El mote de oveja negra en la familia solo le puede corresponder a uno y nada más. Lo digo con tanta claridad porque a pesar de los dolores, es algo que me gané a pulso y hoy al ver hacía atrás me siento orgullosa de lo que represento. Como crecí y lo que soy es una huella de cada situación por la que he pasado.
- Ahí va crecidita la niña, mamá.- Mi tía reiniciaba sus platiquitas con la abuela.- Pero ahí usted si la va a dejar convertirse en la mujer de cualquier traqueto.
- Ay, hija. No sea tan exagerada. Esa muchachita ni amigos tiene.- La mujer le respondía con la verdad pero en un intento de rebajar el ansia negativa de la otra.
Y sí. Por aquellas fechas me faltaban amigos y conquistas, porque aunque ya tenía mi importante batallón de pretendientes, ninguno daba al punto de tal forma en que me convencieran de salir con ellos.
Eso, sumado a otros detalles, me llevaría a tomar la batuta en el ambiente familiar, como la ovejita negra.
Mi hermano es y será la fuente de presión en cada uno de mis pasos. Es cierto, la vida procuro separarnos de tal forma que nuestro contacto se ha visto reducido en estos años pero, si consideramos la condición inicial y real entre nosotros, no dejará de ser el presente un estímulo para ambos.
Mi madre supo que estaba embarazada cuando yo apenas tenía 8 años. En esa etapa fue que yo me sumergía en la tortuosa soledad donde tanto me lastimaba y aún vivía en casa de mi abuela, ya con las características que desde mi primer año de vida tuvo a bien de inculcarme. Ahí, que era reducida a un simple espectador, primero por mi edad y claro que también por mis capacidades, escuchaba cuánto se hablaba sobre el tema.
Yo estaba feliz. Después de tanto desearlo, por fin llegaría a mi vida una figura que está vez no dejaría pasar inadvertido mi profundo amor, para bien mío. La idea de tener un hermanito me sofocaba al punto de no poder evitar mostrarles a todos con ternura, mi emoción. Imaginé pues como me puse al escuchar aquel anuncio que mi madre daba. Eso sí, el llanto que le provocaba era diferente, muy pequeña y todo no dejaba de darme cuenta que en efecto algo no cuadraba.
Y estaba en lo cierto. Como varios años después pude darme cuenta, mi abuela en principio, pero también mi tía, no daban crédito a lo que habían escuchado. Más allá de eso, se encontraban en total desacuerdo y por más que mi madre intentará, no iba a suceder algo que cambiará su opinión. El aborto era una figura nueva en la familia y estarían decididos a someter a mi madre a eso con tal de que el pequeño no naciera.
Y en este punto tengo que decir algo que pudiera sonar sospechoso y hasta lamentable. Para aquel entonces en que mi mamá estuvo embarazada las cosas no marchaban como debieran ser. Ella, que pasó bastante tiempo estuvo enamorada de mi padre y cuyo objetivo fue por muchos años hacerlo regresar, apenas salía de ese vicio. Si bien es cierto que su vida sentimental siguió su curso, cualquier cosa que hiciera estaba destinada al fracaso. El oscuro pasado, mezclado al apego sostenido con un hombre que tampoco la procuraba aún a su pesar, no era algo que se sujetara a las estrictas normas familiares
Ramón, el men que por unos meses mantuvo un contacto estable con ella, se fastidió de lo tormentoso que significaba sostener una relación amorosa con aquella mujer repleta de prejuicios y complejos. Como era de esperarse, la dejaba en cada momento que tenía oportunidad aunque por cualquier motivo su promesa de mantenerse firme la rompiera una y otra vez.
Así, entre ida y vuelta, del amor al desprecio pasaban más de una vez por semana. Ella discutía, él se lamentaba. Los dos terminaban y en casa de mi abuela, que ya de por sí tenía complicaciones conmigo, tocaba soportar los gritos histéricos que alguien codependiente dirigía a quien se cruzara en el camino.
Hoy lo pienso ya con algunos datos adicionales. Me parece ridículo en verdad que con tan básicos principios sobre moralidad, los mismos que me trataban de obligar a seguir, mi madre hubiera cometido la imprudencia con un tipo al que no amaba, no vivía con ella y peor aún, que ni siquiera se ocupaba de su vida. Sí, Ramón no trabajaba, estudiaba o llevaba a cabo algo benéfico a la causa personal. Por otra parte, esa búsqueda intensa de los miembros de mi familia porque mi hermano no naciera, eran un reflejo de su verdadero yo. La mejor prueba, sobre todo, de que no existen feligreses perfectos y que los más cuadrados y convencionales, esconden tras sus máscaras una y mil costumbres inhumanas. Ese pedazo de hipocresía era justo lo que más rabia me causaba. ¿Cómo eran capaces de azotarme con su desprecio por cosas que ni siquiera hice, cuando ellas promovían quitarle la vida a un ser humano?
Por fortuna, no lograron su propósito. Aseguraba el médico que la razón del fallo correspondía al hecho de que el producto estaba desarrollándose de acuerdo al número de meses que ya tenía y sí, el embarazo se presumía muy adelantado para que nada surtiera efecto, o al menos no con secuelas permanentes para el bebé. Pero también sucede que sin importar que pasara o no, la decisión en la familia por no brindarle apoyo de ningún tipo, estaba tomada.
Era triste la situación. Ojalá, pienso en este momento, hubiera tenido la fuerza necesaria para poner al menos un grano de arena para que la travesía fuera mucho más llevadera y es que era tormentoso pensar en la futura madre, en las condiciones que se encontraba.
- Ya no quiero. Estoy satisfecha.- Decía casi todos los días mientras comíamos.
- Pero niña, no ha comido bien, va a enfermarse.- La abuela trataba de hacerme entrar en razón.
- Lo guardaré para más tarde - Terminaba sin aceptar discusión.
Y era cierto. Cada mañana y todas las tardes, un par de horas después a que terminara de comer los alimentos, yo tomaba una bandeja para vaciar lo que no quería y lo que encontrara sobrante de los demás. Salía a la calle y me dirigía con rumbo al lugar en donde mamá estaba. Por supuesto que no era nada cierta mi excusa, pero dado que habían decidido incluso negarle mis alimentos a mi madre y en aquella condición, yo no podía hacerme de la vista gorda. Eso, en voz de mi abuela, se convertiría después en una de las causas de mi anemia.
Y quién lo habría de pensar. Tanto que mamá demostraba su coraje y desencanto hacia mí, y yo que sin pensarlo estaba dispuesta a entregar mi vida por ella. Pero era y es orgullosa, soberbia. De hecho, esas visitas para llevarle lo que consumía, eran maquilladas como favores que me pedían. Yo la conocía y estaba segura que no aceptaría ninguna dádiva, así que me mentía diciéndole que lo habían mandado.