No había podido dormir toda la noche; el llanto de Annelise lo había inquietado. Durante todo ese tiempo en que la escuchó sollozar, había sentido el deseo de traspasar esa cortina y sentarse a su lado para intentar consolarla. Pero era un cobarde, no tenía el valor de enfrentar lo que había hecho; no soportaría verla llorar sabiendo que esas lágrimas, y su sufrimiento eran por su culpa. No podía sentarse a su lado y fingir ser una buena persona, decirle que todo estaría bien; cuando claramente todo era una porquería. Se sentía horrible, no se atrevía a cruzar esa delgada tela que los dividía, porque sabía que lo destruiría la culpa. Vió con tortuosa desesperación el amanecer; no deseaba enfrentarse a ella, no estaba listo. Se sentía terrible, tanto física, como emocionalmente. No querí

