Pasaron los días, llegar a esa nueva granja, las cosas no cambiaron ni un poco. —Entonces, gané esta partida —dijo divertida Alma, mientras María le sacaba la lengua como si fuera una niña. —Eso es suerte, ahora no puedo llegar a entender, porque no sabía jugar al truco. —Aún no sé cómo y creo que todavía no entiendo —dijo divertida, se puso de pie quería ir a dar una vuelta. María, la dejó marcharse. No había tanta seguridad como en la casa anterior; no obstante sabía que era custodiada. Su marido nunca le preguntó hacia dónde se había ido. Y eso en parte lo agradecía. Se sentó en un tronco algo abandonado, al parecer se había caído un árbol y quedó ahí. Sacó su teléfono, empezó a leer una novela. Cuando estaba en la mejor parte... El chico le decía oficialmente lo que sentía. Un

