NARRADOR
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Camila se recostó en el sofá, acariciando su panza que sobresalía como un pequeño mundo esperando nacer. La luz de la tarde se filtraba a través de las cortinas, dibujando figuras doradas en el suelo de madera. Habían pasado seis meses desde que dejó todo atrás, desde que dejó Boston y, con él, su vida anterior. Un nuevo capítulo había comenzado en su vida, uno lleno de promesas y expectativas. Pero los ecos del pasado aún resonaban en su mente.
Era una mañana de invierno en Vancouver. El frío era un recordatorio constante de cuán lejos estaba de casa, de cuán sola se sentía a pesar de estar rodeada de gente. Natasha, su jefa y amiga, siempre había estado ahí, apoyándola en toda su locura, pero incluso su compañía no podía llenar el vacío que dejó Mauricio, el amor de su vida. Camila suspiró, recordando la emoción que había sentido al enterarse de que iba a tener un hijo. Era un niño. Un pequeño que llegaría para iluminar sus días oscuros.
Desde que supo que estaba embarazada quiso darle la gran noticia a Mauricio, pero ese desafortunado evento no la dejo compartir su alegría, la noticia de que un pequeño ser crecía dentro de ella y que ese pequeño ser seria un pedacito de Mauricio y de ella, había escrito innumerables correos a Mauricio por recomendación de Natasha. En cada uno de ellos, intentaba poner en palabras lo que sentía; la felicidad, el miedo y la soledad que la embargaba. Adjunto a cada mensaje había enviado fotos del ultrasonido, esos pequeños giros y saltos que confirmaban que dentro de ella se gestaba una nueva vida. Pero nunca obtuvo respuesta. La ausencia de sus palabras se convirtió en un eco ensordecedor que la acompañaba día y noche.
El recuerdo de su relación regresaba en momentos inesperados, como una sombra. Ella y Mauricio habían sido felices en Costa Rica, entre risas y paseos por la playa. Su primera vez con Mauricio, ese viaje de negocios marco sus caminos. Pero ese verano, la madre de él había sido la tormenta que arrasó con todo. La amenaza de la señora Bustamante fue contundente: -Si realmente lo amas, déjalo-. Y, en su desesperación, Camila había obedecido, rompiendo el lazo que los mantenía unidos. ¿Acaso si había sido un error? Su corazón le decía que sí, que no debía haberle permitido a nadie separarlos.
Ahora, mientras esperaba su bebé, el dolor de esa decisión crecía. Cada vez que soñaba con Mauricio, se despertaba con las lágrimas derramándose por sus mejillas. A veces eran sueños felices, donde se reencontraban, pero otras veces eran pesadillas donde revivía el momento en que fue secuestrada por la madre de él, la mujer que había arruinado su vida. Las noches se volvían interminables, y el insomnio se convertía en su único compañero.
A pesar de la tristeza, Camila seguía adelante. Había tomado una decisión importante: comprar una casa. No solo cualquier casa, sino un hogar que pudiera compartir con su hijo. En el corazón de la ciudad, encontró una hermosa propiedad con un gran jardín y una piscina que prometía tardes de juegos bajo el sol. La casa tenía cuatro habitaciones y cuatro baños y medio, y también una pequeña casa de huéspedes que podría servir para recibir a amigos o familiares. Era un sueño hecho realidad, algo que anhelaba desde que sus padres se habían ido.
—¿Te imaginas, pequeño? —le hablaba a su vientre—. Aquí correrás y jugarás en el jardín. Tendremos tantas aventuras juntos.
La felicidad se mezclaba con el dolor en su corazón. Era un bolero de emociones, donde las notas alegres se entrelazaban con acordes tristes. Cada vez que miraba hacia el futuro, había un resquicio de esperanza; un niño que crecería en un hogar lleno de amor, pero siempre con la sombra de un amor perdido.
Una tarde, mientras le daba los últimos toques a la decoración de la habitación del bebé, el sonido de un correo electrónico hizo eco en su computadora. Con una mezcla de ansiedad y esperanza, se acercó a la pantalla. Tenía que ser un mensaje de Mauricio. Tal vez, después de todo, él había estado pensando en ella también. Su corazón latía con fuerza mientras habría el correo.
El remitente era desconocido, pero el título decía: -Noticia importante-. Frunció el ceño mientras le daba clic. La pantalla se llenó de palabras que le provocaron un nudo en la garganta. Era un correo donde se le anunciaba, estaban informándole sobre el matrimonio de Mauricio con su prometida, el hombre se iba a casar con la bruja esa. El mundo sé detuvo. El amor de su vida, siempre sí, se iba a casar con su prometida.
En las noticias se celebraba y se mencionaba que Mauricio se mostraba como enamorado de la novia, se mostraba fotos de los dos comprando, fotos del compromiso y además ahí se veía a su madre de Mauricio culpable. El corazón de Camila se partió en mil pedazos. En su mente, los recuerdos de su amor comenzaron a fluir, vidas compartidas, promesas susurradas junto al mar, pero también la incertidumbre de su destino. ¿Cómo había podido olvidarla? ¿Cómo había podido dejar que su madre lo separara de ella?
Después de unos días de reflexión, tomó una decisión impulsada por el amor y la responsabilidad. Se armó de valor y decidió escribirle una carta a Mauricio, una carta que iba más allá del correo electrónico. En ella, le contaba sobre su embarazo, sobre el pequeño que estaba por llegar, y cómo siempre había llevado su recuerdo en su corazón. Le habló de la casa que había comprado y de la vida que quería ofrecerle al niño.
Con lágrimas en los ojos, presionó enviar. La incertidumbre la invadía, pero había hecho lo que su corazón le dictaba. Pasaron días sin respuesta, pero Camila no perdió la esperanza. Sabía que, de alguna manera, su amor debía prevalecer.
Una mañana, mientras el sol brillaba en su nuevo jardín, mientras enviaba el último correo que enviaría, además de la carta que enviaría en físico
El tiempo se detuvo. Las lágrimas brotaron de sus ojos. En ese instante, Ella sabía que la historia entre ellos no había terminado. La vida había tomado rumbos inesperados, pero el amor siempre encuentra el camino de regreso. Su corazón se llenó de una ilusión renovada mientras sonreía ante la posibilidad de un reencuentro, de cerrar heridas y abrir nuevas puertas.
Y así, con la esperanza renacida siempre desde que llego a Canadá con gente que la quieren y que la rodean a ella y a su bebe en el vientre, no suelo de harcelo solo porque menos ver una nueva vida por venir, Camila se preparó para el futuro.