Capítulo 3 "¿Ya no me deseas?"

1554 Palabras
Sacudo el vaso en mi mano, hielo, solo maldito hielo y lo extiendo hacia la chica que baila frente a mí. No me llama la atención su cuerpo plástico, todo en ella es tan superficial y sin gracia que tengo que contener mis ganas de vomitar. —Tráeme algo más de beber, por favor —digo casi a los gritos para que pueda escucharme. Dibuja una sonrisa coqueta sobre sus labios y se va tambaleando sus caderas en busca de otro trago. Conozco a las mujeres de su tipo, sigue trayéndome tragos porque en su mente pasa la posibilidad de que duerma con ella y cuando digo dormir me refiero al simple acto de apoyar la cabeza en la almohada. Esas mujeres tienen la habilidad de hacer que creas en lo que ellas quieren, pasará la noche y con varios tragos encima dirá que pasaste la noche con ella. Para ese entonces estarás tumbado sobre la cama, con suerte, tendrás el bóxer puesto y ella estará sin nada de ropa tumbada a tu lado, con una sonrisa victoriosa sobre los labios. No importa cuanto niegues que no te acostaste con ella, el dueño del lugar te obligará a pagar por esa hermosa siesta que tuviste en su cama y al final te irás a casa con las pelotas llenas de leche. Así, en ese tono tan vulgar, pero real, puedo afirmar que eso es lo más común a suceder por estos sitios. Me entrega mi trago y coloca su escote a la altura de mi visión, un par de siliconas de tamaño extra que tientan a cualquier lujurioso de los que acostumbran a venir a beber. Claro que yo no tengo cabeza para ese tipo de mujeres, me basta tener en casa a la mía, que cada vez que llego con un par de tragos encima me crea una escena. Su justificación es un poco más de lo mismo, que cambié demasiado y que debería de volver a casa a la hora de la cena, como la mayoría de los esposos promedios hacen. Si la situación fuera completamente diferente, yo estaría en mi casa, recostado en la cama, con mi hijo acostado en mis brazos. Al tan solo recordarlo siento deseos de beber hasta que se me olvide el recuerdo de los meses anteriores. Las personas a mi alrededor suelen creer que soy un tipo duro, que no creo sentimientos y que nada de lo que me sucede puede derrumbarme. Puedo decir que antes esas palabras eran verdaderas, pero el corazón de un padre se ablanda, uno se deja caer en la ternura y la ilusión de conocer a un ser que aún no conoce el mundo. No logro entender cuál fue mi pecado, cuál fue el error tan grande que cometí para que la vida me arrebatara el placer de poder ver el rostro de mi hijo sonreír y ni siquiera quise verlo. Cuantas veces quieran pueden llamarme cobarde, pero no tuve la hombría suficiente para ver el cadáver de un recién nacido y me rompí. Sé que mi esposa no quería tener ese niño, esa es una de las razones por la cual no quiero estar a su lado en estos momentos. Por mucho que finge estar en un luto, sé que no estamos en la misma sintonía, no estamos pasando por el mismo dolor. Ella se va con sus amigas al salón de belleza, a gastarse el dinero que yo con tanto esfuerzo me gano y yo me hundo en la depresión saliendo de esa aburrida oficina de tonos grises, en este bar de mala muerte. ... No recuerdo en que momento volví a la casa, ni como llegué hasta la cama; sin embargo, me despierto con la luz entrando por la ventana. Entrecierro los ojos por la molestia y en cuanto me adapto a la luz veo a mi esposa. Una elegante mujer de cuerpo voluptuosa y una cabellera pelirroja natural, aquello fue una de las cosas que a primera vista me cautivaron de ella. Claro que las apariencias engañan, hasta antes de firmar los papeles del casamiento aquella mujer se comportaba como un verdadero ángel, cualquier persona que tiene la desgracia de tratar con ella es abducida a una dimensión paralela. Una en la que ella es una esposa ejemplar y yo, bueno, yo no paso de ser un gilipollas que no sabe valorarla lo suficiente. —Otra noche más que vuelve a repetirse la misma historia, llegas a mitad de la madrugada y ebrio, como si no tuvieras una familia —dice en un tono petulante señalándome con el dedo. —Baja el jodido tono de