El viento golpeaba la ventana de la casa del profesor, que sentado en el mueble de su sala no podía dejar de pensar en su alumna. Estaba lloviendo fuerte, los rayos eran señal de que no era hora de salir si no de quedarse en casa.
Cam prendió el televisor en busca de un canal que le ayudé a liberar de su mente a Ginebra. Debía hacerlo, no era correcto estar sumido en pensamientos impropios con su alumna, además, ella era mucho menor que él, en caso de una relación no funcionaría porque algún día su amante tendría su edad y él seria más viejo para ella.
Le gustaba el peligro que representaban ambos al tocar sus cuerpos, al hacerse suyos en aquel motel que repetiría mil veces.
《Nada de sentimientos》se repitió una y otra vez buscando una forma de liberarse de la lujuria de sentir una piel de quien fantaseó por mucho tiempo.
En la soledad de su casa miró lo desolada que estaba, lo vacía y lo solo que se encontraba en medio de esa lluvia que cada vez se intensificaba.
Extrañó nuevamente a su mujer, a su esposa que en esos tiempos lo abrazaba con fuerza para acunarse en su regazo. En esa temporada invernadera, ella era su compañía, su calor, su fuego en medio de tanto frío. Ahora Cam podía palpar a flor de piel el sentimiento de estar solo.
La soledad era incómoda, inquietante, perturbadora, triste. Era como dirigirse a un rincón de una habitación abandonada y quedarse allí en posición fetal o con tus piernas pegadas al pecho. Sientes que la oscuridad de tristeza se apodera lentamente de ese vacío que no sabes como llenar.
Cam necesita que lo salven, necesita ser salvado de su pozo de desesperación. Sin embargo, durante esas dos noches lluviosas, le acompañó el fiel recuerdo de un fantasma que no se encontraba a su lado.
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Por otro lado, Ginebra pasaba ese fin de semana con su hermana, su madre, su padre y en especial su hijo. También llovía muchísimo y la muchacha no dejaba de observar aquellas gotas caer por la ventana en donde dormía con su pequeño.
La casa de su hermana era espaciosa, tenía unas tres habitaciones grandes, sala, comedor, lavandería. Lo que le gustaba a Ginebra de visitar a su pariente era la comodidad que esta tenía al dormir en una habitación junto a su hijo.
El pequeño cerró sus ojitos envolviendose entre las sábanas para abrazar a su madre y caer rendido, sin embargo, Ginebra miraba la gran oscuridad del techo sin apartar por un segundo de sus pensamientos a Cam.
Sus besos, sus manos, todo de él le gustaba y eso le asustaba, pensar tanto en un mismo asunto la llevaría a desear otro encuentro.
No podía pensar en Cam, era su profesor y no era correcto, además, habían establecido un contrato donde no se volverían acostar ni mucho menos a pensar en lo que hace un par de noches hicieron en aquel motel.
La sensación de sentir su boca atacando la suya abrumó a Ginebra, por un lado, quería olvidarse de esa noche y por el otro deseaba nuevamente abrirle las piernas y darle paso por una vez más.
Se durmió pensando en el deseo prohibido con su profesor, sumida en una excitación absoluta que solo él podía aliviar.
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A la mañana siguiente, Ginebra se despidió de su hermana con un abrazo regresando conjuntamente con sus padres y su hijo a su casa.
Su hermana estaba pálida, con esa barrigota redonda bastante grande, parecía un globo a punto de explotar. La chica le acarició la barriga hablándole a la pequeña niña que estaba dentro de ese vientre.
—Tú eres la más linda...—sonrió dándole otro abrazo a su pariente. Le pareció extraño que su esposo se hubiese ido tan temprano, no obstante, Ginebra no preguntó nada—. Saludos a Marcus.
Ella asintió.
Asimismo, después de un rato, Ginebra junto a sus patriarcas y hijo llegaron a la casa. No tardó nada en que su mamá comenzara a hacer el aseo, así era ella, le gustaba todo extremadamente limpio. De hecho, la chica creía que su madre estaba obsesionada por la pulcritud de las cosas dentro de la casa.
Miró su celular viendo el último mensaje que la había enviado a Asley.
Ginebra: Me fui a casa de mi hermana, no te preocupes por mi. Allá tengo ropa.
Asley: ¿cómo no preocuparme? pasaste la noche fuera de la casa. Por lo menos podías avisarme.
Blanqueó los ojos, Asley tenía razón, por lo menos podía haber avisado, solo que estaba ocupada follando con su profesor.
Tomó el teléfono para escribirle nuevamente:
Ginebra: Me imagino que estas en la uni... ¿Me perdonas?
Se salió del chat de su amiga para ver el nombre de su profesor. Presionó el contacto y se desplegó el chat de él.
En línea...
Le picaba las manos por escribirle, por decírle algo, por saber si después de haber estado juntos había por lo menos pensado en ella.
