Lía abrió la puerta con suavidad, como si temiera interrumpir algo sagrado. El apartamento estaba en silencio, bañado por la tenue luz de la tarde que se colaba entre las cortinas cerradas a medias. Apenas dio un paso dentro, lo vio: Oliver estaba recostado en el mueble de la sala, con las piernas ligeramente estiradas y la cabeza recostada contra el espaldar. Sostenía entre las manos un pocillo blanco del que salía una delgada hebra de vapor. —¿Aromática? —preguntó ella mientras dejaba las llaves sobre la mesa de la entrada. Oliver alzó la mirada hacia ella, y apenas movió los labios en una sonrisa leve. —De jengibre —contestó—. Me la preparé hace un rato, me ayuda con la sensación rara del estómago. Lía caminó hacia él, notando que la enfermera ya no se encontraba en casa. Se detuvo

