Capítulo 05. Eres una descarada

1869 Palabras
El silencio que se instala es denso, nuestras miradas están fijas, la una en la otra. No me atrevo ni a respirar, esperando una reacción de Santiago. —¿Te duele? —pregunta al fin, su tono de voz es ronco y excitado. Gimo en respuesta. Tengo un ligero escozor, pero nada comparado con la calidez de su mano sobre mi excitado botón. —Eres una descarada —musita. Su nuez de Adán se mueve cuando traga con fuerza. Su cuello muestra tensión, sus venas se marcan y creo que no le soy del todo indiferente. El conocimiento hace que mi corazón se acelere y mi intimidad se humedece mucho más. —Y, ¿te gusta, Santiago? —pregunto con voz ronca—. Te gusta lo que tocas. Él gruñe en respuesta y un escalofrío recorre mi cuerpo de pies a cabeza, cuando su mano aprieta mi intimidad. Muerdo el interior de mi mejilla. —No creo que quieras conocer mi respuesta —dice con los ojos velados por el deseo; sin embargo, se aleja y mi garganta emite un gemido de protesta ante la pérdida de su calor y antes de que pueda responder con palabras, su boca se coloca sobre la mía. Es un beso ardiente y húmedo, su barba raspa mi mentón, pero no me quejo. Todo lo contrario, llevo mis manos detrás de su cuello y lo atraigo más hacia mí, como si eso fuera posible; estamos casi fundidos. —No soy un hombre que busca compromisos, Lorena —susurra con su respiración agitada, bañando con su aliento mi nariz. Cierro los ojos ante sus palabras. —No quiero un compromiso, te quiero a ti —respondo cuando no puedo soportarlo más. Su cercanía embota mis sentidos y la razón escapa de mí. —Será una aventura de verano, ¿estás de acuerdo? —pregunta y siento que está jugando conmigo. —Será lo que tú quieras que sea, Santiago, por favor —pido. El deseo de seguir bebiendo de sus labios es tan abrumador, que mi cuerpo se restriega sin descaro contra su entrepierna. El cinto vaquero me raspa debido a la fina tela de la camisa, pero poco me importa, solo quiero provocarlo. Quiero vivir esta aventura y que duré lo que tenga que durar. No quiero vivir con arrepentimientos. —Quiero vivir el momento. Él gruñe de nuevo y, antes de que pueda decirle algo más, estoy sobre sus piernas y sobre el lomo del caballo. Gimo al sentir la costura de los tejanos, chocar contra mi entrepierna; sin embargo, el dolor no me distrae de la fascinación, todo lo contrario, aumenta mi excitación. Es una sensación extraña, pero adictiva. No sé exactamente, cuántos kilómetros recorremos en aquella incómoda, pero deliciosa postura; no puedo mirar más que el pecho desnudo de Santiago frente a mis ojos. Lamo mi labio con la punta de mi lengua para humedecerlo mientras una traviesa idea pasa por mi cabeza. No lo pienso, solo actúo. Escucho el ronco gemido salir de su garganta en el momento en que mi lengua lame su duro pezón. Me deleito en su piel mientras el caballo nos lleva a nuestro destino. No sé si es su casa o la mía; en realidad, no tengo mucho interés en el lugar. Cuando el caballo se detiene, me doy cuenta de que ha elegido su casa. —¿Estás segura de esto? —pregunta cuando me aparta de su pecho y me ayuda a bajar para luego bajarse del caballo de un salto. Tomo su mano y repito la acción de minutos atrás, esta vez no está desprevenido, pero tampoco evita el contacto y le dejo sentir mi abundante humedad. —¿Esto responde tu pregunta? Él gime y me arrastra con prisa al interior de la casa. La necesidad de consumar nuestro acto es tan grande que llegamos a la habitación en un abrir y cerrar de ojos. Nuestras miradas se encuentran por un breve momento. Él, con toda su actitud de hombre rudo y fuerte, parece dudar. —Por favor —pido. Deslizo la yema de mis dedos por su fuerte pecho. El gruñido que sale de su garganta me hace temblar, pero no la aparto y bajo mi cabeza para apoderarme nuevamente de su pezón, mientras mi mano continúa su camino y abro el cincho y la pretina de sus pantalones. Santiago se deja a hacer, por un momento me siento como una abusadora, pero tampoco es que él se niegue. Levanto la mirada y lo veo con los ojos cerrados, mordiéndose el labio para contener los gemidos. La visión de sus dientes, apretar sus labios, me indica que estoy en el camino correcto y, sin dudarlo más, deslizo mi lengua por la piel de su abdomen. Su cuerpo se sacude ligeramente mientras mis labios bajan por su piel, deteniéndome sobre su bóxer. Él abre los ojos cuando me detengo. Hay una pasión ciega en ellos y un deseo abrumador que me sacude violentamente. —¡Hazlo! —ordena y sonrío. —Es mi placer —respondo antes de deslizar el bóxer por sus piernas, quedando impactada por el tamaño de su dureza. Trago el nudo formado en mi garganta. —¿Te asusta? —pregunta con diversión. Niego. —Me fascina —respondo antes de deslizar mis labios por su longitud. Los músculos de sus piernas se tensan bajo mi mano, mientras engullo su polla como si fuera el más apetitoso de los manjares. —Lorena —susurra al tiempo que sus fuertes manos toman mi cabello mojado y simula hacer una cola de caballo para dirigir el ritmo de la felación. Mis labios succionan la