Damián se miró al espejo y no reconoció al hijo de puta que le devolvía la mirada. La habitación de hotel barato apestaba a sudor viejo, trago derramado y sueños rotos. El humo del cigarro subía lento, n***o y denso como la nube que le pesaba en el pecho. Ya no estaba ahí para venganzas ni para pagar cuentas de sangre con sangre. Estaba para enterrarlas. Se arregló la camisa arrugada, escondió la mancha de culpa bajo una sonrisa falsa. Antes, la rabia era su motor. Ahora, la rabia le hacía mierda la vida. —Maldita sea —masculló, mirando la pistola que tenía sobre la mesa, fría y callada, como la promesa muerta que ya no necesitaba cumplir—. ¿Qué carajos hago con esto? El eco de su propia voz se le metió en el alma. Podía sentir la presencia del abismo de siempre, pero esta vez no quería

