El sol apenas había salido cuando Zeyan se encontraba sentado en el jardín de la villa, mirando fijamente una rosa que había perdido algunos pétalos. Su mente estaba llena de imágenes de An: su mirada desafiante, su voz firme y, sobre todo, la forma en que lo apartaba constantemente. Él no estaba acostumbrado a suplicar. Era un hombre poderoso, acostumbrado a controlar todo a su alrededor, pero An era diferente. Ella lo hacía sentir vulnerable, desesperado incluso, y eso lo aterraba tanto como lo atraía. —Señor Qin, —interrumpió Chen con cautela. —La señora An ha salido con Tianyu. Está en el mercado comprando algunas cosas. Zeyan asintió, dejando la rosa sobre la mesa. —Prepárame el coche. La seguiré. —¿Está seguro, señor? —Chen, haré lo que sea necesario para que ella me dé otra op

