Al volver al aeropuerto que hacía poco me acababa de despachar, me sentí incómoda y no solo por el hecho de llevar una maleta con mucho dinero o tenerlo pegado al cuerpo, como me sugirió Pedro, también por el hecho de que de inmediato llamaba la atención de todos, visitantes y trabajadores, dada mi apariencia física. Los primeros tatuajes me los hice mientras estaba en el prostíbulo en Bogotá. Ahí, con la presión de las demás chicas, acepté hacerme algunos diseños pequeños pero visibles en los brazos y piernas que siempre llevaba descubiertas y estos eran signos reconocidos porque representaban dibujos animados muy coloridos. Según mi conteo, desde que bajé del avión, al menos de frente, voltearon a mí sesenta y tres hombres, acompañados de su novia o no, y treinta mujeres que no pudieron

