La noche en que Mauricio regresó a casa de Camila fue como un oasis en medio del desierto. El abrazo cálido de ella, el beso reconfortante y el té humeante con pan con queso lo envolvieron en una burbuja de normalidad que contrastaba brutalmente con el caos que lo acechaba. Hablaron durante horas, sus voces entrelazándose en planes y especulaciones sobre el futuro, como si pudieran controlar lo que estaba por venir. Pero la tormenta que se avecinaba era más grande de lo que podían imaginar.
Al retirarse a la habitación de Camila, buscaron refugio en la intimidad. Bajo la ducha, el agua caliente se mezcló con sus lágrimas y sus suspiros, mientras hacían el amor con una desesperación que hablaba de miedo y de amor. Sus cuerpos se movían al ritmo de una pasión que parecía querer detener el tiempo, como si supieran, en lo más profundo, que ese momento era frágil, efímero. Después, acurrucados en la cama, se preguntaron en voz baja si todo estaría bien. "Estaremos bien", murmuró Camila, su voz temblorosa pero firme. Mauricio asintió, aunque en su pecho había un peso que no podía nombrar. Esa noche fue el último momento de paz antes de que sus vidas cambiaran para siempre.
Al día siguiente, Camila salió temprano hacia el hospital, fue lo que me informo el investigador. Mauricio se había quedado en la casa de Camila, sumergido en un mar de dudas y preocupaciones. No podía sacudirse la sensación de que algo estaba mal, muy mal. Pero ¿qué podía hacer? ¿Cómo podía protegerla si ni siquiera sabía de qué?
Mientras tanto, yo estaba en mi oficina, observando desde la ventana cómo el sol se escondía detrás de los rascacielos. El plan estaba en marcha, y no había vuelta atrás. Los hombres que había contratado eran profesionales, eficientes. Sabía que no fallarían. Y no fallaron.
Camila salió del hospital esa tarde, cansada pero tranquila. No notó el coche que la seguía, ni los ojos que la observaban desde las sombras. Cuando se acercó a su auto, dos hombres salieron de la nada. Uno la agarró por detrás, tapándole la boca con una mano, mientras el otro le inyectaba algo en el cuello. En cuestión de segundos, Camila cayó inconsciente. La metieron en el maletero del coche y se alejaron rápidamente, dejando atrás solo el eco de sus pasos.
Yo recibí la llamada poco después. -Está hecho-, dijo la voz al otro lado de la línea. Sentí una oleada de satisfacción, pero también algo más: una punzada de algo que no quise reconocer. ¿Culpa? No, no podía ser culpa. Esto era necesario. Era por el bien de Mauricio, por su futuro. No podía permitir que Camila destruyera todo lo que había planeado para él.
El lugar que había preparado para ella era perfecto: una casa abandonada en las afueras de la ciudad, aislada y discreta. Cuando la llevaron allí, la ataron a una silla en el sótano, un espacio frío y húmedo que olía a moho y desesperación. Cuando Camila recuperó la conciencia, sus ojos se encontraron con los míos, y vi el miedo en ellos. Pero también vi algo más: desafío.
-¿Quién eres?-, preguntó, su voz temblorosa pero firme.
Me acerqué a ella, lentamente, disfrutando del momento. -Soy la persona que va a poner las cosas en su lugar-, respondí, mi voz calma pero cargada de autoridad. -Tú no perteneces aquí, Camila. No perteneces a Mauricio. Y voy a asegurarme de que lo entiendas-.
Ella intentó liberarse, pero las cuerdas eran demasiado fuertes. -No tienes derecho a hacer esto-, dijo, su voz temblando de rabia. -Mauricio me ama. Él no te pertenece-.
Sonreí, una sonrisa fría y calculadora. -Mauricio es mi hijo. Y yo sé lo que es mejor para él. Tú eres solo una distracción, una piedra en su camino. Y las piedras se quitan-.
Pasaron las horas, y luego los días. Camila se negó a rendirse. Cada vez que intentaba hablar con ella, me respondía con desafíos, con palabras que intentaban alcanzar mi humanidad. Pero yo no tenía humanidad para ella. Solo tenía un objetivo: separarla de Mauricio para siempre.
Una noche, mientras la observaba desde la esquina del sótano, vi cómo sus manos temblaban, cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero no eran lágrimas de miedo. Eran lágrimas de determinación. -No vas a ganar-, susurró, su voz apenas audible. -Mauricio me encontrará. Y cuando lo haga, tú pagarás por esto-.
Me reí, una risa amarga y sin alegría. -Nadie te encontrará, Camila. Y Mauricio... Mauricio ya no te querrá cuando sepa la verdad-.
Pero en lo más profundo de mi ser, había una duda que no quería reconocer. ¿Y si estaba equivocado? ¿Y si Mauricio elegía a Camila a pesar de todo? El pensamiento me atormentaba, pero lo empujé hacia un rincón oscuro de mi mente. No podía permitirme dudar.
Los días se convirtieron en semanas, y Camila seguía allí, resistente, desafiante. Cada vez que la miraba, veía algo en sus ojos que me inquietaba: esperanza. Era una esperanza frágil, pero real. Y esa esperanza me recordaba que, a pesar de todo lo que había hecho, aún no había ganado.
Esa noche, mientras estaba sentado en mi oficina, el teléfono sonó. Era Mauricio. Su voz sonaba desesperada, rota. -Mamá, Camila que le hiciste a Camila, ha desaparecido. Dime maldita sea. No sé qué hacer. Por favor, Dime-.
Sentí un nudo en el estómago. ¿Cómo podía salir de esta sin delatarme? -Mauricio, hijo, no sé qué decir. Pero estoy segura de que aparecerá. Tal vez solo necesita espacio-.
-No, mamá-, dijo, su voz temblorosa. -Algo está mal. Lo siento en mis huesos. Necesito encontrarla-.
Colgué el teléfono, mi corazón latiendo con fuerza. ¿Qué había hecho? ¿Qué estaba haciendo? Las preguntas giraban en mi cabeza como un torbellino, pero las empujé hacia abajo, hacia ese rincón oscuro donde no podían hacerme daño.
Camila seguía allí, en el sótano, esperando. Y yo seguía aquí, en mi oficina, preguntándome si todo esto valía la pena. Pero no había vuelta atrás. El plan estaba en marcha, y yo tenía que verlo hasta el final.
Aunque, en lo más profundo de mi ser, sabía que este no era el final. Era solo el principio.