tu voz, vas a empeorar mi resaca —me quejo sentándome en la cama— Tú te encargas de gastar el dinero en salones de belleza, no te hago ningún tipo de reclamo, déjame gastar el dinero que gano en lo que me venga en gana. —Como cada día tu grosería aumenta —hace una mueca de asco y se sienta a mi lado—Estamos casados, ni siquiera me tocas como antes y de verdad no lo comprendo ¿Ya no sientes deseos por mí después del embarazo? Sus ojos verdes están cristalizados, se monta encima de mí y siento su entrepierna caliente, pidiéndome a gritos que la haga mía. No puedo negar que la simple idea de recordar su cuerpo al desnudo, me tienta, es una de las tantas razones por la cual me casé con ella, pero al recordar sus actitudes cualquier deseo de tocarla se esfuma. La tomo de las muñecas y la lanzo a mi lado en la cama, trato de evitar que se note mi m*****o erecto, tarea imposible cuando solo llevas un bóxer encima. Me mira con una sonrisita traviesa sobre sus labios, la misma que ponía cada vez que me provocaba para que fuera a follarla. —Eso solo significa que me sigues deseando, que sigo surtiendo efecto sobre ti —se pone de rodillas sobre la cama— No sé por qué sigues intentando resistirte a mí. Abre la bata de seda negra que tiene puesta y deja caer una de las tiras del sujetador que tiene puesto, una lencería sexy que hace a mis ojos caer sobre ella. Es por esta razón que dicen que los hombres somos unos cerdos, porque no podemos resistirnos a un par de tetas pomposas que se asoman insinuantes y esperan a ser tocadas. Podría mentir jurando que no estoy a punto de caer rendido, que no me quiero montar encima y arrancarle las bragas con mi boca, pero la realidad es que quiero mucho más que eso. —Vamos a olvidar lo sucedido, puedo darte otro hijo si así lo deseas y vamos a olvidar ese mal momento —dijo en tono suplicante pasando sus manos por mi abdomen. Estas son las actitudes por las cuales me alejé de ella, habla como si nuestro hijo que murió fuera algo insignificante y se pudiera olvidar en cuestión de segundos. Como si solo se tratara de cerrar los ojos y hacer como si eso nunca hubiera sucedido. Lo cual no me parece comprensible en una mujer que llevaba vida en el vientre y que decía amar a su hijo más que a nada. Me alejo de ella y me meto en el baño, cierro la puerta con seguro para que no pueda seguirme y acto seguido me meto bajo el agua fría. Una buena manera de acabar con cualquier tipo de calentura, sin tener que recurrir a otras maneras más denigrantes. Al cabo de aproximadamente media hora salgo de la dicha y me coloco una bata para ir por mi ropa de trabajo, ya no había rastros de mi esposa, justo como esperaba. Me coloqué mi traje n***o y me coloqué perfume suficiente para dejar rastro por donde pase, es una de las cosas que más disfruto, no me gustan las personas que van dejando malos olores a su paso. Cuando estoy a punto de salir de la habitación veo a mi madre, una señora de estatura baja y cabello rubio teñido, que lleva una cara larga de disgusto. Si la miras cuando está molesta puede llegar a confundirse con un bulldog, la conozco lo suficiente para saber que tiene una lista larga y extensa de todas las cosas que quiere reclamarme que según ella está mal en un esposo. Es aliada número uno de mi esposa, la mujer que me tortura por mis actitudes y que se cree dueña de mi vida por haberme dado a luz. —No dejas de decepcionarme, cada día me despierto y me pregunto que le sucedió a mi muchacho —sé próxima y con una revista que toma de quien sabe donde me empieza a golpear en la espalda— ¡No encuentro respuestas para tu rebeldía! —¡Deja de golpearme como si fuera un crío! —gruño. —Dejaré de tratarte como uno cuando dejes de actuar como tal Mael, tienes una esposa que está poniendo de su parte para que las cosas sean mejores para ambos y tú llegas a mitad de la madrugada ebrio, pero no conforme le dices cosas horrorosas —se queja lanzando la revista sobre la cama— Siento vergüenza ajena al escuchar a mi hijo actuando como un vulgar, no la respetas.
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