Siempre hay algo de lo que ocuparse en uno de los numerosos negocios que posee la familia. Sabemos cómo llevar las cosas con mano firme. Yo sé cómo llevar las cosas con mano firme, pero a veces ocurren situaciones que requieren mi atención.
Como dinero robado.
No me gusta cuando desaparece dinero de mis clubes, y La Quinta Club es uno de mis lugares favoritos para lavar dinero porque funciona con mucha fluidez, así que cuando los ingresos y los gastos están gravemente mal gestionados, me pongo un poco alterado.
Alterado no empieza a describir cómo me siento cuando alguien me toca el hombro para que me aparte del camino y resulta ser nada menos que Summer. Sus rizos castaños caen a ambos lados de su rostro y por su espalda, y se ve preciosa con un maquillaje sencillo. Cuando sus ojos color ámbar se cruzan con los míos, lo primero que me viene a la mente son los recuerdos de los besos que compartimos, las noches íntimas que tuvimos y la ruptura que me destrozó. Mis emociones se descontrolan y casi pierdo la compostura. La recorro de arriba abajo con la mirada, fijándome en su cuerpo tonificado, bronceado y escasamente vestido, y luego camino hacia mi oficina sin decir una palabra.
No creo que pueda hablar con ella sin que la emoción se filtre en mi voz, así que decido no reconocerla. Es lo mejor. Me siento en la gran mesa de roble y Corso, mi contable, me trae una tableta para que la revise. Examino las cifras.
—¿Sabemos quién es? —
—Creemos que es alguien del personal del bar— explica Corso.
Empieza a detallar lo que falta mientras intento leer la información de la tableta, pero mi mente no deja de volver a Summer y a la expresión de sus ojos cuando me alejé de ella. Es la misma mirada que la primera vez que me alejé, aunque entonces fue por su propio bien. Simplemente no pude decírselo.
Mi agitación aumenta al darme cuenta de que no he escuchado ni una sola palabra de lo que Corso ha dicho. Mi concentración está por los suelos. Levanto una mano.
—Tráeme un trago, whisky con hielo, y no la mierda barata y aguada que servimos a esos recién graduados en negocios—
—Sí, señor— responde Corso antes de marcharse a encargar la bebida.
Me recuesto en la silla, frotándome la barbilla. Necesito concentrarme en lo que tengo entre manos, porque si alguien me está robando, va a recibir la paliza de su vida. Si es que no le cuesta la vida. Hay que dar ejemplo, después de todo.
Me irrita profundamente que ver a Summer pueda desmoronar mi mundo otra vez. De verdad creí haber pasado página. Desde luego, no pienso en ella cuando no está a la vista. Ni siquiera sé por qué vendría a La Quinta; quizá solo para irritarme. Tal vez lo hizo a propósito para provocarme. ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de esa pequeña zorra a veces?
Vuelvo a centrarme en la tableta cuando oigo gritos fuera de la oficina. Al principio los ignoro. Los porteros echan a montones de clientes borrachos todo el tiempo. No es mi trabajo involucrarme, pero de repente una voz me resulta familiar. Estoy seguro de que es Summer.
Se oye un golpe fuerte y gritos, y me levanto de un salto, llevando la mano a la pistola enfundada dentro de mi chaqueta. Mis hombres me siguen afuera y vemos a un tipo agitando un arma, con una Summer sangrante y desorientada atrapada entre sus brazos. Camino con calma por detrás y le golpeo la parte posterior de la cabeza con la pistola, dejándolo inconsciente.
El club se vacía rápidamente. Mis hombres lo agarran y lo arrastran hacia la parte trasera mientras yo me hago cargo de Summer.
Me inclino sobre ella.
—¿Summer? ¿Puedes oírme? ¿Summer? —
No sirve de nada. Está inconsciente. Un leve pánico empieza a crecer dentro de mí mientras me vuelvo hacia Corso.
—Mantén a ese imbécil atrás. Me encargaré de él cuando haya organizado que ella vaya al hospital—
La recojo en brazos y la llevo hasta mi coche. Le hago una seña a un portero.
—Cierra el club por esta noche y avisa a los chicos de que volveré enseguida—
Con eso, me subo al asiento del conductor y arranco el coche. Al incorporarme al tráfico, enciendo las luces de emergencia y avanzo a toda velocidad entre los coches hasta el hospital cercano. Una vez allí, tomo a Summer con cuidado entre mis brazos. Ni siquiera la reconocí antes, y aun así resultó herida bajo mi vigilancia. Un pequeño sentimiento de culpa se abre paso en mi interior.
Las enfermeras acuden corriendo al verme cargarla y traen una camilla.
—Fue atacada, golpeada en la cabeza con un arma. Tengo que irme. ¿Hay alguien a quien pueda darle los datos de contacto de su padre? —.
Una enfermera se acerca con una carpeta, y le doy rápidamente los datos de Summer, al menos los que conozco, y luego los datos de contacto de su padre. Él tendrá que encargarse de ella cuando despierte. Yo necesito volver a La Quinta Club.
El viaje de regreso no mejora mi humor. Conduzco rápido y aparco frente al edificio. Entro al club y me aseguro de que los porteros lo hayan cerrado todo. Nos costará dinero, pero esta noche tengo asuntos más importantes que atender. Puede que ella ya no forme parte de mi vida, pero no tolero a los hombres que hacen daño a las mujeres en ningún caso, y menos aun cuando se trata de alguien por quien sentí algo profundo.
Camino hacia la zona trasera del club, donde mis hombres han atado al idiota a una silla con bridas. Ha recobrado el conocimiento y les grita insultos. No lo va a oír nadie. Esta sala está insonorizada del mundo exterior.
—¿Quién carajo eres tú? — me grita—. ¿Eres el imbécil que me golpeó? Porque te vas a arrepentir, cabrón—
Alzo una ceja. Es poco probable que la gente no sepa quién soy. Los medios sin duda me han mencionado lo suficiente como para que conozcan mi nombre. Miro a los ojos de este tipo y veo que tiene las pupilas dilatadas.
—¿Por qué atacaste a Summer? — pregunto, arrastrando una silla para sentarme frente a él.
—¿Y a ti qué cojones te importa? Es mi novia, no la tuya—
Ah, ahora todo encaja, pienso. El novio perdedor, ahora exnovio, que claramente cree que la posee.
—Mi nombre no importa. Lo que importa es que vengo de una familia con la que no se juega— digo con calma—. Así que vas a empezar a ser educado, o te van a partir el culo en bandeja de plata—
—Gente como tú no me asusta, Renzo— escupe, fulminándome con la mirada.
—Así que sí sabes quién soy— señalo—. Y aun así me faltas al respeto. Me faltas al respeto entrando en mi club y atacando a alguien bajo mi protección, y luego me hablas como si fuera la mierda pegada a la suela de tu zapato. ¿Cómo te llamas? —
—Se llama Weston— dice Varlov, uno de mis guardaespaldas, entregándome la identificación de Weston—. Treinta y tantos, vive en Brooklyn. No tiene conexiones conocidas con ninguna familia, y va hasta arriba—
—Que te jodan— grita Weston, intentando revolverse—. Si no me sueltas, te vas a arrepentir—
—El único que va a arrepentirse eres tú, Weston. Denle una lección, chicos, y luego déjenlo frente al hospital. No llegaré al extremo de matarte esta noche, Weston. Pero vuelve a cruzarte conmigo y no tendrás tanta suerte—