Amos
Everly lleva otra cucharada de pastel de chocolate a su boca y mi mirada sigue el gesto sin intención de disimular. Bebe un trago de su café y desliza la punta de su lengua sobre la comisura de sus labios.
Inhalo profundamente, sintiéndome inquieto. El dulce aroma a caramelo en su café me despierta la necesidad de probarlo de su tentadora boca.
—Deja de mirarme así.
Perezosamente, subo la mirada hacia sus encantadores ojos cafés, tienen forma almendrada y espesas pestañas curvadas. Es tan bella que duele.
—¿Así cómo? —no puedo evitar mi tono ronco, embriagado por las sensaciones que despierta en mí.
—Así —me acusa.
No soporto la distancia así que me inclino para sujetar el borde de su asiento y arrastrarlo más cerca de mí.
—¿Cómo, Everly? —. Acerco mi boca a su oreja—. ¿Cómo si estuviera pensando en encerrarte en mi habitación y follarte hasta el cansancio?
Se vuelve ligeramente hacia mí, dejando su rostro a centímetros del mío.
—Sí, así —susurra.
No reprimo las ganas de besarla. Lento pruebo su boca y el sabor del caramelo, como si no fuera ya lo suficientemente dulce.
—Termina eso así puedo llevarte a un lugar donde pueda besarte en otros lados —murmuro en su oreja y ella me da un ligero codazo.
Sus mejillas adquieren un sutil rosado y solo me recuerdan lo exquisita que se ve cuando llega al éxtasis. Me gusta que me vea a la cara cuando lo hace, que memorice el rostro de la única persona que le da y le dará placer.
El tiempo que queda le pregunto sobre su día y la universidad, escuchándola con atención mientras me lo cuenta animada. Acaricio la suave piel de una de sus piernas, conteniendo las jodidas ganas de explorar más profundo bajo aquella falda que estaba por hacerme perder la razón.
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Everly
Antes de llegar a la mansión, le pido a Amos que conduzca por el camino que nos deje en la parte trasera, para ser más discretos. Me despido con un beso y dice que luego llevará los libros a mi habitación. Sé que solo son tres pero no digo nada, pues me agrada la idea de verlo más tarde.
Cuando entro a la cocina me encuentro a Cecilia conversando animadamente y riendo con el chef.
—Hola, Ivy —Cecilia me sonríe y el chef me saluda con amabilidad—. ¿Cómo te fué en la universidad?
Acepto el vaso de jugo que sirve y me entrega.
—Lo normal —bebo un sorbo.
—¿Y dónde anduviste ésta tarde?
—Por ahí —respondo, ocultando una sonrisa—. ¿Tú todo bien? —pregunto dándole una mirada discreta al chef y Cecilia me mira sin saber qué decir.
Finalmente, compartimos una sonrisa cómplice.
—Todo bien.
—¿Y mamá? —cambio de tema.
—Está tomando una siesta.
Me suena raro pues mamá siempre se encuentra haciendo algo.
—¿Se siente bien?
—Sí, no te preocupes —le resta importancia, tranquilizándome—. Solo estaba algo cansada.
—De acuerdo. Me voy a mi habitación, ¿necesitas que te ayude en algo?
—No, linda, ve tranquila. Te aviso cuando esté la cena.
—De acuerdo.
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Cuando bajé a la cocina a cenar, me crucé con el señor Bernard.
—¿La veré ésta noche, señorita Everly?
—Por supuesto —le sonreí con amabilidad—. Disfrute la cena, señor Bernard.
—Usted igual.
Cada uno continuó su camino.
Tras la cena, regresé a mi habitación para ducharme y cambiarme a la ropa de dormir antes de ir hacia la oficina del señor Bernard.
—Así vale la pena perder —bromeo cuando me ofrece un bombón de chocolate tras mi segunda derrota.
—Creáme, Everly, nada se siente tan satisfactorio como la victoria arduamente obtenida.
—¿Y falta mucho para eso?
—Bueno, eso depende de usted —responde, reacomodando las piezas—. ¿Cómo van las clases?
—De maravilla —respondo con una sonrisa—. Algo agotadoras pero vale la pena.
