Ligeros rayos de sol se colaban por la única ventana del lugar. Un silencio algo inquietante recorría las calles sin siquiera ofrecerle una distracción a Enzo que no podía quitar su vista de la cabellera cobre que cubría su torso desnudo. En un movimiento imposible de controlar sus dedos no podían dejar de acariciar aquella piel de porcelana tan contrastante con todos los tatuajes de su propio cuerpo. Ese era el momento en el que normalmente se hubiese ido. Con un movimiento suave la hubiese apartado y, terminando de vestirse en el pasillo, hubiera abandonado el edificio intentando no mirar atrás. Eso es lo que solía hacer, eso era todo lo que podía ofrecer. Pero le había prometido que se quedaría. Y aunque no lo hubiera hecho, cada vez le costaba más alejarse de ella. Siempre habían

