Capítulo 04. ¿Te gusta lo que ves?

1095 Palabras
Guardo silencio ante sus palabras mientras busco con discreción mi ropa. Recuerdo haberla dejado sobre la roca más cercana, pero no hay nada allí. —¿No piensas responder? —pregunta, desmontando el caballo como un príncipe. —No tengo nada que decir, no me consta que estás, sean tus propiedades —refuto. ¿Dónde carajos está mi ropa? —¿No lo sabes? —inquiere. Niego, distraída. —Entonces, no hay necesidad de decir nada —comenta. Si no estuviera tan concentrada en buscar mi ropa, le habría acribillado con preguntas. Aunque, dudo mucho que fuera a responderlas. Este hombre es tan… ¿Odioso? ¿Misterioso? ¿Hermoso? —La noche está cayendo, vas a resfriarte. Si sigues metida en el agua, anda sal —pide u ordena, realmente no lo sé. Niego ante su petición. —No puedo salir —murmuro. Él se acerca unos pocos pasos, sus ojos se clavan sobre mí. —¿Por qué? —Me temo que no tengo con qué cubrirme —respondo señalando detrás de las rocas. Mi ropa está empapada y rota. —¡Maldición! —gruñe, mientras con rapidez se libera de su camisa. ¡Dios, ¿por qué tiene que ser tan caliente! Digo, ¿perfecto? Su cuerpo parece esculpido en piedra, sus abdominales se marcan como tabletas de chocolate y yo, una adicta en rehabilitación. No puedo apartar la mirada de él. Es tan delicioso. —¿Te gusta lo que ves? —Me encanta —respondo sin pensar. Él hace un ruido con la boca, mientras gira el rostro y me tiende su camisa. —Date prisa —ordena de nuevo. Mi cuerpo tiembla al dejar el agua. Tomo su camisa y la coloco rápidamente sobre mi cuerpo, pero no me sirve de mucho, apenas cubre mi trasero y la humedad transparenta la tela, dejando a la vista mis pechos y mis pezones erectos por el frío repentino que atraviesa mi cuerpo. —Gracias —susurro para llamar su atención; sin embargo, él no me dedica ni una sola mirada. —¿Vives lejos? —pregunta, buscando su caballo que se ha alejado de nosotros mientras se quitaba la camisa. —En la choza, al pie de la montaña —respondo. —No sabía que estuviera siendo ocupada. —Estoy de vacaciones —explico mientras camino detrás de él, llevo mis manos sobre mis brazos para darme un poco de calor. Así es el clima en estas tierras. Por la mañana y parte de la tarde puedes asarte de calor y por las noches congelarte por el frío. —No hay manera de que lleguemos a este paso —dice, deteniéndose sin previo aviso, haciendo que mi cuerpo choque contra el suyo. Un pequeño grito sale de mi garganta al imaginarme cayendo de bruces sobre las ramas secas, pero nuevamente, sus manos me reciben. Nuestros cuerpos se rozan y el contacto entre nosotros es adictivo, por lo menos para mí, que me estremezco de pies a cabeza y nada tiene que ver el ambiente frío de la montaña. —¿Siempre eres tan tonta? —pregunta con el ceño fruncido. Niego de inmediato. —Parece que es solo contigo —respondo con sinceridad. Nuestros ojos se encuentran y en los suyos parece haber una mezcla de sorpresa y diversión. —¿Cómo te llamas? —pregunta de repente, dejándome descolocada. —Lorena —susurro, viendo fijamente sus labios. ¿Qué es lo que me pasa con este hombre? —Lorena —pronuncia y siento un nuevo escalofrío correr por mi cuerpo—. Te llevaré a casa —dice apartándose de mí. Un gemido escapa de mis labios cuando el frío de su ausencia golpea mi cuerpo; sin embargo, la separación dura poco. Él sube a su caballo y me tiende la mano. La cual miro como si fuera una serpiente. —¿Qué? —pregunta ante mi silencio. —¿Quieres que vaya contigo sobre ese animal? —¿Prefieres quedarte y caminar? Niego de inmediato. —Entonces, ven —ordena. Trago el nudo formado en mi garganta y le tiendo la mano. Un fuerte gemido escapa de mis labios al sentir mi coño desnudo entrar en contacto con la madera de la silla. Mi cuerpo tiembla, mientras Santiago apresura el paso. La carrera del caballo solo hace que el contacto entre la madera y mi coño sea casi insoportable. Ligeros y roncos gemidos escapan de mis labios. ¡Es vergonzoso! Pero inevitable. —No me has dicho tu nombre —digo, para distraer mi mente. Tengo que controlarme o Santiago es muy capaz de dejarme tirada en cualquier momento. Él deja escapar una ligera carcajada que manda las señales equivocadas a mi cuerpo y echa por tierra mis buenas intenciones. —Santiago —responde. Asiento, mientras lucho para no enloquecer. —Deja de moverte o te caerás —pide; sin embargo, no puedo dejar de hacerlo. —No puedo —susurro y él detiene la carrera. —¿Qué pasa? —pregunta y mis mejillas se encienden, aunque con la oscuridad dudo mucho que lo note. Niego. —Lorena… —Es…, vergonzoso —respondo ante su insistencia. Él se baja del caballo y me ayuda a descender de él, haciendo que un fuerte gemido escape de mi boca cuando mis pies tocan el suelo. —¿Qué sucede? —insiste. —No me atrevo a decírtelo —musito. ¡De coqueta a tímida! Lo más seguro es que piense que me he vuelto loca o sufro algún problema de personalidad. Santiago frunce el ceño. —¿Te lastimaste? —pregunta y vuelvo a negar. —Maldición, Lorena, no soy adivino. ¡Dime que fue lo que pasó! —grita, mientras mis ojos se fijan en su tonificado pecho, sus pezones se han puesto duros por el frío y eso solo aumenta mi excitación. —Si no puedes decirlo con palabras, muéstrame —me reta. Tomo su mano entre las mías, doy un paso hacia él para cerrar la distancia. Santiago parece confundido hasta que meto su mano entre mis piernas, haciendo que toque mi coño hinchado, herido por la silla del caballo. —Esto es lo que pasa —digo con un hilo de voz. ¿Por qué no soy capaz de pensar cuando estoy a su lado? Toda mi cordura sale por la ventana cada vez que Santiago está cerca de mí. ¡Somos dos completos extraños! Sin embargo, mi cuerpo parece conocerlo de toda la vida y su mano sobre mi coño es la muestra perfecta de ello.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR