Llegué a la mansión al comenzar la noche, decidí que no iba a entrar a escondidas, estaba cansada de esos malditos e iba a usar mi último aliento para acabar con ellos, con todos los que pudiera.
En mi mente no estaba la opción de sobrevivir, pero no era como las otras veces en las que había decidido entregarme a una muerte en mano de los zombis, esta vez iba a luchar y matar a todos los que se cruzaran en mi camino primero.
Me sentía tan dolida, pero sobre todo molesta, muy enojada, sentía como un odio emanaba desde lo más profundo de mí ser, ya no tenia miedo, solo unas ganas de asesinar y destruir a todos los monstruos que habían destruido mi vida y la de millones de inocentes en todo el mundo. Y todo ¿para qué? poder, dinero, seguramente ambas, pero iba a asegurarme de entendieran el error de sus actos, antes de asesinarlos. No había piedad en mi, solo sed de venganza.
Estacioné la camioneta detrás de un camión de bomberos que mis compañeros habían estrellado contra la puerta principal.
Tomé mis armas y me bajé.
Los zombis que quedaban en el patio, que no eran pocos, cuando me vieron comenzaron a gruñir y venir en mi dirección, no me importó nada, estaba cegada por el dolor y el odio. Comencé a disparar a todos los que podía mientras avanzaba, cada vez más venían, pero yo no me detuve, ellos no eran mi objetivo, solo eran un estorbo que debía eliminar para seguir avanzando.
Utilicé toda mi fuerza y mi habilidades, mis reflejos estaban al cien por cien, me sentía una maquina perfecta de matar zombis, intocable.
Creo que me mordieron una vez, o dos tal vez, pero ya no sentí el dolor horrible de las otras veces, o quizás si lo sentí, pero estaba tan entumecida por el dolor emocional, que no me importaba.
Cuando llegué a la puerta la abrí y la cerré como pude, intentando dejar a los zombis del otro lado, pero adentro había más.
Saqué mis espadas y decapité a todos los que pude, mientras buscaba la escalera para llegar al sótano.
Cuando la encontré comencé a bajar, al llegar había un súper zombi, custodiando lo que supuse sería la entrada al laboratorio.
El me atacó, o intentó hacerlo, pero yo no estaba dispuesta a caer ahí, así que después de varios golpes, que los dos nos repartimos le disparé en el medio de los ojos.
La entrada no mostraba ninguna cerradura o algo para abrirla, así que tomé unos explosivos y la volé.
Cómo lo había imaginado, adentro estaba el laboratorio.
Si lo que me había dicho Horacio era verdad sólo quedarían tres súper-zombis más.
Adentro del laboratorio habían doctores, humanos, por lo menos en la apariencia.
Estaban tumbados en el suelo por la explosión cuando yo entré.
En unas camillas había cinco de nuestros soldados a los que les estaban haciendo metiendo algo por las venas, el virus seguramente. Estaban transformándolos.
Los doctores me miraron desde el piso sin levantarse, por lo menos tenían instituto de supervivencia, pero no iba a servirles de mucho.
Me acerqué a mis compañeros sin dejar de mirar a los doctores. Les tomé el pulso y no lo sentí, estaban muertos ya, lo que significaba que en cualquier momento despertarían convertidos en lo que eran Tiago y Cristina.
Les desconecté el suero y después de disculparme les partí el cráneo con mi espada.
Luego miré a los doctores, eran tres hombres y una mujer, estaban espantados, y tenían razón en estarlo. Yo estaba decidida a terminar con todo eso, y ellos estaban incluidos en el paquete.
- Esto se termina aquí y ahora – les dije, mientras les hacía señas para que se pongan de pie.
Ellos lo hicieron y se quedaron mirándome.
- Por favor – dijo uno de los hombres, casi tartamudeando – no nos mate.
- Lo hubieran pensado antes – respondí.
- Somos humanos, no estamos contaminados – respondió la mujer.
- ¿Humanos? ¿Es una broma verdad? – Dije con bastante ira en mi voz pero sin levantar el tono.- ¿Qué clase de humanos son que mandaron esos monstruos a terminar con las personas en el planeta?
Ellos me miraron sin decir nada.
- ¡Respondan! – ahora si estaba gritando - ¡Por culpa de ustedes perdí a mi familia, a mis amigos, a todos los que una vez amé, una y otra vez! ¿Cómo pueden pedirme que no acabe con su miserable existencia? ¡Ustedes son basura, son peor que los zombis!
Otro hombre que no había hablado comenzó a llorar.
El otro que quedaba me miró a los ojos, y no vi ninguna señal de arrepentimiento en él, entonces habló en un tono demasiado calmado para la situación.
- El mundo estaba acabado desde antes – dijo – a lo mejor no lo recuerdas porque eras una niña cuando todo comenzó, pero las personas estaba matándose todos los días, destruyendo todo lo que tenían a su paso, no merecían seguir existiendo; por lo menos no de la forma en la que lo venían haciendo.
En serio no podía creer que ese imbécil estuviera justificando lo que habían hecho.
- Millones de personas inocentes, buenas personas, perecieron por su experimento – dije sin ocultar el odio que sentía por él.
- Daños colaterales – dijo él – Es verdad que no todas las personas se lo merecían, pero eso no se pudo controlar, teníamos que salvar el mundo.
En serio que este tipo estaba demente ¿el pensaba que estaba salvando al mundo?
- La verdad que todo es mucho mejor ahora – dije irónicamente – muchas gracias.
El sonrío suavemente por mi comentario.
- Tú lo ves así porque todavía estas de ese lado – me dijo – cuando dejes de existir como persona consciente todo va a ser mejor, te lo aseguro.
En serio no podía creer lo que el loco estaba diciendo, ¿acaso el había visto a un zombi alguna vez en su vida? Porque si eso era estar mejor la verdad prefería vivir en la desgracia que para él era el mundo antes.
Cuando estuve apunto de responder, y de matarlo, alguien me sujetó de los brazos desde atrás, con tanta fuerza que tuve que soltar mis armas.
Me levantó del suelo para voltearme y lo vi, frente a mis ojos, sonriendo de manera escalofriante y respirando agitadamente sobre mi rostro: Tiago.
- Volviste – dijo jadeando, como si acabara de correr una maratón o algo por el estilo.
Supongo que no pude ocultar el odio en mi mirada, porque me bajó y me empujó con una sola mano, pero lo suficientemente fuerte para hacerme caer.
- Los individuos que reclutamos están muertos, ella los mató – dijo el doctor loco a Tiago – Es una amenaza para todo el proyecto, ¡acabala!
Tiago sólo me miró, acechándome.
Yo me puse de pie lentamente, los doctores salieron por una puerta que estaba al otro lado de donde yo había entrado.
- Hoy por fin vas a ser mía – dijo Tiago largando una espantosa carcajada.
Tengo que confesar que en ese momento me sentía atrapada, y muy asustada, pero no se lo demostré, iba a vengarme de ese maldito y de todos los que habían sido responsables de la muerte de mis seres amados, aunque me costara la propia vida.
- Nunca – le dije – prefiero morirme o ser devorada por todos los zombis de esta casa, antes que ser tuya de alguna manera.
Eso pareció molestarlo, y estaba bien, yo quería eso.
- Yo no soy Cristina – dijo sonriendo maliciosamente – no voy a perder la cabeza por tus insultos, porque no van a cambiar las cosas.
Eso no estaba en mis planes, él era muchísimo mas fuerte que yo y sin la perdida de la razón no sabia como hacer para derrotarlo.
Necesitaba pensar en algo, pero no tenia tiempo.
- Necesito saber por qué - dije mirándolo a los ojos, esperando despertar su lado mas humano, aunque era muy probable que nunca lo hubiera tenido.
- ¿Por qué, qué? – respondió calmado mientras caminada a mi alrededor.
- ¿Por qué nos traicionaste? Ahora y en Tres Soles.
Abrió los ojos cuando dije el nombre del fuerte.
- Si, lo sé – le dije.
Siguió caminando unos minutos más en silencio, mirándome.
- No es fácil de explicar – dijo al fin – pero resumiendo, digamos que lo hice porque quería ser el mejor.
- ¿El mejor zombi? – le pregunté.
El rió con ganas.
- Siempre me haces reír con tus ocurrencias – dijo – el mejor en todo. De esta forma soy mas fuerte, más rápido y más letal de lo nunca fui, y de lo nunca podría llegar a ser por más duro que entrenase, además soy mas resistente y difícil de asesinar, es probable que pueda vivir miles de años.
- Es una lastima que pensaras eso, porque para mí siempre fuiste el mejor - le dije mirándolo a los ojos.
- Ahora soy mucho mejor - dijo seguro.
- ¡Ahora eres un monstruo! Te convertiste en lo que tanto odiábamos, y lo peor de todo es que lo hiciste por voluntad propia, y arrastraste contigo a todos los que conocíamos, a nuestra familia, a mi familia.
Ahora yo estaba llorando.
- Mi padre esta muerto por tu culpa, posiblemente mi hermano también, mis amigos, nuestros amigos, el hombre que amo…
Las lágrimas salían como ríos de mis ojos. No podía contenerme, los recuerdos de todos los que había perdido volvieron a mi mente, junto con la imagen de lo que podría haber sido nuestra vida si él no nos hubiera traicionado. De repente la tristeza comenzó a retroceder para dejar entrar al odio nuevamente.
Me sequé las lágrimas y lo miré fijo.
- ¡Te odio! – Le grité - ¡Te odio como nunca pensé que podía odiar a alguien en mi vida y lo único que deseo es que mueras y pagues por todo el dolor que causaste!
Eso pareció afectarlo. Pero no me importaba.
Me moví rápido y tomé una espada y me lancé contra él, con todas mis fuerzas y mi rencor.
Claro que no sirvió de mucho en un solo movimiento me desarmó y me tomó del cuello, levantándome.
Tenía tanta fuerza que me estaba sofocando.
El me miraba y reía descontrolado.
- Que ilusa – dijo - ¿Cómo piensas derrotarme actuando así? ¿Acaso no aprendiste nada de lo que te enseñé en todos estos años?
Obviamente yo no podía responder porque no me entraba aire, solo pataleaba e intentaba inútilmente safarme de su mano.
Me apoyó contra una pared de un golpe, haciendo que todos los huesos de mi espalda sonaran, hasta creo que me rompió unas costillas.
Aflojó un poco la presión que hacía en mi cuello, pero no demasiado. Fue un alivio sentir cómo el aire llenaba mis pulmones de nuevo.
Comenzó a olfatearme, gimiendo cada vez más.
Me rasgó la camiseta con su otra mano para pasar su nariz y después su lengua por mi piel.
Tenía ganas de vomitar.
Luego bajo su mano hasta mi pantalón y comenzó a intentar desabotonarlo.
Estaba claro que no se iba a conformar sólo con comerme, él quería más, quería tomarlo todo de mí.
- Sólo mátame – pude decir, casi como un suspiro, suplicando.
El sólo me miró y sonrió.
Cerré los ojos e intenté llevar mi mente a otro lugar para evitar sentir lo que me estaba sucediendo, y entonces, como si fuera un milagro escuché una voz que hizo a mi corazón saltar.
- ¿Por qué no pruebas con alguien de tu tamaño, enfermo? ¡Suéltala ahora!
Yo abrí lentamente los ojos, esperando que no sea un sueño. Tiago giró la cabeza y ahí estaban.
Horacio, Simón, Tomy y otros soldados más, parados en la entrada que yo había abierto.
- ¡Ahora imbécil! ¿o acaso ya no hablas español? – gritó Horacio.
Tiago gruñó con fuerza y me soltó, yo caí desplomada al suelo y comencé a toser.
Él se fue contra Horacio y de un empujón lo sacó del laboratorio.
Simón y Tomy me ayudaron a incorporarme, mientras los otros soldados colocaban explosivos en todo el laboratorio.
- Quedan dos vivos – dije.
- Ya no – respondió Tomy.
- Hay cuatro científicos – dije con mucho dolor, intente explicarles donde estaban pero la voz no me salía más.
Aún mareada tomé mis armas y me dirigí a la puerta por donde habían huido.
Ellos me siguieron.
La puerta llevaba a una sala, con una amplia mesa y varios monitores en la pared, que mostraba imágenes de todos los rincones de la casa.
Por lo que se veía, quedaban muy pocos zombis en pie. Sólo los que habían sido contagiados por Tiago.
Al final de la sala estaba otra puerta, fuimos por ahí y nos llevó a un largo y oscuro pasillo.
Nos miramos como buscando el consentimiento de todos para continuar y comenzamos a avanzar corriendo.
Luego de avanzar unos metros, giramos en una esquina y aparecieron los zombis, algunos en pie, otros ya muertos del todo.
A pesar del estrecho tamaño del lugar, entre los tres nos deshicimos de los obstáculos y seguimos camino.
Varios metros más adelante llegamos a otra puerta que tenía una escalera que llevaba arriba.
Subimos y aparecimos en la sala de estar de una casa.
Les hice seña a los chicos para que no hicieran ruidos, ya que se escuchaban voces de otro lado.
Nos paramos detrás de una puerta y escuchamos a un hombre hablando, el mismo loco doctor que había justificado la existencia de los zombis en el laboratorio.
- Al parecer todos los zombis están totalmente muertos, en todo el mundo. Necesitamos encontrar sobrevivientes y suministrarles la vitamina.
- Pero esta vez seamos más listos – dijo una mujer – y los tengamos en diferentes ciudades, así esto no vuelve a pasar.
- Eso seguro – respondió el hombre – tengo suficiente para formar un nuevo grupo de soldados, pero podemos desarrollar más cuando Tiago nos despeje el laboratorio.
- Malditos – murmuró Simón.
Otra vez nos miramos y asentimos, sin decir una palabra los tres sabíamos lo que íbamos a hacer.
Abrimos la puerta de un golpe y ellos se sobresaltaron, a uno se le calló un vaso, la mujer arrojó el libro que estaba leyendo.
Nos miraron sorprendidos, pero no les dimos tiempo a nada.
Simón le disparó a la mujer en la cabeza y luego comenzó a luchar con otro doctor que se había lanzado sobre, haciéndolo perder su arma
El otro se fue contra Tomy y entre forcejeo lo sacó de la habitación, yo estaba por ir a ayudarlo cuando vi que el loco mayor se estaba por escapar.
Corrí en su dirección y lo tomé del cuello cuando se trepaba a una ventana.
Lo hice retroceder y en ese movimiento, estiró su brazo y me cortó el mío con un cuchillo. Voy a reconocer que ese dolor si lo sentí, pero igualmente no me importó.
El se quedó inmovilizado, con el cuchillo en la mano esperando para atacar, pero ambos sabíamos que no era rival para mí, no después de todo lo que yo había vivido.
Se lanzó contra mi con el brazo extendido, intentando darme con el filo, pero de dos golpes lo tiré al piso y me paré sobre él con mis piernas una a cada lado suyo.
El volteó y me miró, yo le apuntaba a la cabeza con mi arma.
- Este es el fin – le dije, el me miraba resignado.
- Para nada – contestó – mientras quede uno de nosotros, esto sigue.
En ese momento Tomy y Simón entraron, ya habían terminado con los otros científicos locos.
Nos miramos y yo terminé mi trabajo de un certero tiro en la frente de aquel lunático.
La verdad hubiera preferido que se lo devoraran los zombis, para que sintiera en carne propia lo maravilloso que era su mundo, pero no teníamos tiempo y no podía arriesgarme a que escapara.
Salimos de la casa, era de campo, situada en un inmenso terreno, rodeada de árboles, flores y grana. Estaba todo muy cuidado, como si el fin del mundo no hubiera pasado por ahí.
- Las bombas van a detonarse en 30 minutos – dijo Simón mirando el reloj en su muñeca - Creo que aquí no nos van a alcanzar las explosiones.
En ese momento mi corazón comenzó a latir a toda prisa, como si quisiera salir de mi pecho y correr, y yo sabía porque.
- Horacio – dije.
- Estoy intentando comunicarme con él, pero no
responde al radio – dijo Tomi mirándonos – debe seguir ahí abajo.
- Voy a volver – dije mientras me dirigía a la casa de nuevo.
- No es una buena idea, no vamos a tener tiempo de ir y regresar – dijo Simón tomándome de la mano.
- Voy a ir sola – le dije soltándome de él - ustedes ya hicieron mucho y además me muevo más rápido si no tengo que cuidarlos.
- Cody – quiso protestar Tomi, yo sólo lo miré, acaricié su rostro y lo abracé.
- Sabes que no puedo dejarlo. Ya cumplí con mi promesa hermanito – le dije sosteniendo su rostro en mis manos y limpiando sus lágrimas – ya tienes un mundo mejor donde vivir.
El me abrazó fuerte, le devolví el gesto, sabiendo que posiblemente esa seria la última vez que nos veríamos.
- Deja de perder el tiempo – dijo Simón, pero igualmente me abrazó – Vuelve con nosotros, me susurró al oído.
- Esa es la idea compañero – le dije con una sonrisa.
Me metí a toda prisa a la casa, tomé unas armas y baje por la escalera que llevaba a los pasillos subterráneos tan rápido que casi me caigo.
Corrí con todas mis fuerzas por el túnel, aparecieron unos zombis, pero solo los esquivé, no quería detenerme por nada.
Mi reloj indicaba que teníamos poco más de 15 minutos para salir.
Llegue a la sala previa al laboratorio y escuché ruidos de cosas rompiéndose, golpes, gruñidos.
Me apresuré a salir y vi a Horacio y a Tiago cubiertos de sangre de los golpes que habían recibido y dado.
A pesar de todo Horacio parecía mas lastimado que Tiago y parecía como que le costaba respirar, e incluso estar de pie.
- ¿Ya tuviste suficiente niña bonita? – gritó Tiago.
Horacio solo escupió un poco de sangre y lo miró, luego levantó más la mirada y me vio a mí.
Tiago también me noto y se echó a reír.
- Descuida – le dijo a H - cuando terminé contigo me encargo de tu novia, así se van juntos al infierno.
Ni bien termino de decir esto Horacio se le lanzó encima y comenzó a golpearlo.
Tiago sólo reía mirándome, como si los golpes de H fueran caricias para él.
- En un segundo estoy contigo amor – me dijo guiñándome un ojo mientras tomaba a Horacio con sus dos manos y lo lanzaba lejos.
En ese momento quedó de espaldas a mí, mientras se dirigía hasta H, que estaba en el piso intentando incorporarse, pero la sangre y el dolor no se lo permitían.
Cuando Tiago estuvo a un paso de él, desenfundé mi arma lentamente, intentando evitar que él lo notara, pero el se volteó, me dio otra sonrisa aterradora y comenzó a venir hacia mí.
- ¿En serio crees que puedes tomarme por sorpresa? - dijo.
Y en el momento en que estaba por tomarme del cuello una bala le perforó la frente, como era más alto que yo, pasó por arriba mío, pero igual no me hubiera importado morir para que el muriera también.
Cuando Tiago calló al suelo, H soltó el arma y se desplomó.
Corrí a su lado y levante su cabeza con mis manos, colocándola en mis piernas.
- Hacemos un buen equipo – dijo casi susurrando y gimiendo de dolor.
- Es verdad – le dije besando su frente – pero tenemos que salir de aquí ahora.
Mire mi reloj y quedaban menos de cinco minutos para que detonaran las bombas.
- No voy a lograrlo – dijo tosiendo – vete y sálvate.
- Estas loco – le dije mientras lo jalaba de un brazo para que se ponga en pie – somos un equipo, y nos salvamos los dos o ninguno.
Comenzamos a caminar hacia los túneles, el paso era lento. Horacio pesaba mucho más que yo.
- Es el ultimo esfuerzo amor – le dije – si salimos de aquí vamos a poder vivir tranquilos y en paz, y juntos.
El solo me miro y sonrió.
Entramos a los túneles y practicante lo estaba arrastrando, entonces escuchamos un estruendo, señal de que la primera bomba se había detonado, con diferencia de 30 segundos se siguieron las explosiones, los túneles temblaban y caían pedazos del techo y las paredes.
Giramos en la esquina y como lo supuse los zombis estaban muertos del todo, ahí me costo más arrastrar a H, porque sus piernas se trababan con los c*******s del suelo.
Avanzamos unos metros más, ya veía la entrada a la escalera, pero fue muy tarde. La explosión nos alcanzó.
Volamos por el aire por el impacto y sentí como si fuego me recorría toda la piel, la garganta y todo mi interior, hasta que todo se puso n***o para mí.