William Castillo, Allí estaba él, sentado en el sofá junto con sus padres, tratando de convencerlos de que no quería un abogado, solo que había omitido la parte de que ya él tenía una. Sus padres no confiaban mucho en Alberto, lo conocían hace tanto, pero como amigo de su hijo, nunca lo vieron como buena influencia, como abogado le daban su respeto, pero ellos no dejaban de culpar que su hijo estuviera en esas. Ya que él lo llevo a la fiesta esa noche.
—Ya les dije que Alberto no tiene la culpa de nada, y no será mi abogado —Les explicaba.
—Menos mal, porque capaz y te saca del lío, y yo ya estaba contando con tu herencia una vez estés en la cárcel —dijo Wilmary, la hermana menor de William en forma de broma, ellos se adoraban, de vez en cuando se hacían bromas.
—¿Qué herencia? Si con esa cara que tiene nuestro padre, se me hace que me desheredo— Ambos soltaron la risa.
—Les parece muy gracioso, pero una vez se haga realidad, ya verás si te vas a seguir riendo —Su padre se paró enojado del sofá, y se dirigió a la salida, pero antes dijo —. Y tu abogado vendrá mañana a hablar contigo. —Puntualizó, dando por sentado que William haría caso de lo que él decía.
—¿Vas a aceptar su abogado? —Le pregunto algo por fin su madre, la cual solo se mantuvo allí sentada hasta ese momento sin decir nada.
—Obvio no mamá, sabes que él solo quiere tener el control de todo.
—No sé por qué intentas iniciar una guerra con tu padre…
—¿Guerra? — Interrumpe este, mirando con los ojos bien abiertos a su madre. Esperando que esta continúe.
—Si, él solo quiere el bien para todos, tu padre es un hombre que ama a su familia más que a nada —De un momento a otro se escuchó la risa sarcástica de Wilmary, la cual no pudo contenerse y termino parándose de la mesa (la cual era la única que se encontraba sentada allí, pero muy al pendiente de lo que se decía en el sofá, como un león, esperando donde meterse, así de sencilla era ella) dirigiéndose a su habitación —¿Por qué no pueden creer en el amor de su padre? —Preguntó un tanto triste su madre.
William salió de prisa de su casa, se dirigió al departamento de Alberto en busca de una respuesta a su gran pregunta ¿podrá salir de esta? ¿Ella podrá sacarlo de este gran lío?
Ayer le llegó el comunicado de asistir al juzgado en un mes, exactamente un mes tendría Samantha para estudiar el caso. Y con sus problemas familiares, esperando que no le hagan una mala jugada.
—Hola Brother —dijo Alberto al momento de abrir la puerta y encontrarse con William parado justamente en ella —, pasa —dijo cerrando la puerta tras él —. ¿Cómo te ha ido?
— Bien, pero no vine hablar de cómo me va. Quiero saber si me sacaran de este lío —dijo al momento que le entregó la cita que el juzgado le había enviado anteriormente.
—¿Qué es esto? —dijo Alberto tomando el sobre.
—Tú eres abogado. Yo no, así que, dime tú ¿Qué es eso?
—Amigo, te diré algo —dijo Alberto acercándose a este —, estás en graves problemas —Y salto la risa que parecía un maniaco loco.
—Eres un idiota.
—Despreocúpate, confío plenamente en Samantha. Metería la mano al fuego por ella.
—A mí me parece muy frívola y fría.
—Lo es. Te lo puedo asegurar.
—La conoces hace mucho —dijo mientras veía al otro servir dos vasos de cerveza.
—Puf. Sí, casi nacimos juntos.
— Tú y yo igual, y nunca habías hablado de ella. Y mira… siempre me has presentado a todos tus amigos. Pero ella nunca la conocí, ni nada de ella.
—Ella es diferente a todas las mujeres que conoces. Créeme.
—Hablas con mucho anhelo de ella.