Respiró hondo botando el aire lentamente por la boca. Debía limitarse a continuar con un juego demasiado peligroso para ambos.
Ginebra miró a su mamá limpiar en silencio, era obvio que en algo estaba pensando su matriarca, la conocía como la palma de su mano.
—¿Pasa algo mamá?
Suspiró dejando los platos a un lado.
—Creo que tú hermana y Marcus tienen problemas.
—¿Por qué?
—Marcus llegaba tarde, cansado, no se, hay algo extraño. Para mí...—guardó silencio.
—Para mi...—Ginebra continuó la frase.
—Creo que tiene otra mujer.
Ella arrugó las cejas.
—Mamá...
—No sé, no me convence esas reuniones de trabajo.
—Mamá, que se retrase un día no significa nada.
—¿Un día?... más bien varios querida. No sé, una mujer debe dudar cuando su marido le dice que ese quedará en reuniones.
Ginebra guardó silencio con los ojos pelados.
—Sofía... ¿qué dice?
—Por el amor de Dios, esta embarazada, no puedo decirle nada de eso y menos en su último trimestre.
—Y no le comentes nada, no vaya a ser que armes una pelea entre ellos en puras suposiciones.
Ginebra bostezo picando la cebolla para cocinar.
Le vibra el teléfono, dice: Asley.
Asley: claro que te perdono. Me imagino que si faltaste es porque no has regresado. Bueno, ahorita estoy imprimiendo algunas cosas donde el profesor Mendoza.
Ginebra: Ah, si. Acabo de llegar, ya mañana me pondré al día.
La muchacha pasó el día junto a su hijo mirando películas de superhéroes comiendo palomitas de maíz con coca-cola.
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Al día siguiente, el profesor Cam se apresuró por estar en la oficina lo más temprano posible ya que necesitaba corregir algunos exámenes de su grupo nuevo de estudiantes.
Llevaba la misma chaqueta de cuero que hace unas noches atrás Ginebra se la había quitado para desordenar un poco la cama.
Buscó algunos libros que Asley le había pedido prestado de idiomas modernos y que temprano los pasaría buscando por su oficina.
Tocan la puerta.
Los ojos de Cam están enfocados en los exámenes y en las respuestas de los chicos.
—¡Adelante!—dijo.
—Buenos días profesor—Cam levanta la mirada para encontrarse con Ginebra frente a él. Llevaba una camisa roja, con unos pantalones negros, sus labios pintados de un carmesí y su pelo azabache liso y ondulado en las puntas.
—¡Hola!—saludó disimulando una risita por el nerviosismo de tener a su amante allí en su oficina.
—Asley me pidió el favor que le recogiera unos libros.
—Si, son estos—señaló unos tres libros del escritorio. Ginebra se apresuró a tomarlos.
—¿Como has estado?—se atrevió a preguntar el profesor sin dejar de mirarla.
—Bien, ¿ y usted?
—Bien—susurró Cam incómodo por la conversación tan distante después de haber hecho cosas indebidas.
—¿Son solo esos libros?—consultó Ginebra limitándose a mirar a su profesor.
Sin embargo, Cam se levantó de su asiento caminando rumbo a la puerta para cerrarla con seguro.
—¿Que haces?—se alarmó Ginebra al ver aquel hombre fornido pegado a su salida de escape.
—Cierro un poco para tener privacidad.
—¿Privacidad?
Cam ardido en deseo se acercó a la muchacha que ahora estaba temblando como una hoja.
—No deberias de temblar después de lo que hicimos la otra noche.
Ginebra retrocedía lentamente mordiéndose los labios, aferrándo los libros contra su pecho.
—Tenemos un trato profesor. Después de tener una sola noche no hablaríamos más de eso.
—Es verdad... solo que hay un problema—se acercó lamiendo sus labios—. No pude dejar de pensar en ti.
Los ojos de la chica se abrió como platos mientras que su corazón latía desproporcionadamente.
—Me gustas demasiado Ginebra, tanto me gustas que quiero tenerte una vez más—. Dime... ¿tú pensaste en mí?
Ginebra se mordía los labios sin apartar su mirada coqueta de ese profesor.
—Besame Ginebra, bésame.
Esa petición le recordó cuando una vez se lo había pedido con una sonrisita irónica, no obstante, esta vez sus gestos eran de desesperación como si su boca necesitara la de ella.
Bésame...
—¿Quiere que lo bese profesor?—Ginebra se acercó quedando a centímetros de sus labios que querían ser besados con desesperación.
—Si, si quiero—hizo un intento para atrapar esos labios rojos que lo volvían loco más Gin se echó hacia atrás.
—Tenemos un contrato profesor Cam—pegó su nariz junto a la de él.
Él suspiró.
—A la mierda ese contrato, quiero que seas mía otra vez.
Y tomándola por las mejillas atrapó su boca con una pasión incontrolable.
—Dejame ser tu prisionero Ginebra por una ultima vez...
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Los leo...