Al despertarme a la habitación llegaron las enfermeras que se encargaban de mi por la mañana. Una de ellas me quitó la transfusión y la otra me sirvió el desayuno, dejándolo en una pequeña mesa blanca.
– ¿Quién viene a recogerte? – preguntó una de las enfermeras, con una sonrisa cariñosa.
– Nadie, no hace falta, puedo irme sola. Vivo a diez minutos de aquí. – respondí de forma simple, al fin y al cabo, ya era mayor de edad.
– La doctora piensa que es mejor que te lleve alguien a casa, por si pasa algo por el camino. Podría sentarte mal el sol. – explicó otra enfermera mientras firmaba unos papeles.
'No debería irse sola.'
– ¿Por qué no? – Las dos intercambiaron miradas.
'¿Qué le pasa ahora?' Admito que estás voces empezaban a resultarme útiles.
– ¿Por qué no qué? – preguntó la otra después de un buen rato.
– ¿Por qué no debería irme sola? – suspiré y crucé los brazos.
'¿Y está cómo sabe lo que pienso?' — se quedó extrañada.
– Pues por que la doctora no piensa que es lo mejor. – respondió una de las enfermeras después de un buen rato de silencio.
'Me da la impresión de que ha acabado aquí a propósito.' suspiró la otra. Quería decir algo, pero al final no me atreví, las dos mientras intercambiaron miradas.
– No os preocupéis, yo la llevaré a casa. – dijo una voz detrás de mi, me giré y sorprendida me quedé mirando a Alex.
– ¿Qué haces aquí? – pregunté sorprendida, mi peor pesadilla a vuelto.
– Vine a recogerte. Me dejaste una llamada a perdida anoche. – explicó con una sonrisa victoriosa, mientras nos dirigimos hacia la salida del hospital, los dos nos quedamos callados.
– Emmmm... ¿Tú eras el número desconocido? – saqué tema, para romper el silencio que me ponía nerviosa.
– Es el móvil del grupo. – respondió mientras empezó a rebuscar en los pantalones las llaves del coche.
– ¿Cómo os enterasteis de que estaba en el hospital? – volví a decir algo para evitar que nos quedaremos los dos en silencio.
– Salió en las noticias regionales. – respondió de forma sosa.
–¿De verdad que sois vampiros? – susurré para que no lo oyeran las demás personas.
– ¿Tenemos que beber sangre para que nos creas? –respondió con una pregunta llena de sarcasmo.
– Ni idea, prueba a ver. – crucé los brazos y empecé a ponerme arrogante.
– Tranquilita, no te consiento que me hables así. – se puso serio y me miró con una mirada fría.
– Puf... – suspiré. – Me voy a casa. – añadí más tarde mientras empecé a dar pasos hacia la parada del autobús más cercana.
– ¡Hey, espera! ¿Adónde vas? – dijo mientras me seguía para evitar perderme de vista.
–A casa. – respondí y me giré hacia él.
– ¿De verdad piensas que es buena idea? – cruzó los brazos y en el rostro le apareció una sonrisa.
– Emmm...claro, ¿Por qué no iba ser buena idea irme a casa? – pregunté de forma tonta.
– Por que si por ejemplo, vas en autobús o vas a pie, vayas donde vayas habrá gente. – comentó la cosa más obvia del mundo.
– Eso es lógico, vivo en una ciudad, tiene que haber gente. – suspiré sin hacerle mucho caso.
– No lo entiendes. – suspiró de forma cansada y con pocas ganas de explicar a que se refería. Me rodeó por detrás y me susurró a la oreja.
– Si sabes leer pensamientos, podrás ver los de la gente que te rodee. Y acabarás justamente aquí. Tendrás una habitación reservada en el hospital. – explicó al final. Me quedé paralizada pensando en lo que acababa de decir. Tenía toda la razón del mundo, si es verdad que consigo ver los pensamientos. Vaya a donde vaya y haya gente puede que me vuelva a sentar como me sentó la otra vez.
– ¿Qué me dices? ¿Dejas que te lleve a casa o prefieres que me quede esperando a que te traigan de nuevo aquí? –
– Esto no es justo. – suspiré lo cual el se tomó como una victoria.
– Vamos, es deprimente estar medio día delante de un hospital. – asentí con la cabeza y los dos nos fuimos al aparcamiento del hospital y juntos.
Alex abrió el coche de color azul fuerte y los dos nos subimos en el. Unos minutos más tarde me di cuenta de que no le había dado la dirección de mi casa.
– Alex, no te he dado la dirección. – el dio un suspiro.
– No necesito tú dirección. – respondió intentando quedarse tranquilo.
– ¿No? ¿Y cómo se supone que me llevarás a casa? – pregunté empezando a ponerme nerviosa.
– Primero, ya te llevé una vez a tú casa, después de que estuvieses esperándome por que Dante pensaba que eras una espía y segundo no te llevo a casa. – gruñó con poca paciencia.
– ¿Disculpa? – parpadee unas cuantas veces. – ¿Adónde me llevas? – pregunté preocupada. Esto lo he visto en noticias... Te subes en el coche de un completo desconocido, te lleva a las afueras, te hace algo y... Y nunca nadie vuelve a saber nada de ti. Seré tonta, empecé a regañarme.
– A la casa del grupo. – Dijo unas palabras que me dejaron más tranquila, pero al mismo tiempo me dejó más alterada.
– ¡No puedes hacer eso! – grité mientras me mordí el labio inferior.
– Ssshhh, no grites, que despiertas a los muertos. – molesto giró bruscamente con el volante del coche.
– Esto es un s*******o. – comenté la situación.
– ¿Y? – preguntó como si fuese algo normal.
– Puedo acusarte de ello. – intenté amenazarle para ver si me llevaba a casa.
– Claro, eso me gustaría verlo. Acusar a un m*****o de un grupo que es vampiro. Seguro que ganas. – di un suspiro y me quedé mirando por la ventana. Mientras el sonreía y se centraba en conducir.