Fernando estaba hundido en la silla más cochambrosa del bar de mala muerte, el olor a cigarro quemado y alcohol barato impregnaba el aire denso que apenas dejaba respirar. Las paredes estaban manchadas de tinta vieja, graffiti y sangre seca, testigos mudos de cientos de historias que nadie quería recordar. Su rostro era un mapa de cicatrices invisibles, marcadas por años de decisiones jodidas, traiciones disfrazadas, y promesas rotas. El tipo apenas reconocía al hombre que le devolvía el espejo del bar. —Maldita sea, Fernando —murmuró, apretando con fuerza un vaso vacío que tambaleó sobre la mesa—. ¿En qué carajo me metí? ¿Cómo fui tan pendejo para pensar que era invencible? Las sombras de sus errores le jugaban malas pasadas. Cada rostro que cruzaba en esa maldita ciudad le recordab

