Mauricio busca refugio en casa de Camila después de una conversación con Javier. Camila lo recibe con cariño y le ofrece té y pan con queso. Juntos, planean y especulan sobre el futuro, aunque desconocen la tormenta que se avecina. Al retirarse a la habitación, comparten un momento íntimo.
MAURICIO POV.
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Regresé a casa de Camila después de hablar con Javier, sin tener ni la más remota idea de lo que mi madre estaba tramando. El apartamento de Camila era mi refugio, mi lugar seguro en medio del caos que parecía rodearnos.
Al abrir la puerta, fui recibido con un abrazo cálido y un beso que me reconfortó al instante. Camila siempre tenía esa manera de hacer que todo pareciera mejor, aunque solo fuera por un momento.
—Te preparé té y pan con queso —dijo, señalando la mesa del comedor. Su voz era suave, como un susurro que prometía calma.
Me senté y tomé la taza caliente entre mis manos, sintiendo cómo el calor se extendía por mis dedos entumecidos. Camila se sentó frente a mí, su mirada fija en la mía, como si intentara leer mis pensamientos.
—¿Qué te dijo Javier? —preguntó, rompiendo el silencio que se había formado entre nosotros.
Suspiré antes de responder, sabiendo que no había manera de endulzar las cosas.
—Lo mismo de siempre: que tengamos cuidado, que no confiemos en nadie —respondí, llevándome el té a los labios. El sabor amargo me recordó lo amarga que se había vuelto nuestra realidad.
Camila asintió, como si ya lo hubiera esperado.
—Sabes que no importa lo que pase, estamos juntos en esto —dijo, tomando mi mano sobre la mesa. Sus dedos se entrelazaron con los míos, y sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Era una promesa, un recordatorio de que no estaba solo, aunque a veces me sintiera así.
Hablamos durante horas, planeando, especulando, intentando adivinar qué vendría después. Pero la verdad era que ninguno de los dos tenía idea de lo que se avecinaba. La tormenta que mi madre estaba preparando era más grande de lo que podíamos imaginar, y estábamos demasiado ocupados intentando mantener a flote nuestro pequeño mundo para notar las nubes que se acumulaban en el horizonte.
Cuando el cansancio comenzó a pesar sobre nosotros, nos retiramos a la habitación de Camila. Era un espacio que siempre me había parecido mágico: las paredes pintadas en tonos pastel, las sábanas de algodón que parecían abrazarte al tocarlas, y la vista de la ciudad que se extendía más allá de las ventanas como un lienzo de luces y sombras. Era un refugio dentro de otro refugio, un lugar donde el mundo exterior parecía no existir. Camila se despojó de su ropa sin ningún tipo de pudor, su cuerpo desnudo bajo la luz suave de la lámpara de mesa. Su piel era perfecta, como si hubiera sido tallada por un artista obsesionado con la belleza. Se dirigió al baño, el sonido de la ducha encendiéndose me llegó como una invitación silenciosa. No lo pensé dos veces antes de seguirla.
El vapor llenó el baño rápidamente, envolviéndonos en una nube cálida y húmeda. Camila estaba de espaldas a mí, el agua resbalando por su cuerpo como si fuera una segunda piel. Me acerqué por detrás, mis manos deslizándose sobre su cintura, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos.
—Ven aquí —murmuró, su voz ronca por el calor y la anticipación. No necesité más invitación. La presioné contra la pared de la ducha, mi cuerpo pegado al suyo, sintiendo cómo su respiración se aceleraba.
Sus labios buscaron los míos en un beso desesperado, como si supiéramos que este momento era frágil, que podía desvanecerse en cualquier instante. Mis manos se movieron con urgencia, explorando cada curva de su cuerpo, cada rincón que conocía tan bien y que, sin embargo, siempre me sorprendía.
La levanté, apoyando sus piernas alrededor de mi cintura, y la penetré de una sola estocada. Un gemido escapó de su boca, mezclándose con el sonido del agua que caía sobre nosotros. Era como si el mundo se hubiera detenido, como si solo existiéramos ella y yo en ese pequeño espacio lleno de vapor y deseo.
Me moví dentro de ella con un ritmo frenético, sintiendo cómo su cuerpo respondía al mío, cómo sus músculos se tensaban y relajaban al compás de nuestros movimientos.
Camila se aferró a mí, sus uñas clavándose en mi espalda, su respiración entrecortada en mi oído.
—Mauricio… —susurró, su voz quebrándose en un gemido. —No pares, por favor.
No tenía intención de hacerlo. Cada embestida era más profunda que la anterior, cada movimiento nos llevaba más cerca del borde. Y cuando finalmente caímos, fue como si el mundo entero explotara a nuestro alrededor. Me vacié dentro de ella, una y otra vez, sintiendo cómo mi cuerpo temblaba sin control. Camila se aferró a mí con fuerza, su rostro enterrado en mi cuello, su respiración caliente en mi piel. Nos quedamos así durante largos minutos, el agua de la ducha lavando el sudor de nuestros cuerpos, pero no la intensidad de lo que acabábamos de compartir.
—Te amo —murmuré, besando la curva de su hombro. Ella se giró para mirarme, sus ojos brillando con una mezcla de amor y algo que no pude identificar del todo.
—Yo también te amo —respondió, su voz suave pero firme. —No importa lo que pase, siempre serás mi refugio.