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832 Palabras
El regreso a Buenos Aires le dejó un sabor amargo a Clara. Si bien había fantaseado demasiado con un reencuentro con Enzo, nunca lo hubiese imaginado como ocurrió. No podía dejar de sentirse indignada. Que la viera como una nena le molestaba demasiado. No se sentía como tal y a juzgar por la infinidad de fantasías que habían llenado su mente desde que había visto esos tatuajes, aquella descripción era completamente incorrecta. Pensó en volver a escribirle, varias veces tomó su teléfono y observó esa foto de perfil que tenía un dibujo que conocía demasiado bien. Pero rápidamente desistió, él había dejado claro que no quería tener nada que ver con ella y con eso no le quedaba mucho por hacer. Pasó la primera semana retomando las clases y el estudio, se encontró con Nati, la única amiga con la que disfrutaba compartir las horas y cuando llegó el viernes decidió que había llegado el momento de hacer algo que llevaba demasiado tiempo deseando. Se puso su pollera de jean y una remera blanca con un volado en el escote que dibujaba sus pechos con una sutileza que apreciaba. Le costaba mostrarse sexy, nunca había sido su estilo, pero Nati le había insistido en que mostrar un poco de piel siempre era algo positivo. Su cabello color cobre caía en ondas definidas sobre sus hombros dándole un marco que hacía que su rostro pareciera de porcelana. Se miró al espejo y una ligera sonrisa asomó a sus labios. Si me vieras ahora no creerías que soy una nena, pensó con ironía. Pero no iba a volver a verlo, pensarlo no tenía sentido. Tomó su mochila, la misma que usaba desde que Evangelina se la había regalado en su último año de secundaria y caminó hasta el local que Nati le había recomendado. La vidriera mostraba varios dibujos en blanco y n***o, muchos de ellos de calaveras, cruces y algunos animé. Al entrar una joven con piercings por toda su cara la miró de arriba abajo mientras hacia un globo con su chicle de color rosa. -Hola, quería hacerme un tatuaje- le dijo Clara algo arrepentida por el gesto que vio en la casi adolescente. -¿Tenes turno?- le preguntó la joven sin perder la desaprobación en su mirada. -No sabía que se necesitaba turno.- le respondió Clara, comenzando a sentir que sus mejillas se teñían de rojo. -Es con turno.- se limitó a responderle a desgano. -Bueno, ¿me podrías dar un turno entonces?- insistió Clara, que había comenzado a enfadarse. La joven tendría unos veinte años, no tenía porque mirarla como si ella fuera una señora. Estaba allí para hacerse un tatuaje. ¿Acaso no se dedicaban a eso?, pensó indignada. Entonces la vio tomar su celular y comenzar a tocar la pantalla con sus largas uñas de color azul eléctrico. Clara suspiró intentando controlar sus nervios, estaba apunto de irse cuando alguien la llamó por su nombre. -¿Clarita?- dijo la voz de Ninu con una mezcla de entusiasmo y sorpresa. Clara giró para mirarlo y se quedó inmóvil. El hombre que la llamaba era una versión remasterizada del Ninu que recordaba. Había perdido todo su sobrepeso, llevaba su cuerpo tatuado casi como Enzo y su cabello largo hasta los codos en un n***o oscuro que le costo reconocer. -¿Ninu?- le preguntó Clara entre sorprendida y arrepentida. ¿De todos los lugares de tatuajes que había en Buenos Aires había elegido el de Enzo? ¡No podía creerlo! -Siiii, soy yo. ¡Qué lindo volver a verte! Justo esta semana hablamos de vos con Enzo.- le dijo como si aquello no activara millones de dudas en su interior. -Venía a hacerme un tatuaje pero no tengo turno.- le dijo Clara comenzando a caminar hacia la salida. -No te preocupes, yo estoy libre. Vení que lo hacemos ahora mismo.- le dijo Ninu con su voz serena, la que sí sonaba igual a como la recordaba. Clara le envió una mirada de satisfacción a la jovencita de la recepción y siguió a Ninu hasta un gabinete en el que había una camilla y varios elementos que la llevaron a abrir sus ojos con sorpresa. -¿Es tu primer tatuaje?- le preguntó Ninu al verla mientras se acomodaba en un banquito redondo. -¿Tanto se nota? - le preguntó Clara con una sonrisa mientras acomodaba su mochila en la silla libre para sacar un papel de adentro. -No te preocupes, dicen que tengo buena mano.- le dijo Ninu con exagerada altanería. Clara sonrió y le entregó el papel. -¿Para qué ser humilde, no?- le respondió aún sonriendo mientras se sentaba sobre la camilla y colocaba sus manos debajo de sus piernas. -¡Guau! ¿Esto lo hizo…?- le preguntó con curiosidad Ninu al ver aquel dibujo. Clara asintió con una sonrisa y él la imitó. -¿Dónde lo hacemos?- le preguntó entusiasmado. Y Clara le mostró con timidez el sitio que había escogido.
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