Camila está atrapada en un sótano oscuro y húmedo, donde el tiempo parece haberse detenido. Su única compañía son sus pensamientos y el miedo. Una mujer misteriosa le propone abandonar a Mauricio, amenazándola con hacerle daño a ella y a su hijo.
CAMILA...
El sótano era un lugar frío y húmedo, donde el tiempo parecía haberse detenido. Las paredes de concreto, manchadas por la humedad, cerraban sobre mí como una tumba. No había ventanas, solo una bombilla desnuda que colgaba del techo, parpadeando de vez en cuando, como si se burlara de mi desesperación. Llevaba días allí, aunque ya no podía estar segura. El tiempo se había convertido en un enemigo esquivo, escapando entre mis dedos como arena. Lo único que me mantenía cuerda era el latido constante de mi corazón y el pequeño ser que crecía dentro de mí.
Me senté en el colchón sucio, abrazando mis rodillas contra mi pecho. La oscuridad era mi compañera constante, pero no era lo que más me aterrorizaba. Eran los pensamientos, esos intrusos implacables que se colaban en mi mente, pintando escenarios que me helaban la sangre. Veía a Mauricio, su rostro desfigurado por el dolor, sus ojos buscándome en la multitud, sin saber que yo estaba atrapada en este infierno. Veía a mi bebé, pequeño e indefenso, creciendo en un mundo que ya lo rechazaba. Y veía a ella, la mujer que me había arrebatado todo, su sonrisa fría y calculadora, como si disfrutara de mi sufrimiento.
—¿Por qué? —murmuré para mí misma, mi voz temblorosa resonando en el silencio. ¿Por qué ella quería que abandonara a Mauricio? ¿Qué había hecho yo para merecer esto? Las preguntas giraban en mi cabeza como un torbellino, sin respuestas, solo más miedo.
La puerta del sótano chirrió, y mi corazón se aceleró. Me levanté lentamente, tratando de mantener la compostura, aunque mis manos temblaban. La mujer entró, su figura alta y esbelta recortada contra la luz del pasillo. Llevaba un vestido elegante, como si hubiera salido de una reunión social, no de un secuestro. Su cabello gris, peinado con perfección, caía sobre sus hombros, y sus ojos, fríos como el acero, me observaron con una mezcla de desdén y satisfacción.
—Camila —dijo, su voz suave pero firme—, ¿has pensado en mi propuesta?
Tragué saliva, tratando de encontrar las palabras adecuadas. No podía mostrarle mi miedo, no podía darle esa satisfacción. —No voy a dejar a Mauricio —respondí, mi voz más firme de lo que esperaba.
Ella sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —Eres terca, te lo concedo. Pero ¿y si te digo que esto no es solo por él? ¿Y si te digo que estás poniendo en peligro a tu propio hijo?
Mi corazón se detuvo por un momento. ¿Cómo sabía de mi embarazo? ¿Había estado espiándome? ¿O era solo una táctica para manipularme? —No sé de qué estás hablando —mentí, aunque mi voz temblaba.
Ella se acercó, sus pasos lentos y deliberados. —No finjas, Camila. Sé que estás embarazada. Y sé que Mauricio es el padre.
El mundo pareció girar a mi alrededor. ¿Cómo podía saberlo? ¿Quién le había dicho? —Eso no es cierto —dije, aunque mi voz sonaba hueca, incluso para mí misma. Ella se rió, un sonido frío y sin alegría.
—No mientas, Camila. Lo sé todo. Y sé que si no dejas a Mauricio, haré que pagues el precio más caro que una mujer puede pagar.
Me sentí mareada, como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies. ¿Cómo podía saberlo? ¿Quién le había dicho? Las preguntas giraban en mi cabeza, pero no había tiempo para responderlas. La mujer se acercó más, su rostro ahora a pocos centímetros del mío.
—Tienes una semana —dijo, su aliento cálido en mi cara—. Una semana para dejar a Mauricio y desaparecer. Si no lo haces, juro que haré que te arrepientas de haber nacido.
Y con eso, se dio la vuelta y salió del sótano, dejándome sola con mis pensamientos y mi miedo. Me senté de nuevo en el colchón, abrazando mis rodillas contra mi pecho. Las lágrimas que había contenido durante tanto tiempo finalmente brotaron, calientes y saladas, deslizándose por mis mejillas.
¿Qué iba a hacer? ¿Cómo podía salir de esto? La mujer tenía poder, conexiones, y estaba claro que no se detendría ante nada para lograr su objetivo. Y ahora, con mi embarazo en juego, las apuestas eran aún más altas.
Pensé en Mauricio, en su sonrisa, en la forma en que me abrazaba como si fuera su razón para vivir. ¿Cómo podía abandonarlo? ¿Cómo podía romperle el corazón de esa manera? Pero también pensé en mi bebé, en la pequeña vida que crecía dentro de mí, y supe que no podía arriesgarme a perderlo.
Las horas pasaron, o tal vez fueron días, no lo sé. Perdí la noción del tiempo, sumida en mis pensamientos y mi desesperación. Pero en medio de la oscuridad, una chispa de determinación comenzó a arder en mi interior. No podía dejar que ella ganara. No podía permitir que destruyera mi vida y la de mi bebé.
