Estaba enojado, muy enojado. Se encontró con uno de los hombres de la familia Neumann y lo detuvo de inmediato. —Preparen a todos esos bastardos, se van ésta noche. —¿Cómo dice? —el hombre lo miró como si estuviese viendo a la mismísima muerte. —¿No has escuchado? —elevó la voz—, esos hijos de puta se van hoy. —Pero… —bastó una mirada para que el pobre hombre se echara a correr en dirección contraria. No quería seguir perdiendo el tiempo, quería poner en orden su vida, y si podía hacerlo en una noche, mejor para él. El castillo era ridículamente grande y ostentoso. Tendría que adecuarlo a su gusto, además, sospechaba que podría hacer mucho con todas esas decoraciones ridículas que encontrabas en cada rincón. Abrió cada puerta que se encontró, esperando que en alguna de ellas pudi

