CAMILA
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No sé cuánto tiempo ha pasado desde que dejé Boston. El aire frío de la mañana canadienses besa mis mejillas mientras me aferro a la tarjeta de Natasha, como si con ello pudiera sostener mi futuro. En el último acto de desesperación, llamé sin dudarlo, buscando una salida, un nuevo comienzo. La voz de Natasha al otro lado me dio la fuerza que necesitaba, su tono era cálido, pero yo sabía que había intriga, curiosidad por lo que había dejado atrás.
Cuando llegué a Canadá, el cielo se presentó gris, pero en mí había una luz que comenzaba a brillar. Me sentía viva, libre. Cada paso que daba se alejaba del terror que había vivido. La imagen de Mauricio se desvanecía lentamente mientras las posibilidades de mi nuevo trabajo se hacían más nítidas. Nunca había soñado con esta oportunidad; Natasha parecía ser la clave para abrir las puertas que siempre quise cruzar.
En la oficina, el ambiente era profesional, vibrante. Natasha me recibió con una sonrisa radiante y la promesa de un futuro brillante. Nos sentamos en su despacho, rodeadas de ventanas que dejaban entrar la luz del sol, todo lo contrario a la penumbra de mi antiguo hogar. “Estoy aquí para ayudarte”, dijo. Su mirada era intensa y sabía que estaba lista para escuchar mi historia cuando yo decidiera compartirla.
Pero el peso de mi pasado aún me envolvía. Mis días transcurrían entre reuniones y proyectos, pero en las noches, los recuerdos volvían como ecos, mejor dicho como pesadillas. Lo peor fue cuando obtuve noticias de Mauricio. A través de las r************* , vi su desesperación en publicaciones melancólicas. Me rompí un poco al ver cómo luchaba y se ahogaba en el alcohol. Pero eso también me recordó que no podía mirar hacia atrás, que debía seguir adelante. Él no me creería, ni siquiera sabía todo lo que había ocurrido. De alguna manera, su dolor se entrelazaba con el mío.
MAURICIO
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El eco de mis pasos resonaba en el pasillo oscuro de nuestra casa. Camila no estaba allí y cada sombra me susurraba que la había perdido. Me senté en el sofá, aferrando el teléfono como si fuera un salvavidas, pero cada llamada realizada solo me hacía sentir más impotente. La búsqueda había sido infructuosa; día tras día, recorría cada rincón de la ciudad, preguntando, rogando, sin rastro de ella. La ausencia de su risa se instauraba como un grillete en mi pecho.
Bebí a lo largo de varias noches, tratando de ahogar la culpa en cada sorbo. Mi madre insistía en que no podía culparme, que la desaparición de Camila no era mi culpa, pero no podía evitar pensar que había algo más. La sombra de su secuestro me seguía, una oscura posibilidad que pesaba en mi mente. Necesitaba respuestas y la única que podía dármelas se encontraba muy lejos.
Si tan solo supiera dónde estaba... Pensaba en Natasha, aquella mujer de negocios que una vez conoció a mi mujer. La imagen de Camila relacionándose con ella me hacía hervir de celos y preocupación. ¿Podría haberse ido con ella? En mis momentos de lucidez, intentaba sacar de mi mente la idea de que mi propia madre tenía la culpa, de que hoy Camila no estuviera conmigo, tenía pesadillas y en mis sueños siempre estaba ella y Camila. Mi sueño era como una visión de la noche en que mi madre la forzó a una situación desesperante. Los gritos, el miedo en los ojos de Camila. Me culpaba a mí mismo, incluso me cuestionaba si había sido un cómplice involuntario de su sufrimiento.
Los días pasaban, pero cada amanecer se sentía idéntico. Sin nuevas pistas y con mi corazón destrozado, algún día debía hacer lo correcto y dejar ir esas dudas. Pero, ¿cómo podría hacerlo cuando cada momento se llenaba de su recuerdo?
*CAMILA
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Con el paso de las semanas, Natasha se convirtió en más que solo una jefa; se convirtió en una amiga. Me animó a compartir mis ideas, mis inquietudes, y me ayudó a reconstruir mi autoestima. Pero, a medida que mi vida profesional florecía, la angustia en mi pecho no se disipaba completamente. Sabía que tenía que encontrar el valor para enfrentar mi pasado, que debía confesarle a Natasha lo que había sucedido y por qué había llegado a Canadá de manera tan abrupta.
El día que finalmente decidí abrirme fue el día que todo cambió. En un descanso durante el trabajo, le conté sobre Mauricio y su madre, le cuente sobre mi embarazo y de como empezó toda mi relación con Mauricio en costa rica, le conté sobre el terror que había experimentado. Natasha escuchó, con empatía y una mirada comprensiva. Al terminar, me miró y dijo: -Camila, no te sientas culpable por buscar tu futuro para ti y la criatura que está creciendo en tu vientre. Tienes derecho a ser feliz-. Solo te pido algo, no quiero que un futuro te vayas a arrepentir, cuéntale a Mauricio de una forma u otra de tu embarazo, hazle saber que lo amas y que estás embarazada de él. Él entenderá que no es el momento de estar juntos, que primero está la vida de ese ser especial que está dentro de ti.
Finalmente, decidí que debía enfrentar la verdad. Tal vez, si volvía a hablar con Mauricio, podría cerrar esa puerta una vez por todas y permitir que una nueva historia comenzara.
Mauricio
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Un día, mientras revisaba mis mensajes de texto en un arranque de sobriedad, un mensaje apareció. Era de un número desconocido, un número no podía reconocer. El mensaje decía que me amaba y que por ahora debíamos estar separados y que tenía algo grande que decirme, pero que le diera tiempo. Mi intuición me dijo inmediatamente que era Camila y mi mente solo pensaba que era el momento para actuar. Aunque mi corazón latía con fuerza y miedo, decidí que debía ir en busca de Camila.
Por otro lado, recogí lo poco que tenía en el apartamento de camila, tenía que volver a mi apartamento y tomar riendas de mi vida, lo primero que hice fue llamar a Javier, este me recomendó a un investigador, una persona muy reconocida, su agencia era una de las mejores.
Esta agencia es la del gran Matteo y asociados.