Tenía que encontrar una manera de salir de allí. Tenía que encontrar una manera de luchar.
Con manos temblorosas, comencé a inspeccionar el sótano, buscando cualquier cosa que pudiera usar a mi favor. No había mucho: una vieja manta, una botella de agua medio vacía y una caja de cartón en la esquina. Abrí la caja, y dentro encontré un viejo destornillador, oxidado y sucio, pero aún funcional.
Lo tomé con fuerza, sintiendo su peso en mi mano. No era mucho, pero era algo. Y en ese momento, algo era mejor que nada.
La puerta del sótano chirrió de nuevo, y mi corazón se aceleró. Me escondí detrás de la caja, aguantando la respiración, mientras la madre de Mauricio, si porque ya me enteré que es ella la que me tenía en encerrada entraba con una bandeja de comida. La observé, estudiando sus movimientos, buscando cualquier signo de debilidad, cualquier oportunidad para actuar.
Colocó la bandeja en el suelo y se dio la vuelta para salir, pero antes de que pudiera hacerlo, me lancé sobre ella, el destornillador en alto.
—¡No! —gritó, sus ojos ampliándose de sorpresa.
Pero ya era demasiado tarde. Con un movimiento rápido, la apuñalé en el brazo, y ella gritó de dolor, soltando la bandeja. La comida se esparció por el suelo, pero no me importó. Lo único que importaba era escapar.
La madre de Mauricio se tambaleó hacia atrás, sosteniendo su brazo herido, pero no se rindió. Con un gruñido de rabia, se abalanzó sobre mí, sus uñas arañando mi rostro.
Luchamos, nuestras manos y cuerpos entrelazados en una danza desesperada. La mujer era fuerte, más fuerte de lo que esperaba, pero yo estaba impulsada por una fuerza que no sabía que tenía: la fuerza de una madre protegiendo a su hijo.
Finalmente, logré empujarla hacia atrás, y ella cayó al suelo, jadeando de dolor. Sin perder tiempo, corrí hacia la puerta, pero antes de que pudiera abrirla, ella se abalanzó sobre mí de nuevo, sus manos agarrando mi pierna.
Caí al suelo, el destornillador volando de mi mano. La mujer se arrastró hacia mí, su rostro distorsionado por la rabia, pero en ese momento, vi algo en sus ojos que no esperaba: miedo.
No era solo miedo por su vida, sino miedo por lo que había hecho. Miedo por las consecuencias de sus acciones.
Y en ese instante, supe que tenía que aprovechar ese miedo.
—¡Para! —grité, mi voz ronca y desesperada—. ¡No tienes que hacer esto! ¡Puedes detenerte!
Ella se congeló, sus manos aún agarrando mi pierna, pero su agarre se aflojó. Por un momento, nos quedamos allí, respirando con dificultad, nuestras miradas entrelazadas.
Y entonces, algo cambió. La rabia en sus ojos se desvaneció, reemplazada por una expresión de dolor y arrepentimiento. —Lo siento —murmuró, su voz apenas audible—. Lo siento tanto. No sabía qué decir, qué hacer. La mujer que me había secuestrado, que me había torturado, ahora estaba pidiendo perdón. No sabía ni que creer.
Pero no había tiempo para preguntas, no había tiempo para respuestas. Con un último esfuerzo, me liberé de su agarre y corrí hacia la puerta, abriéndola de un tirón.
La luz del día me cegó por un momento, pero no me detuve. Corrí, corrí como nunca antes, mis pies descalzos golpeando el suelo, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho.
No sabía adónde iba, no sabía qué me esperaba, pero sabía que tenía que seguir corriendo. Tenía que seguir luchando.
Porque ahora, no solo era por mí. Era por mi bebé, por la pequeña vida que crecía dentro de mí. Y por Mauricio, el hombre que amaba, el hombre que me había dado la fuerza para seguir adelante.
El futuro era incierto, lleno de preguntas sin respuesta y miedos desconocidos. Pero mientras corría, mientras sentía el viento en mi rostro y el sol en mi piel, supe que no importaba lo que sucediera. Porque estaba viva.
Y mientras estuviera viva, había esperanza.
Pero por ahora tenianqhe alejarme de tanta maldad y tenía que decidir entre amar y al amor de madre que crecía en mi. Un amor que despertó en el momento que ví la prueba en sangre que dió positivo. Un amor que crece y crece y más aún después de que ví a ese pequeño punto en la pantalla.
Voy a ser mamá y no voy a estar mas sola después de todo.
Llegó a mi apartamento, está solo. Tomo todo lo que puedo de el y a mí riri la meto en su bolsito de viaje, me tomo un tiempo para escribir una carta de despedida. No quiero irme sin despedirme del amor de mi vida, en esa carta le expreso cuánto lo amo, le pido perdón por no quedarme a luchar, le digo que se me acabaron las fuerzas y que tengo un motivo muy grande para hacerlo.
Ni sé si el lo entenderá, si me odiara después de esto, pero tengo que escapar de tanto odio.