Capitulo XVIII “Novedad"

1530 Palabras
El señor Rómulo quien finalmente decidió dar a conocer su nombre, murió ayer, fue un día lamentable, creí que no sucedería puesto que la cirugía terminó siendo un éxito. El señor Máximo dice que suele pasar muy seguido esta situación «No todos los cuerpos mecanizados soportan estas operaciones y menos modelos tan antiguos». Eso fue lo que dijo, no pude evitar pensar en su familia y lo injusto que es el hecho de que jamás se volverán a encontrar. Pregunté la causa exacta por la cual el cuerpo del señor Rómulo no soportó y colapsó. El señor Máximo ha confesado que todo depende del tiempo de la tarjeta madre «Algunos androides necesitan más que refacciones físicas, también necesitan ligeros ajusten en sus cerebros». Sigo sin poder entender muy bien este nuevo mundo, donde al parecer todo está almacenado en un cerebro humano que a su vez es artificial, me aterra esa idea porque me hace pensar en mi existencia. «¿Qué tan real soy?». —Hey hermanito ¿Que haces aquí afuera? — Preguntó Alison quien volvía de hacer un mandado. —Rezo a las estrellas — Contesté. Ella me miró extrañada, tomándole un momento decidir si sentarse a mi lado o no. —¿Sigues pensando en el viejo que se murió? — Preguntó sin ningún tacto. —Si — Contesté. —Ahora está en un lugar mejor, seguramente junto a las estrellas — Comentó ella poniéndose de pie para entrar a casa. —Seguro tienes razón — Murmuré con una leve sonrisa. —Número uno, no te quedes tan tarde afuera — Gritó desde adentro de la casa el señor Máximo. —Ya entro señor — Dije parándome de contemplar el cielo para volver a la parte de adentro. Mi estancia aquí ha resultado muy diferente a lo que me esperaba, cuando caí del risco pensé que era mi fin pero ahora pienso en que quiero volver solo para agradecerle a Emtis por su intento de asesinato. Al entrar me dirigí a la mesa para dar inicio a mi última comida del día. —Oye número uno quería preguntarte ¿cuánto tiempo tienes planeado quedarte? — Preguntó el señor máximo tomando asiento a mi lado. —Realmente aún no he pensado cuánto durará mi estadía aquí abajo, supongo que en algún momento vendrán por mi — Respondí mientras tomaba mi sopa. —¿Quieres venir mañana a conocer más miembros de la rebelión? — Preguntó él viéndome fijamente. —No tengo problemas en relacionarme con más de ustedes aunque admito que me sorprende saber que hay más personas involucradas en esto — Contesté mirando sin pestañear los cubiertos que mantenía fuertemente agarrados. El señor Máximo sonrió, supongo que me escuché muy ingenuo. —Entonces hasta mañana — Comentó yéndose del comedor sin previo aviso. —Hasta mañana — Murmuré quedando atrapado con mi reflejo en la sopa. Muchas cosas sucedían en mi cabeza y la pregunta más grande que me comenzaba a hacer era si en verdad todo eso era originario de mí o solo estoy programando para esto. Al día siguiente los gritos de Alison me despertaron de mi profundo sueño. Me senté somnoliento en el sofá que se ha vuelto mi cama, traté de preguntar porqué la pequeña lanzaba cuchillos a la pared pero tenía los cables revueltos. —Buenos días — Dijo ella dándose cuenta de que ya había abierto los ojos. —Buenos días, Alison — Contesté — ¿Qué haces? — Pregunté mientras pasaba mi mano por mi cara rascándome un ojo. —Pues entreno — Contestó como si yo tuviera que saber que ese acto era algo muy cotidiano en esta casa. Me levanté yendo directamente al baño a limpiar mi cara, al salir la zona de guerra que se había vuelto la sala cambió por un ambiente más familiar. —Buenos días, Precious — Dijo la señora Consuelo quien supervisaba que Alison quitara los cuchillos que estaban clavados en la pared. —Buenos días — Respondí con alegría. —Me ha contando mi esposo que hoy irás con él a una de las reuniones de la rebelión — Comentó ella con la mirada en otro lado. —Si — Respondí nervioso. —¡Yo también quiero ir! — Exclamó Alison con entusiasmo. —Aun no eres lo suficientemente grande como para asistir cariño — Respondió la señora Consuelo. Alison solo hizo un puchero sacando con rabia los cuchillos que quedaban en la pared. Me acerqué a la cocina, una vez allí tomé asiento en la pequeña mesa de madera. El señor Máximo salió del cuarto de refacciones con una gran sonrisa. —Espero