punta rojiza de su pene, mientras lamo el brilloso líquido de su semilla, antes de coger un buen ritmo, subiendo y bajando sobre su dureza, sintiendo cómo sus bolas se endurecen, llenándose de su esencia. La emoción me hace acelerar el ritmo de mis labios, deseo que Santiago se venga en mi boca. Debo estar loca o, quizá sería mejor decir, poseída por el deseo, la locura y la estupidez. «Vive tu aventura» —¡Para! —grita, sosteniendo mi cabello, apartándome de su polla sin llegar a lastimarme, aun así, gimo en protesta al verme privada de ella. —No quiero correrme en tu boca, si voy a hacerlo, quiero hacerlo dentro de ti, ¿tienes algún problema? —pregunta y sus palabras son como el combustible derramado sobre mi caliente cuerpo. —Ninguno, tengo la píldora —digo. No necesito decir más, con sus fuertes manos me ayuda a incorporarme, rompe su camisa que protege mi cuerpo y me lanza sobre la cama. El aire escapa de mis pulmones cuando su cuerpo se cierne sobre el mío. Lame su labio antes de bajar y ocupar mi boca, probando su sabor en mí. Un nuevo escalofrío me recorre al sentir la manera en la que su lengua presiona contra la mía y saquea mi boca con experiencia y maestría. Santiago es un hombre en toda la extensión de la palabra… La boca de Santiago se desliza por mi mentón, mientras sus manos acarician mi cuerpo desnudo. Mi piel se eriza al ir dejando un cosquilleo por donde toca. Muevo mis caderas cuando su mano encuentra mi coño y uno de sus dedos se mueve de arriba abajo, presionando mi clítoris. Mi botón está duro e hinchado y ya nada tiene que ver con la silla del caballo. —Eres una bruja —murmura sobre mi pezón, bañándolo con su cálido aliento. Un gemido es todo lo que le doy por respuesta. —Lorena —susurra antes de tomar mi pecho entre sus labios. Santiago succiona y raspa mi duro botón con el filo de sus dientes, enviando una ligera descarga a mi coño que se ha convertido en un charco bajo sus manos y caricias. Cierro los ojos y simplemente me dejo llevar. La lengua de Santiago recorre desde mi pecho hasta mi abdomen plano, juega con mi ombligo por unos breves segundos antes de continuar su camino hasta mi hinchada feminidad y lo escucho contener el aliento. —Eres una mujer pervertida —dice con voz ronca. —Soy todo lo que tú quieras, pero no te detengas —pido en medio de la bruma. Santiago mete la cabeza entre mis piernas. Dejo escapar un grito, una mezcla de dolor y placer cuando sus dientes tiran del pequeño piercing adherido a mi clítoris. La experta lengua sabe qué puntos tocar en mi intimidad, mi cabeza explota y mi cuerpo tiembla con violencia cada vez que Santiago presiona y tira del pequeño objeto metálico hasta que el primer orgasmo me atraviesa con la fuerza de un rayo, dejándome en el limbo. Jadeante, pero no satisfecha. —Hazme tuya —pido con urgencia. Elevo mis caderas hacia él, ofreciendo mi cuerpo como un tributo de guerra. Santiago deja escapar un sonoro y ronco gemido. Se incorpora en toda su altura antes de extenderse por completo sobre mí. Sus labios buscan mi boca y ahora soy yo quien prueba mis jugos, mientras su polla se restriega contra mi coño que llora con desesperación por ser saciado. Un ardiente calor me atraviesa el cuerpo, es como un fuego voraz que amenaza con calcinar mi piel, mientras Santiago juega con mi entrada. —Por favor, por favor —pido, elevando mis caderas. Santiago sonríe y en una sola embestida se entierra hasta el fondo de mi cuerpo, es tan grande y grueso que siento que su punta acaricia mi útero. —¡Aah! ¡Aah! —gimo. Él no me da tiempo a acostumbrarme a su invasión, se mueve como un loco en mi interior, saliendo y entrando de un solo golpe, jugando con mis labios. Una de sus manos presiona mi pecho y tira de mi pezón. El ritmo es enloquecedor, mi cuerpo se perla de sudor, sus movimientos son casi salvajes y los gemidos que salen de su boca son tan parecidos a los de una fiera. Los golpes de nuestros cuerpos llenan la habitación y el olor a sexo es abrumador, pero enloquecedor. Las paredes de mi v****a se cierran y apresan la polla de Santiago, haciendo más difícil su invasión. El placer y el dolor se mezclan por igual mientras experimento un nuevo orgasmo, rompiéndome de una manera que jamás lo había hecho en el pasado. No obstante, mi noche de pasión con este caliente vaquero está lejos de terminar. Lo hacemos en cuantas posiciones se le ocurre, hasta dejarme sobre él. —Cabálgame —ordena. Muevo mis caderas sobre su polla, mientras su boca devora mis pechos. Coloca una mano sobre mi cadera y la otra presionando mi clítoris, moviéndose al compás de nuestros cuerpos. No sé cuánto tiempo permanecemos en aquella posición, solo soy consciente del momento que me corro por cuarta, quinta o sexta vez y no lo hago sola. Santiago cabalga conmigo hacia el clímax. Olas y olas de placer sacuden mi cuerpo, mientras soy arrastrada mar adentro para sucumbir ante el cansancio de mi cuerpo…, lo último que recuerdo es la mano de Santiago sobre mis nalgas y dos palabras que me hacen feliz. —Te tengo.
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