Frederick tomó la mano de Annelise, no quería que ella siguiera escuchando la plática de Heinrich y Christoph, podían ser solo rumores. —Vamos, Annelise —tiró suavemente de su mano para llevarla con él, pero ella no se movía, estaba con los ojos abiertos y llorosos. —Vamos —su voz salió temblorosa, y descaradamente se refugió en los brazos de Frederick, solo quería sentirlo ahí con ella, saber que no estaba sola. —Vamos a casa —la abrazó por los hombros y la acercó a su pecho. —Vamos al bosque… —comentó en un susurro, conteniendo las lágrimas. Caminaron adentrándose en el bosque en un profundo silencio; para ambos era muy difícil caminar, debido a que Annelise seguía abrazada al torso de Frederick y él tenía uno de sus brazos por sus hombros. Pero ninguno quería alejarse. Desde

