A Macedo no le cabía duda que lo estaban siguiendo, que chuponeaban su celular y que su PC estaba intervenido. Varias veces descubrió, en su computadora, que los archivos estaban movidos, que faltaban carpetas y descubría, en el historial, páginas webs que jamás había visitado. En su celular habían códigos extraños y no pocas veces timbraba un número desconocido o le llegaban mensajes de texto indescifrables o de extraños pedidos. Todo eso le hacía suponer que estaban tras sus pasos, sin embargo eso no le asustaba pues, pensaba, que en el entorno de Ibarra no podía saber dónde ubicarlo, ya que en la Reniec y en todos sus documentos oficiales, falseaba direcciones, hasta nombres o cambiaba constantemente de look en sus fotos, manía que tenía de hacía muchos años, cuando empezó a seguir maridos infieles para que no pudieran dar con él.
Ni remotamente sospechaba que Helena estaba vinculada a Ibarra. Por el contrario, la veía siempre como una mujer dócil, sumisa, incapaz de matar ni a una mosca. Siempre que conversaban, incluso, ella no se interesaba en absoluto de las denuncias del general Zevallos y lo que, a raíz de esas informaciones, había podido ir descubriendo. Se mostraba ante él indiferente hasta ignorante de lo que sucedía en la política en el país.
Pero Helena sí había entrado a su PC y revolvió sus documentos. Logró conseguir su ID a través de inteligencia y pudo navegar en su computadora buen rato, recogiendo la información que podría ser útil, sin embargo, otra costumbre que tenía Macedo era no guardar ningún tipo de información en la ordenadora, no por temor a que pudieran intervenirla sino que pensaba que un virus podría dejarlo en el aire, perdiendo documentos valiosos.
Macedo gustaba más de fotocopiar o guardar las informaciones que recopilaba en un USB. Lo sentía más seguro y al alcance de sus manos. No era amigo de los tablets tampoco, incluso su celular lo usaba solo para llamadas, mensajes de texto a quienes conocía, como Helena y nada más. Casi no navegaba, ni usaba la agenda y menos tomaba fotos a documentos o selfies.
Tampoco le gustaba el f*******:. Su hermana Cinthia le rogaba que le mandara fotos de él, porque sus parientes reclamaban saber de sus andanzas, pero Mauro se hacía el desentendido y no le enviaba nada, ni siquiera fotos en físico.
Tenía, tan solo, un reducido grupo de amigos que solía reunirse los viernes a beber whisky y les contaba emocionado sus éxitos que eran poquísimos. Ellos eran, en su mayoría, promoción cuando estudió derecho y que alargaron la camaradería a través del tiempo. No eran además muy asiduos concurrentes a la oficina de Macedo y casi ni les importaba sus andanzas o casos, lo veían insignificante, perdedor, de pocas ideas, aburrido, tedioso y hasta molesto. Por eso sus amistades eran contadas.
Helena sabía todo eso. Se leía en sus ojos, en su forma de ser, en la manera cómo se desinteresaba de todo, tan fácilmente. No era buen amigo, en realidad. Escapaba de los problemas de otra gente y era malo dando consejos. No congeniaba con sus antiguos camaradas y sus capítulos en el colegio, por ejemplo, y la universidad, estaban cerrados, excepto en algunos casos, cuando bebía whisky en su oficina con aquel selecto grupo que, al menos, escuchaba sus pavoneadas.
Cuando Macedo descubrió que lo estaban acechando recién sintió más preocupación que antes. Un vago temor. En los medios se daban cuenta de extrañas muertes como la de Mamani o Tenemás ciertamente muy allegados a Ibarra, que empezó a tener la certeza que podría seguir la misma suerte, aunque, pensaba, que el presidente y su entorno sabían que muerto Zevallos, no tendrían por qué vincularlo a él. Fatuamente intentaba darse ánimo.
-Creo que quieren matarme-, le confesó esa noche a Helena. Caminaban por Petit Thoars, rumbo a la Javier Prado. Ella le recomendó que se olvidara de todo, quemara la información de Zevallos y siguiera siendo feliz, sin preocupaciones ni temores.
-¿Estás loca?, protestó Macedo, es mi gran oportunidad para el estrellato-
-Entonces, si estás decidido a conseguir fama y gloria, debes estar preparado, también para no tener miedo-, le respondió ella.
Tenía razón.
Esa noche Macedo puso en orden toda la documentación, fotocopió documentos que había recopilado con los familiares de Zevallos e hizo varios files que guardó en un sobre manila y que escondió en su oficina, cada una sobre bajo llave. Así se sintió más seguro. Luego cuando se cepillaba los dientes para irse a dormir, se convenció que debía hablar con Nancy Gutiérrez.
-No le des ningún documento, le aconsejó Helena, ella podría usarlo para su beneficio y te dejaría en el aire-
Macedo ya le tenía devoción e idolatría a Helena. Aceptó su consejo. Solo le diría que tiene buena información y que se la iría dando de a pocos, así, pensó, lograría máxima notoriedad en la prensa.
Dos noches después llamó a Nancy Gutiérrez.
-Mañana voy a su oficina, entre las ocho y las nueve-, le dijo Macedo a la secretaria de la fiscal. Techi de inmediato le escribió al celular de Gutiérrez y ella le reenvió un emoji con una carita feliz.
-Por favor, no nos falle-, le rogó la secretaria, pero Macedo cortó para evitar el chuponeo.
Helena de inmediato llamó a Pérez y el ministro se comunicó con Ibarra. -Dejemos que hable con la fiscal, quiero conocer al fin quién es ese jijuna-, subrayó el mandatario. Ya sabía del consejo que Helena le había dado a Macedo de no revelar, aún, su información y eso lo hacía muy enigmático a todos, más al presidente.
-Lo haremos como dice Helena, pero luego me desapareces a ese tal Macedo-, ordenó y colgó su celular. Se tiró al respaldar de su sillón y sonrió maquiavélicamente.
-Ya está en nuestras manos-