estés listo, número uno porque la gente muere por conocerte — Dijo en un tono muy alto que denotaba su felicidad. —Aun no me baño — Contesté en voz baja, tartamudeando un poco. —Déjate de bromas, no lo necesitas — Respondió carcajeándose. Bajé la mirada sintiéndome avergonzado. «Seguro él tiene razón, con este cuerpo mi humanidad es limitada». —No quiero dejar a la junta esperando mucho tiempo así que busco algo en el cuarto y nos vamos, número uno — Comentó para luego dar un gran abrazo a la señora Consuelo. —Que feliz anda — Murmuró Alison viéndose amargada. Me levanté de la mesa para esperarlo en la salida, la señora Consuelo me hizo el favor de prepararme un sándwich que carecía de relleno, de todas formas no me importaba. «Tal vez estas ansias de comer son solo programas en mi cabeza». Él señor Máximo volvió a aparecer, despidiéndose de su esposa y de Alison. —Volveremos en un rato — Dijo saliendo de casa. Yo seguí detrás de él, cubriéndome la cara ante el mundo. En el camino, como suele suceder la curiosidad asechó mi conciencia y aunque resistí hacerle preguntas innecesarias al señor Máximo terminé interrogándolo. —Disculpe, señor Máximo. Pero como nuestra caminata ha resultado muy silenciosa no he podido pensar en ¿Exactamente qué hace su familia en la rebelión? ¿Acaso todos tienen un papel importante y si así fuera cuál es el de usted? — Pregunté caminando detrás de él. —Cada día tus preguntas se vuelven más interesantes, número uno — Respondió riendo un poco — Mi familia, más exactamente mi esposa y yo porque Alison aún es muy pequeña para darle un papel en esto de la rebelión — Explicó — Somos investigadores, ese es nuestro campo, hacemos pruebas con androides para entender mejor su forma de coexistir, antes mucho antes, se me había dado la oportunidad de tener un puesto con los guerrilleros, éramos enviados ha asesinar o extraer personas del domo central, pero el miedo a jamás volver a mi casa sucumbió mi mente y decidí volver a mi viejo puesto como un científico, nunca estudié para lo que hago hoy en día — Agregó mientras reía levemente — Pero las circunstancias me han obligado a aprender para comprender un poco mejor este mundo — Terminó por explicar. —Entiendo — Respondí — ¿Qué es lo que buscan conseguir? — Pregunté casi inmediatamente. —Un mundo donde haya menos sufrimiento, queremos que no sea una obligación tener que ser un androide para poder vivir bien, queremos igualdad para todos y por supuesto libertad — Respondió sonando inspirado. Sus palabras hicieron eco en mi cabeza, mi corazón retumbaba sin razón. —¿Por qué aún no lo han logrado? — Pregunté ingenuamente. —Los cambios no suceden de la noche a la mañana, número uno y una revolución tan grande como la que estamos intentando lograr es algo sin duda complicado — Respondió como si se perdiera en sus palabras cada vez que le tocaba responder — Somos la minoría en este nuevo mundo pero nuestros sueños y esperanzas también siguen a flote, por ello seguimos adelante — Agregó. Me quedé en silencio luego de escucharlo, quería repetir unas cuantas veces más sus respuestas en mi cerebro. El señor Máximo me tomó del brazo halándome junto a él para adentrarnos a una tienda de comida china. Me pregunté si iríamos a pedir algo en este lugar con apariencia de mala muerte donde pude fijarme que el mesero que también se trataba del cocinero era un androide, supongo que lo que me hizo llegar a esa conclusión era el ojo robótico que cargaba mal puesto a un costado del rostro. Pero no fue así, nos metimos al baño que por alguna razón tenía una puerta a lo último donde se podía salir. «Que mal construido está este lugar». Al salir de allí un carro muy elegante, totalmente n***o estaba esperándonos, pude deducir eso sin pensarlo mucho, pues mi acompañante se seguía dirigiendo a él. Un hombre con una larga barba salió del auto, vestía con un traje mal arreglado y en su barba se veían las migajas de comida. El señor Máximo me soltó el brazo y fue a estrechar su mano con ese hombre, ambos hablaron por un corto periodo de tiempo y luego Máximo me señaló que me acercara a ellos. Tragué grueso e hice caso a su petición. El hombre me miraba maravillado. —Joue, te presento a número uno.
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