Siento como si una tonelada de ladrillos hubiera caído sobre mí mientras intento abrir los ojos lentamente. Alguien me está sosteniendo la mano y, por un momento, mi mente piensa en Renzo y en lo suaves que eran sus manos. También eran grandes y muy hábiles. Sonrío de forma estúpida y luego gimo. —Me duele todo— me quejo. —Podría ser mucho peor— comenta mi padre, retirando su mano de la mía—. Summer, ¿en qué demonios estabas pensando al salir con esos tipos? Por fin entreabro los ojos para mirar su rostro enfadado. Sin embargo, ese enfado no llega del todo a sus ojos. No, no sé interpretar exactamente esa mirada. Probablemente sea desprecio. Intento incorporarme y él se mueve para ayudarme, pero lo aparto enseguida. —Estoy bien. No necesito ayuda. Nunca he necesitado tu ayuda— C

