Capítulo 16

904 Palabras
Primero mi hermanito a quien dejaba atrás y no sabía cuándo volvería a ver. Después a mi abuela, que nunca dejó de ser un escudo y a la vez trampolín que me ayudaba a sobrellevar los momentos terribles en esa etapa. Pero ya estaba dicho. Era momento de partir. Mi llegada a México fue con una mezcla de miedo e incertidumbre pero también estaba convencida de que nada podría ser peor que lo que vivía en Colombia, con toda esa mierda siguiéndome los pasos a dónde fuera destrozando mi vida por completo. Llegamos al aeropuerto a las dos de la tarde. Ahí, después de pasar a un cajero automático y recibir de manos de Marcos trescientos dólares para lo que pudiera necesitar, me hizo una lista de respuestas a las posibles preguntas. Iba a decir que viajaba de visita con mi novio, les daría la dirección que me escribió en un papel y que me aprendí de inmediato y que el motivo de mi llegada era para conocer el país. Todo salió de maravilla. Mi primera parada en la ciudad de México fue en un pequeño pero bonito restaurant dónde comí tacos. La delicia mexicana. Ojalá alguien me hubiera dicho que existía el picante, pero qué desliz. Estuve como diez minutos respirando por la boca y bebiendo cuánto pudiera para calmar el sentir provocado por aquello. Ya hasta mis ojos lloraban. La siguiente parada fue en un hotel. La imagen era fabulosa, como todo lo que me encontraba en el nuevo país. Un adornado al estilo mexicano con toda la intención de que lo disfrutara, era la mejor muestra de que Marcos buscaba hacerme sentir feliz con lo que estaba pasando. Cenamos, conversamos e hicimos el amor. A las ocho de la noche y aún media dormida sentí que el hombre se levantaba de la cama. Iba vistiéndose. Lo observé desde la cama acomodándome para que lo notara. Me dijo que tenía que irse, iba a ver a su familia. Antes de salir dejó su computadora en la pequeña mesa del dormitorio y me dijo que a través de r************* nos contactaríamos. No tardaría, aseguro, pero de preferencia que tuviera cuidado con mis salidas. El alma se me iba a cada mensaje que le enviaba y del que no tenía respuesta. Habían pasado más de veinticuatro horas y el silencio al que me condenaba el sujeto me agobiaba al punto de que empecé a llorar. No podía creer lo estúpida que fui. Marcos, si es que de verdad se llamaba así, me había botado en ese lugar después de haberme sacado del país. Pero mientras pensaba que la culpa era mía por confianzuda, el sonido de la puerta al abrirse me dio nueva esperanza. Olvidé de pronto todo lo que pensé y me le abalancé con un abrazo que se transformó después en una muestra sin descanso de reclamos, maldiciones y un sin fin de cosas que no recuerdo bien. Ese instante, a pesar del escaso tiempo de compañía, fue el punto de quiebre en la relación. Me dijo, sin mostrar ningún sentimiento de culpa o pena, que había estado con su esposa, que yo debía entenderlo y no hacer tanto ruido por el asunto. Eso era. Me convertía en la amante de aquel hombre y a eso debía acostumbrarme. Los siguientes días la pasamos en el mismo lugar. Él salía por las mañanas a trabajar y en la noche cogíamos como quisiéramos. Después nos trasladamos a Puebla, donde pasó lo mismo. Días sin saber de él hasta que podía liberarse de sus asuntos de familia. Luego a Orizaba y Oaxaca. Tlaxcala. Ciudad de México. De vuelta. En cada lugar pasaba con exactitud lo mismo y a menos que su esposa gustara de viajar a todos lados también, creo que se veía con cualquier otra mujer aprovechando esas vueltas, al fin de cuentas podía hacerlo. Entre todos esos viajes mi desesperación aumentaba. Me sentía perdida. Desde mi llegada no había probado ni alcohol o drogas. Estaba seca. Necesitaba encontrar ese respiro que me hacía falta y supongo que por eso me anime a salir a la calle. Por dónde fuera veía para todos lados y a cualquier persona que viera sospechoso le preguntaba si podía venderme algo de marihuana. No tuve éxito sino un kilómetro más lejos del hotel cuando en el zócalo un muchacho me vendió cincuenta pesos. Ya estaba alegre. A ese punto comencé a extrañar Colombia. Que poca madre, decía en mi cabeza o gritándole al espejo, allá al menos tenía libertad para moverme y viajar. Ahora en México estaba ligada a un hombre que me veía solo cuando se le hinchaban las pelotas y que además de todo quería convertirme en una de sus otras mujeres, señoras de treinta y cuarenta años como él, aburridas, sin gracia, sin chiste. De las cosas que más me complicaron y fueron difíciles de entender es que aquel hombre fino y elegante como gustaba de llamarse no me dejaba escuchar ni siquiera el vallenato y ver los Simpson porque era una especie de burla a la intelectualidad. Pensaba que podía obligar a una jovencita de dieciocho a actuar como una abuela y estaba equivocado. Si bien era cierto que me ayudó a mejorar aunque fuera un poco mis hábitos, no significaba que podría llamarse mi salvador. El punto más agrietado fue que tajantemente me prohibió hablar como colombiana, le parecía fuera de lugar.
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