(POV Gulio) Trato de mantener la compostura, pero mi cerebro se ha rebelado contra mí, proyectando una y otra vez la imagen del cuerpo de Georgi. Es mi culpa, no debí subir. Solo tenía que esperarla y entregarle su paquete, pero no. Que gran error. —¿Le pasa algo, Padre? —me pregunta el conductor del taxi al que acababa de encontrar. —¿C-cómo dice? —respondo con la voz temblando. —No parece estar bien. Tiene la cara enrojecida y está sudando, ¿no prefiere que lo lleve a un hospital? Al tocar mis mejillas, estas no solo estaban sudorosas, tambien calientes, del mismo modo que mi pecho con su agitada y palpitante inquietud. —No se preocupe, he-he estado bajo el sol por mucho tiempo, solo necesito d-descansar. —Si usted lo dice, padre. (...) Cuando entré a mi departamento, apenas y

