Adrián comenzó a despertarse con la luz del sol que llenaba la habitación. Sin embargo, lo primero que hizo no fue estirarse ni abrir los ojos. Extendió el brazo en busca del calor que adivinaba a su lado. Mientras se tumbaba, su mente se llenó de pensamientos. Los ojos de Isabella eran lo más hermoso que podía imaginar en ese momento. La felicidad lo envolvió por un instante. De repente, Adrián abrió los ojos y se incorporó de golpe. Isabella no estaba allí. Intentó alejar los malos pensamientos. Probablemente, Isabella ya estaría despierta. Aliviado por esa idea, se levantó de la cama para vestirse. Era ridículo pensar que Isabella podría haberse ido. ¿Por qué lo haría después de una noche tan buena? Se dirigió al armario y sacó una camiseta y unos pantalones de chándal. Mientras se

