lo que realmente ocurrió. Richard asintió lentamente, manteniendo la mirada fija en Isabella. No parecía molesto por su desconfianza, sino más bien… comprensivo. Su expresión era serena, casi conciliadora. —Entiendo tu frustración, Isabella —dijo con una voz suave, pero con una convicción que resultaba persuasiva—. Y precisamente por eso… ¿no crees que te convendría tenerme como… aliado? La pregunta resonó en la tranquila terraza, creando una atmósfera de expectación. Richard se inclinó ligeramente hacia adelante, con una mirada intensa pero sin rastro de malicia, buscando conectar con Isabella. —Podría ayudarte a controlar la narrativa —continuó con un tono persuasivo, modulando su voz con maestría—. Podría asegurarme de que solo se publique lo que tú quieres que se publique. Tengo… influencias, Isabella. Influencias que podrían serte de gran utilidad en este momento. Piénsalo. La propuesta de Richard pendía en el aire, cargada de implicaciones. Isabella sintió una mezcla de cautela y curiosidad. La idea de tener a alguien con la influencia de Richard de su lado era tentadora, pero también le generaba desconfianza. ¿Cuáles serían sus verdaderas intenciones? ¿Qué precio tendría que pagar por su ayuda? —No lo sé… no estoy segura —respondió Isabella, sintiendo una punzada de duda. El miedo, frío y paralizante, luchaba contra la posibilidad de obtener una ventaja en esa situación tan delicada—. Sinceramente, no creo necesitar la ayuda de… un tercero. Estoy convencida de que puedo manejar esto por mi cuenta. —Terminó su café helado de un trago y comenzó a recoger su bolso, preparándose para marcharse—. Creo que es hora de que me vaya. Espero que hayas obtenido la información que buscabas. —No te he citado aquí para sonsacarte información, Isabella. No he venido como periodista —dijo Richard con una calma que contrastaba con la tensión que se respiraba en el ambiente. Permaneció sentado, observándola con una intensidad que la hacía sentir incómoda, pero sin realizar ningún movimiento brusco—. He venido porque sinceramente creo que puedo ser… de ayuda. Con un movimiento rápido y preciso, Richard sacó una tarjeta de presentación de su bolsillo. En ella, destacaba el elegante logo de su empresa: Nexus. Extendió la tarjeta hacia Isabella, ofreciéndosela con una expresión neutra, casi indescifrable. —Sé que ahora mismo no quieres mi apoyo —continuó Richard, manteniendo la tarjeta extendida—, pero creo que tener mi contacto… no te hará ningún daño. Considéralo como… una opción. Es mi única petición. Isabella vaciló por un instante. La tarjeta de presentación de Nexus brillaba bajo la tenue luz de la terraza, un símbolo tangible del poder y la influencia que Richard Blackwell representaba. A pesar de su firme convicción de que no necesitaba la intromisión de ningún periodista en su vida, una parte de ella reconocía el valor estratégico de un contacto como ese. En su experiencia como vicepresidenta, había aprendido una lección crucial: los contactos lo eran todo en el mundo de los negocios. Con un suspiro contenido, Isabella tomó la tarjeta. Sus dedos rozaron brevemente los de Richard al hacerlo, sintiendo una corriente eléctrica que la recorrió. —Gracias por la invitación, señor Blackwell —dijo Isabella con una formalidad que ocultaba su creciente confusión. Extendió su mano en señal de despedida—. Lamento que las cosas no hayan resultado… como esperabas. —El placer ha sido mío, Isabella. Y gracias a ti por aceptar verme —respondió Richard, estrechando su mano con una firmeza que transmitía seguridad en sí mismo. Su sonrisa, aunque amable, mantenía un halo de misterio que perturbaba a Isabella—. Si alguna vez necesitas algo… ya sabes cómo contactarme. La mirada de Richard se mantuvo fija en Isabella mientras ella se alejaba, una mirada que la acompañó hasta que desapareció por las escaleras. La incertidumbre sobre sus verdaderas intenciones se instaló en el corazón de Isabella, dejando una semilla de duda que amenazaba con germinar en cualquier momento. */* Al llegar a casa, el rostro de Victoria fue lo primero que vio. Las luces estaban encendidas, inundando la entrada con una cálida luz ámbar que contrastaba con la oscuridad de la noche. La