LANE El amor es para los débiles. O eso es lo que algunas personas dicen. Y después de todo lo que me había tocado vivir, podía jurar que nada me había dolido tanto como el haber sido traicionada por la persona que más amaba en el mundo, el sujeto que debía ser mi ejemplo de un hombre perfecto y que tenía que cuidar de mí por sobre todas las cosas. Mi propio padre. En cierto punto, el dolor había sido tan fuerte, tan irreal, que realmente tuve que llegar a odiarlo para que no doliera de esa manera. Y aún así me moría por saber qué había hecho mal, en qué me había equivocado, como para que mi propio padre me vendiera a gente desconocida y peligrosa. Además, tenía en mis hombros una carga que no me pertenecía, no debía hacerme cargo de salvarlo, porque no me correspondía, y como una idi