—¿Lo ve? Todo ese esfuerzo tendrá su recompensa cuando la nombren el mejor promedio de la universidad.
—¿Lo cree?
—Tengo la certeza de que así será. Conozco sus calificaciones tanto como su esfuerzo, Everly. Cuando eso pase y debas dar un discurso, ¿mencionarás a éste viejo, no es así?
—Por supuesto que lo mencionaré, señor Bernard. Y obvio que está más que invitado, me encantaría verlo allí.
Él asiente.
—Es un hecho, señorita Everly.
Me indica que comience y, en cuanto muevo la primera pieza, otra presencia se hace presente en la habitación.
—Entonces aquí estás.
Amos aparece desde la puerta corrediza que da a la biblioteca. Lleva pantalones de dormir y una camiseta negra.
Por un momento, me pregunto qué dirá el señor Bernard al saber que su nieto está buscándome de noche. La preocupación se desvanece en un instante cuando lo veo sonreír.
—Pero qué dicha, si son mis dos personas favoritas.
Amos entra a la habitación cerrando tras de sí.
—¿Acaso quieres robarme a mi chica? —bromea Amos, acercándose y ocupando lugar a mi lado.
Inevitablemente, un sutil rosado cubre mis mejillas. El señor Bernard me lanza una mirada cargada de complicidad y ríe con los labios apretados, como si ya se hubiera imaginado aquello desde mucho antes. Me pregunto qué pensará de mí, pero en su expresión no hay juicio, solo una especie de resignada ternura.
—Bueno, adelante —nos hace una seña para continuar el juego, se ve animado y eso me hace sonreír. El señor Bernard tiene sus amigos y sus salidas, pero en la mansión sé cuánto le encantaría pasar más tiempo con su hijo o sus nietos y cómo se resigna en silencio al verlos en otros asuntos—. Veamos si dos cabezas piensan mejor que una.
La partida es realmente entretenida, pero no tanto como observar a Amos concentrado. Aporto lo mío pero al final es Amos quien logra vencer a Bernard, quien sonríe con cierto orgullo. Jugamos unas veces más hasta que bostezo y el señor Bernard observa la hora en su reloj.
—Es tarde —menciona—. Debo irme a descansar sino tu madre me regaña —me dice.
—Falta un cuarto para su medicina, no lo olvide —le recuerdo, acomodando el tablero.
Él asiente, alejándose hacia la puerta.
—Descansen, niños —se despide.
—Descanse, señor Bernard.
—¿Y ahora? —pregunta Amos, acercándose a mí. Lo detengo apoyando mi índice en su pecho.
—Y ahora nosotros también debemos ir a descansar. Tú a tu habitacion y yo a la mía.
Su ceño se frunce, totalmente en desacuerdo con la idea.
—Sabes que encontraré la forma de escabullirme en la madrugada, ¿no?
—Puedes intentarlo.
Se acerca un poco más y lleva sus manos a mi cadera.
—Everly…
—Amos, alguien podría entrar. Debemos irnos —tiro de su mano pero en un movimiento él me jala hacia su pecho.
—Entonces déjame ir contigo.
Siento su mano en mi espalda baja, manteniéndome pegada a su cuerpo. Huele a ropa limpia y jabón masculino. Se inclina y deja un beso sobre mi boca.
—De acuerdo —me rindo.
Tira de mí hacia la puerta corrediza.
—Andando, antes de que cambies de opinión.
Me recuerda a un niño pequeño y no puedo evitar sonreír.
Cuando llegamos al corredor vacío y semioscuro que lleva a mi habitación, Amos me echa sobre su hombro con facilidad y debo contener mi risa.
—Bájame, esto es inapropiado —susurro/grito.
—Cállate o te escucharán —pronuncia del mismo modo.
Cuando llegamos a mi habitación, finalmente me deja en el suelo y antes de poder decir algo, cierra detrás y toma mi rostro para besarme. Le correspondo el gesto, sintiendo mi corazón acelerado y un agradable cosquilleo en el vientre.
Ese lado suyo que Amos nunca le mostró a nadie, está dándomelo únicamente a mí, y aquello me tiene flotando en una nube de la que no quiero bajarme nunca.