atmósfera era acogedora, transmitiendo una sensación de tranquilidad y familiaridad que Isabella no recordaba haber experimentado al llegar a casa en mucho tiempo. —¿Victoria? ¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó Isabella con una mezcla de sorpresa y preocupación en la voz. —Señora… —Victoria la observó con detenimiento, con una expresión de genuina inquietud—. Sus ojeras son cada vez más pronunciadas. Sé que siempre envía a todos los empleados a casa al terminar sus tareas, incluso antes de que anochezca —Victoria la tomó suavemente del brazo y la condujo hacia el interior de la casa. Una vez dentro, cerró la puerta con suavidad, pero con firmeza, como protegiéndola del mundo exterior—. Me aseguraré personalmente de que empiece a descansar como es debido. Además, mañana tiene un día muy importante esperándola. —Victoria, no tienes que hacer esto —insistió Isabella, conmovida por la dedicación de su secretaria. La tomó con suavidad por los hombros, mirándola directamente a los ojos con una expresión de gratitud—. Tienes una familia que te necesita, una vida propia. —Y en este momento, mi jefa… mi amiga… me necesita más —respondió Victoria con una sonrisa cálida y sincera que iluminó su rostro. Sus ojos, llenos de cariño, transmitían una lealtad inquebrantable—. Isabella, ven a comer. He preparado la cena. Un baño caliente estará listo para cuando termines, y después… directo a la cama. Necesitas reponer fuerzas. —Aún tengo que revisar unos documentos para mañana —insistió Isabella, mirando la hora en su reloj. La medianoche se acercaba peligrosamente—. Deben estar listos para la junta. —Ya me he encargado de eso —respondió Victoria con una sonrisa dulce y una mirada llena de complicidad, entrando al comedor seguida por Isabella. La mesa estaba delicadamente puesta, con individuales de tela y una suave luz que creaba un ambiente cálido y acogedor—. Ahora, es momento de cenar. Con un instinto maternal que ya era característico en ella, Victoria sirvió a Isabella una cena casera y reconfortante: una ensalada fresca con aderezo de limón y hierbas, una pechuga de pollo a la plancha con una salsa de champiñones cremosa y una generosa porción de puré de papas suave y esponjoso. El aroma que emanaba de los platos era delicioso, evocando recuerdos de cenas familiares y momentos de tranquilidad. Con una agilidad sorprendente, Victoria tomó el celular de la mano de Isabella, justo cuando esta se disponía a revisarlo. Isabella la observó con una mezcla de sorpresa y resignación, una leve sonrisa curvando sus labios. Ya se había acostumbrado a las atenciones de Victoria, que siempre se preocupaba por su bienestar como si fuera una hija. —Quiero que cenes con calma, sin pensar en el trabajo ni en las noticias —dijo Victoria con un tono de voz suave pero firme, sentándose frente a Isabella con su propio plato. Su mirada transmitía una preocupación genuina—. Necesitas desconectar, Isabella. Recuperar tus buenos hábitos. No puedes seguir posponiendo tu descanso. Te estás agotando, y si sigues así, te vas a enfermar. La cena transcurrió en un silencio tenso, roto solo por el suave tintineo de los cubiertos contra la porcelana. Isabella comía con dificultad, sintiendo un nudo opresivo en la garganta. Cada bocado se le hacía un esfuerzo. Intentaba con todas sus fuerzas ignorar las constantes vibraciones de su celular, que descansaba sobre la mesa, boca abajo. Le había prometido a Victoria que no lo tocaría mientras comía, una promesa que ahora se le antojaba difícil de cumplir. La insistencia del aparato la ponía aún más nerviosa. Intuitivamente, sabía que algo importante estaba sucediendo. Finalmente, terminó de cenar, aunque apenas había probado la mitad de la comida. La necesidad de saber qué sucedía era más fuerte que cualquier otra cosa. Con una disculpa silenciosa a Victoria, extendió la mano y tomó su celular. La pantalla se iluminó, revelando una serie de mensajes de Leonardo. Su corazón dio un vuelco al leerlos. [Leonardo]: Isabella, necesito hablar contigo urgentemente. [Leonardo]: Isabella, por favor, responde. Es importante. [Leonardo]: ¿Dónde estás, Isabella?
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