Le echo un vistazo a la nota sobre la mesa y pienso en lo osado de mi petición; sin embargo, no me molesto en cambiar ni una sola de las palabras escritas. Realmente, espero verlo de nuevo.
Con esa ilusión, dejo la casa de aquel ardiente y desconocido vaquero. Pero me detengo al darme cuenta de que no tengo manera de volver. Llegué acompañada de él, entonces, ¿cómo hago para ir a casa? Si es que a mi casa se le puede llamar de esa manera.
Prácticamente, se me está cayendo a pedazos, por lo que hago una nota mental mientras camino por el jardín. Necesito comprar algunas cosas y mandar a arreglar otras. Aunque, me temo que eso me llevará demasiado tiempo y es algo que no tengo. Me quedan dieciocho días para volver a la ciudad, integrarme a mi trabajo y a la universidad.
Dejo escapar un suspiro. Quizá deba considerar venir una vez al mes. Ahora tengo un incentivo para hacerlo.
Sonrío ante mi brillante idea, pero me detengo al encontrarme con mi camioneta aparcada al final del camino de piedras, justo en la entrada de aquella preciosa casa. No tengo idea de cómo llegó hasta ahí, pero lo agradezco.
Abro la puerta y encuentro las llaves prendidas, como si alguien acabara de dejarlo allí. Subo y manejo hasta mi casa. Necesito una ducha y salir a buscar información de cierto vaquero. De quien no sé ni su nombre. ¿Será cómo buscar una aguja en un pajar? No lo creo, es el dueño de un bar, alguien tiene que conocerlo.
Con ese pensamiento, voy directamente a la ducha. El agua es una bendición y mi cuerpo lo agradece cuando cada músculo se relaja. Cierro los ojos solo para recordar el rostro de aquel impresionante hombre. Es mayor, de esos a quien uno puede llamar, señor.
La edad realmente no es un problema y tampoco estoy deseando una relación después de Raúl. Todo lo que quiero es un poco de diversión.
Cierro la llave y tomo la toalla blanca, envuelvo mi cuerpo y con cuidado salgo de la regadera. Me coloco las bragas y el brasier. Luego busco entre mi equipaje algo bonito que ponerme. Me decanto por unos pantalones tallados y unas botas hasta la rodilla. Una blusa corta y luego de secarme el cabello, lo recojo en una cola de caballo.
Salgo de la casa con una misión en particular. Averiguar el nombre del dueño del bar “El Palomar”, rio ante el nombre tan original del sitio. Tal vez me esperaba algo más profundo y oscuro.
Me encojo de hombros; al final, el nombre no es tan importante. Volveré a ese lugar esta noche y las noches que hagan falta solo para encontrarme con ese hombre tocado por los dioses.
Aunque, parece que estoy exagerando. Sin embargo, nunca antes me había llamado la atención un hombre como ese vaquero. Mayor y no un chavo hormonal que no habría dudado en llevarme a la cama en el estado en el que me encontraba la noche anterior.
Es rudo, pero un caballero.
Tiemblo con solo recordar el sonido de su voz y sus manos sobre mi cuerpo, me muerdo el labio mientras estaciono la camioneta a un lado del mercado.
Hago un rápido recorrido, solo compro lo que necesito, pues no tengo refrigerador y las altas temperaturas del día van a arruinar alimentos como carnes y embutidos. Así que los evito. Tampoco es algo que pueda comer todos los días. Para mi trabajo, llevo una estricta dieta.
Vuelvo a la camioneta y dejo las compras en el sillón de atrás. Por un loco momento, me siento tentada a rentar la habitación de un hotel. Sería más práctico. Estaría en el centro del pueblo, no tendría que cocinar y tendría una mejor oportunidad de encontrarme con el sexy vaquero.
Sin embargo, también disfruto de un momento de soledad, paz y tranquilidad. Todo eso es lo que no te da la ciudad con su constante bullicio las veinticuatro horas del día.
Me tengo cuando mi nariz recoge el aroma delicioso de la comida. Echo un vistazo al letrero y entro a la pequeña fonda. Me siento en la mesa más alejada, desde donde tengo una vista maravillosa.
Pido el menú de la casa y una vez que la chica me sirve el almuerzo, me concentro en mis alimentos hasta que escucho a un par de hombres murmurar sobre los acontecimientos de la noche anterior en el “Palomar”. Dejo de lado mi almuerzo y aparto la mirada del ventanal para prestar toda la atención a las palabras de quienes murmuran.
—Es una citadina, el dueño se puso como loco cuando César quiso sobrepasarse con ella, aunque todos dicen que la muy ladina tuvo la culpa —comenta el hombre.
Casi sonrío ante la manera en que se cuenta el chisme.
—No puedes culpar a Santiago, odia los escándalos, es la única condición que su familia le puso para dejarle administrar el bar —comenta otro.
Y mi cabeza registra el nombre. Santiago.
—Es el único de la familia que les salió un tanto rebelde, sin esposa y sin compromisos. Puede hacer con su vida lo que le venga en gana —interviene un tercero.
Sigo escuchando la conversación e ignoro ciertos apelativos con los que osan llamarme, realmente no me importa, no los conozco y no me conocen, pero mi interés por saber más de Santiago casi hace que me pare de la silla y pida todos sus datos con pelos y señales.
Cuando la conversación deja de ser sobre Santiago, termino de almorzar, pago la cuenta y me retiro de la fonda. Deambulo por el pueblo, no sé ni lo que busco o quizá espero ver a Santiago en medio de la gente, pero no tengo suerte, así que por la tarde regreso a mi auto y tomo el camino hasta mi casa.
El calor de la tarde se vuelve insoportable, me abruma de tal manera que cojo mi toalla y ropa. Camino hasta el manantial que nace al pie de la montaña, ni siquiera lo pienso dos veces antes de desvestirme y lanzarme de cabeza a la poza.
El agua fría me acaricia el cuerpo y mi piel se eriza ante el contacto, justo lo que necesito para dejar de sudar como si hubiese corrido una maratón. No sé cuánto tiempo paso nadando de un lado al otro, estoy disfrutando tanto, que pronto el manto oscuro empieza a caer, regalándome un precioso panorama. La hora azul, cuando no es ni de día, ni de noche.
—¿Piensas amanecer nadando? —La voz fuerte de Santiago me hace girar la cabeza, mi cuerpo tiembla y no es de frío. Estoy desnuda dentro del agua.
—¿Cuánto tiempo llevas allí? —le pregunto. ¿Cómo es posible que no lo sintiera llegar? ¡No es un maldito fantasma! Y encima, ¡viene sobre el lomo de un caballo! Los cascos, por lo menos, debí escucharlos, golpear la tierra.
—El tiempo suficiente como para espantar a dos serpientes, un humano y un jabalí —pronuncia y no puedo evitar que mis ojos se abran por la sorpresa.
—Aquí no hay jabalís —refuto, moviéndome lentamente para llegar a una de las grandes rocas que resguardan el manantial.
—¿De verdad? Puedo jurar que vi uno —responde.
—Debes estar mintiendo —digo.
—En lo absoluto, te he salvado la vida dos veces —dice, mirándome fijamente.
—Parece que estamos destinados a encontrarnos —respondo, sintiendo de repente un calor subir por mi cuerpo, desafiando las frías aguas. ¿Es mi oportunidad?
—Parece ser que estoy condenado a encontrarte en problemas dentro de mis propiedades —refuta, mirándome de esa manera que calienta mi sangre.