El sol comenzaba a asomarse por el horizonte, llenando la habitación con un cálido resplandor dorado. Los rayos se filtraban a través de las cortinas, iluminando las suaves facciones de An mientras dormía. Zeyan estaba despierto, recostado a su lado, observándola en silencio. Por primera vez en mucho tiempo, sentía una paz que no había conocido antes. El peso de sus errores, el dolor de las decisiones mal tomadas, todo parecía haberse desvanecido en el calor de la noche que compartieron. No pudo evitar alzar una mano y acariciar su rostro, trazando con delicadeza la línea de su mandíbula. An abrió los ojos lentamente, parpadeando al ajustarse a la luz. —Buenos días, —murmuró él, su voz suave pero cargada de emoción. An lo miró, todavía adormilada, pero no pudo evitar notar la ternura e

