—¡No puedes huir de mí, amiguito! —gritaba Adrián mientras corría de un lado a otro del gran jardín. La pelota de baloncesto en las manos de su hijo, aunque demasiado grande para él, parecía un objeto familiar del que no se quería desprender. —¡Déjame en paz, viejo! —le espetó Adriano con una sonrisa traviesa. Adrián podría haberle quitado fácilmente el balón a su hijo y encestar, pero era más divertido dejar que el pequeño intentara escapar. Intentó ignorar las palabras de Adriano. ¿De verdad me estoy haciendo viejo? Claro que no. Mira a ese mocoso. Es experto en poner en duda a quien sea, pensó con una sonrisa. En medio de sus pensamientos, la voz airada de Isabella resonó por todo el jardín. —¡Adriano y Adrián! ¡Les dije que se prepararan para esta noche! ¿Qué están haciendo aquí
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