Treinta minutos después, se miró al espejo. María la había preparado un bello vestido de flores, ajustado la cintura y suelto debajo. Sus hombros quedaron descubiertos, se colocó un pequeño saco. Afuera no hacía precisamente calor, el invierno comenzaba a aparecer poco a poco. No quería enfermarse, menos después de saber que ya estaba enferma. Se cubrió, porque de vez en cuando tenía escalofríos, y a veces el dolor la visitaba. Pero no era algo muy continuo, ni siquiera se recordaba de que estaba enferma. Sus tacones, resonaron por todo el salón, la vista de su esposo, se dirigió solamente hacia ella. Asombrado, sin poder creer que su esposa fuera tan hermosa. No lo admitió obviamente, simplemente desvió los ojos, y estiró la mano. —Tú también estás muy guapo —dijo en tono irónico

