CAPÍTULO OCHO: LA CANCIÓN DE LAS DIEZ

604 Palabras
—¿Cómo estás? No pregunto qué te tiene tan entretenida, la sonrisa lo dice todo. —Ah, eres algo chismoso ¿no? —No he leído nada —alzó las manos y sonrió de manera graciosa. Amelia apagó el celular y lo guardó en su cartera, luego recibió el vaso de cerveza que le tendía Andes, el mismo donde había tomado, pero vacío, a los segundos le alcanzó la botella de cerveza y la joven se sirvió. Poco, porque no quería hacer un espectáculo. —Tu sonrisa te delata. —Sonrío mucho. —¡Andes! —Bien, bien. Alcancé a leer algo, pero no fue apropósito, estabas con una sonrisa y me dio curiosidad. Lo siento. —Perdonado. —¿No bailas? —No si puedo evitarlo. —Andes soltó una carcajada y Amelia se obligó a no admirarlo. —¿Soy tu Elizabeth? Andes se miró al espejo, soltó un largo suspiro y se esforzó por sonreír. Sería un buen día, no solo por el hecho de que viajaría a su pueblito favorito, sino que tendría una buena compañía, pero el hecho de no haber dormido lo suficiente y de saber que Amelia tenía novio, no le había sentado bien. Pero… ¿Por qué le afectaba? Es decir, no eran ni amigos y él no tenía sentimientos por ella. Solo había sido una atracción al verla, y nadie podía culparlo, era una mujer extraordinaria, ¿Quién no se fijaría en ella? Incluso sus amigos habían comentado lo bonita y graciosa que era. Novio. Por supuesto que lo tenía, las chicas bonitas siempre tienen novio, y ella no sería la excepción. Pero ayer, en un momento de borrachera y algo de lucidez, le había pedido su número de teléfono con la excusa barata de que le caía bien. Sí, ahora tenía su número. Se obligó a dejar de pensar en ella, y concentrarse en la chica con la que tendría una cita hoy. Tomó la pequeña mochila que había alistado y salió de su casa, fue hasta el garaje, sacó la moto y colocó la mochila, se puso los lentes de sol y arrancó en dirección a la casa de ella. Disfrutó del viento golpeando su rostro y despeinarlo, incluso iba riendo, sin saber por qué o tal sí, ir en motocicleta siempre había sido de las maravillas que dios había puesto en su camino, tenía un mal día, solo debía aventurarse y la paz lo embargaba. Amén por haber descubierto un pedazo del paraíso. Cuando llegó a la dirección que Erika le había dado, la vio de pie sosteniendo su bolso con una gran sonrisa, la muchacha sacudió su mano y Andes estacionó. Bajó de la moto y se acercó, era una cabeza más baja que él, unos ojos grandes y un bonito cabello largo. —Eres puntual. —No podía dejarte esperando, eso sería muy maleducado de mi parte —Andes estiró su mano y ella con delicadeza la tomó—. Soy Andes Merino. —Sé quién eres —ella soltó un gritito para después sacar su teléfono y tomarse una foto, Andes perplejo la miró sin comprender—. ¡La subiré a redes y etiquetaré al canal de Katy! —¿Disculpa? —Te vi en el programa, pagué por estar en la aplicación y te encontré, ¿no es maravilloso? —Andes no quería creer lo que escuchaba. —No te estoy entendiendo, Erika. —Ah, ¿ya tienes problemas para escuchar? En la aplicación decía que tenías treinta y seis años, ¿mentiste? —lo acusó y Andes dio un paso hacia atrás. —¿Disculpa?
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