—¿Cómo estás? No pregunto qué te tiene tan entretenida, la sonrisa lo dice todo.
—Ah, eres algo chismoso ¿no?
—No he leído nada —alzó las manos y sonrió de manera graciosa. Amelia apagó el celular y lo guardó en su cartera, luego recibió el vaso de cerveza que le tendía Andes, el mismo donde había tomado, pero vacío, a los segundos le alcanzó la botella de cerveza y la joven se sirvió. Poco, porque no quería hacer un espectáculo.
—Tu sonrisa te delata.
—Sonrío mucho.
—¡Andes!
—Bien, bien. Alcancé a leer algo, pero no fue apropósito, estabas con una sonrisa y me dio curiosidad. Lo siento.
—Perdonado.
—¿No bailas?
—No si puedo evitarlo. —Andes soltó una carcajada y Amelia se obligó a no admirarlo.
—¿Soy tu Elizabeth?
Andes se miró al espejo, soltó un largo suspiro y se esforzó por sonreír. Sería un buen día, no solo por el hecho de que viajaría a su pueblito favorito, sino que tendría una buena compañía, pero el hecho de no haber dormido lo suficiente y de saber que Amelia tenía novio, no le había sentado bien.
Pero…
¿Por qué le afectaba? Es decir, no eran ni amigos y él no tenía sentimientos por ella. Solo había sido una atracción al verla, y nadie podía culparlo, era una mujer extraordinaria, ¿Quién no se fijaría en ella? Incluso sus amigos habían comentado lo bonita y graciosa que era.
Novio.
Por supuesto que lo tenía, las chicas bonitas siempre tienen novio, y ella no sería la excepción. Pero ayer, en un momento de borrachera y algo de lucidez, le había pedido su número de teléfono con la excusa barata de que le caía bien. Sí, ahora tenía su número. Se obligó a dejar de pensar en ella, y concentrarse en la chica con la que tendría una cita hoy.
Tomó la pequeña mochila que había alistado y salió de su casa, fue hasta el garaje, sacó la moto y colocó la mochila, se puso los lentes de sol y arrancó en dirección a la casa de ella. Disfrutó del viento golpeando su rostro y despeinarlo, incluso iba riendo, sin saber por qué o tal sí, ir en motocicleta siempre había sido de las maravillas que dios había puesto en su camino, tenía un mal día, solo debía aventurarse y la paz lo embargaba.
Amén por haber descubierto un pedazo del paraíso.
Cuando llegó a la dirección que Erika le había dado, la vio de pie sosteniendo su bolso con una gran sonrisa, la muchacha sacudió su mano y Andes estacionó. Bajó de la moto y se acercó, era una cabeza más baja que él, unos ojos grandes y un bonito cabello largo.
—Eres puntual.
—No podía dejarte esperando, eso sería muy maleducado de mi parte —Andes estiró su mano y ella con delicadeza la tomó—. Soy Andes Merino.
—Sé quién eres —ella soltó un gritito para después sacar su teléfono y tomarse una foto, Andes perplejo la miró sin comprender—. ¡La subiré a redes y etiquetaré al canal de Katy!
—¿Disculpa?
—Te vi en el programa, pagué por estar en la aplicación y te encontré, ¿no es maravilloso? —Andes no quería creer lo que escuchaba.
—No te estoy entendiendo, Erika.
—Ah, ¿ya tienes problemas para escuchar? En la aplicación decía que tenías treinta y seis años, ¿mentiste? —lo acusó y Andes dio un paso hacia atrás.
—¿Disculpa?