Episodio 19

788 Palabras
Luego de intensas gestiones ante el Poder Judicial, y miles de trabas también, Nancy Gutiérrez y Doris Mejía consiguieron las órdenes para detenciones preliminares de personas implicadas en la corrupción al alto nivel. Desde colusión y tráfico de influencias hasta falsificaciones de documentos, licitaciones fraudulentas y adjudicaciones sin pies ni cabeza. Entre ellos se logró la detención de varios de los inversionistas que obtuvieron pingües ganancias con obras que jamás se realizaron o que quedaron a medio terminar, sobre todo en localidades alejadas de la selva y sierra del país. Los inversionistas, viendo a sus colegas apresados y presentados ante la prensa como delincuentes, ubicaron de urgencia a Ibarra. El presidente recibía una tras otra las llamadas y eso lo mortificaba. -No hagan tanto laberinto que tenemos al Poder Judicial a nuestro lado-, reclamaba furioso. Sin embargo los inversionistas aducían que estar tras las rejas era un desprestigio y una mala experiencia para cualquiera. -Yo te apoyé desde la campaña presidencial, aporté para tu elección así es que debes ayudarme o tendré que cantar-, le advirtió uno de los implicados en las adjudicaciones dolosas. Ibarra se puso iracundo. -No estoy rascándome la panza, yo te voy a sacar de ese enredo-, le prometió. -Creo que ahora sí los tenemos cogidos del cuello-, dijo triunfal Nancy Gutiérrez a su secretaria, pero Techi estaba desconfiada. -Espero que no los libere el nuevo juez adscrito a las carpetas de corrupción-, suspiró con pesimismo. Ibarra convocó a sus ministros Pérez y Méndez y a la ministra de Justicia, Lorena Páucar. -Aquí no hay nada que discutir. Hoy en la noche me sacan a todos esos hombres detenidos. ustedes se han embolsado fuertes sumas de dinero así es que no quiero disculpas ni excusas. Hoy, a la medianoche, quiero a esos hombres en libertad-, les ordenó con ira, golpeando la mesa con indignación. Páucar de inmediato llamó al juez Ponciano Ortíz que estaba a cargo de las carpetas fiscales. -No es un pedido, es una orden de Ibarra-, le dijo clarito, en forma resoluta y con doble acento en todas sus palabras. Ortíz llamó a sus colaboradores, revisaron las carpetas y empezaron a subrayar cualquier deficiencia, por más absurda que sea. Fecha, nombre, apellido, dirección, palabra mal escrita, falta de coma, cualquier falla sería suficiente para anular las órdenes de detención, también firmas dudosas, borrones, magulladuras y por último, hasta carencia de la tilde en cualquier frase. Todos cometieron su cometido. Analizaron con lupa los documentos y las órdenes y fueron encontrando mínimas falencias que, en condiciones normales, no tenían valor alguno. Pero para Ortíz, todo valía. Y esa misma noche, todos los detenidos estaban en libertad, al anulárseles las prisiones preventivas conseguidas por el equipo de fiscales aduciendo absurdas leguleyadas, sin embargo, indiscutibles para la fiscalía. -Salieron todos-, le dijo en forma escueta Techi a la fiscal Gutiérrez. Nancy estrujó con furia la hoja donde estaba pintarrajeando la declaratoria de acusación constitucional que iba a presentar a Ibarra y renegó llena de ira. -¡Malditos!-, ladró haciendo remecer las paredes. Doris Mejía presentó de inmediato una apelación a la decisión del juez, pero su demanda fue devuelta con un sello enorme que decía, escuetamente, "improcedente". -Hemos quedado peor que una zapatilla, le dijo, entonces, Mejía a Gutiérrez, somos el hazmerreír de los trolls en el Twitter y los medios afines a Ibarra se burlan de nuestras detenciones. En el congreso ya han pedido nuestras cabezas- -Bah, añadió Nancy, esas interpelaciones son una pérdida de tiempo, una bomba de humo para que Ibarra siga llevándose el dinero a manos llenas- -Estamos solas en esta lucha sorda-, reconoció Gutiérrez, suspirando dolida. Mejía también tambaleaba en su ánimo por la tremenda zancadilla que les había metido en Poder Judicial. -Son hechos consumados, pruebas irrefutables, sin embargo inventan cualquier argumento, poco sólido para conseguir haciendo de las suyas a vista y paciencia de todo el mundo-, aceptó desganada Mejía. Mejor ánimo, en cambio, tenía Ibarra. Abrió una botella de whisky importado, y lo vació en los vasos de Pérez, Méndez y Paúcar. Reía a carcajadas, pletórico de felicidad. -Bien hecho, muchachos. Le metimos una patada en las cuatro letras a Gutiérrez-, se vanagloriaba Ibarra, meciéndose como un bote a la deriva. -Eso les enseñará quién es el que manda aquí-, insistió. Paúcar sin embargo, no tenía el mismo entusiasmo. -Ortíz pedirá más dinero. No se conformará con pequeñeces-, advirtió. Nada podía arruinar la alegría y satisfacción de Ibarra. Pegó un timbrazo y llamó a su nuevo secretario, Manuel Díaz. -Manolo, separa un buen regalito para nuestros amigos los jueces, hoy se han comportado a gran altura-, dijo Ibarra riendo y colgó. Recién entonces, sus acompañantes estallaron en risotadas y brindaron por el gran éxito conseguido.
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