—Admiración, amigo. Admiración —Puntualizó dando dos palmadas en los hombros de sus compañeras por ese momento. Mientras tomaban cervezas, Alberto comenzó a explicarle lo que decía el papel que este le entregó.
El cual decía:
Juzgado civil del estado de San Antonio, Texas.
Investigación 77/895/2013 -5
Juicio acusatorio. 1123/2013-5
El Juez 5º de lo Civil en el estado de San Antonio, Texas. Solicita la presencia en las instalaciones de este juzgado del Sr. William Castillo Valverde, para que rinda testimonio en el juicio sucesorio, en calidad de acusado del delito de abuso s****l de la señorita, Brenda Quevedo.
Apreciable Sr William Castillo Valverde, se le requiere para que en fecha 09 de mayo próximo mes se apersone en las instalaciones de este Juzgado, con la relación de las demandas impuestas por la señorita Brenda Quevedo.
Esto con la finalidad de presentar pruebas o aceptar la culpa de lo que se le acusa antes de la realización de las diligencias previas a la resolución definitiva.
En la cual debe de presentarse con su abogado, en caso de no poder contar con uno, se le asignará uno de oficio, el cual deberá emitir la carta civil de asistencia a la citación dada a continuación.
Así lo firma y da fe el Juez. Lic. Olegario Orleans Bravo acompañado del secretario de cuenta Lic. Gustavo Padilla Elizalde.
Juez secretario
Firma Firma
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Luego de leer esto. Se quedaron ambos en silencio por un momento. Pensando en todas y cada una de las palabras escritas es aquella citación.
—Creo que ni recordaba su nombre ahora sé que se llama Brenda, amigo — dijo esto, más para acabar con el silencio que por ser real que le importaba saber su nombre—Llama a Samantha — dijo William en ese momento. Causando la risa nuevamente de su amigo.
— Si, eso haré— dijo aun riendo — Pero luego de un par de cervezas más —Ambos rieron.
°°°
En otro momento y lugar.
Samantha se encontraba en su casa, analizando posibles encuentros en el juzgado.
¿Cómo voy a enfrentar a mi esposo es este momento? ¿Lo amo, o no?
Eran preguntas que ella se hacía.
De fondo se podía escuchar la canción de Ana Gabriel “soy como quise ser” y llego hasta a pensar que el universo se la hizo poner.
Les di lo mejor de mí, y el tiempo me ha dejado la experiencia
Amé cuanto pude amar
Gocé de todo en abundancia
La vida yo disfruté
Y nunca me he negado nada
Soy alguien que aprendió a vivir
De tal manera y sin misterios
Preciso de un instante para amar
Y olvido lo que tengo que olvidar
Fue mejor así
Nunca me reprocho nada
Tengo un corazón
Con rostro de ilusiones que me embriagan
Sueños que iluminan mis sentidos
Fuerzas para construir castillos.
Estaba en esa parte de la canción cuando escuchó su puerta ser tocada por alguien. Corrió abrir sin aún siquiera pausar la canción.
Al abrir la puerta se encontró con dos hombres, totalmente ebrios. Y su sorpresa fue tanta.
— ¿Qué hacen aquí?
—Te dije que llamáramos —El primero en hablar fue William mirando fijamente a Alberto —. No pareces contenta de vernos.
—Ella es así de fea —dijo Alberto en burla.
—No muevas las abejas, amigo —Estaban tan ebrios que no sabían ni que decían.
—¿Nos quedamos aquí, o nos dejas pasar?
—Debería dejarlos aquí, ¿Por qué lo trajiste a mi casa?
—Toma —dijo Alberto entregándole la carta que habían recibido del juzgado.
Ella tomó la carta. Haciéndole seña que pasaran.
Ella les sirvió dos cafés bien cargados –cosa que no estaba acostumbrada hacer para nadie–, y luego se sentó frente a estos, leyendo la carta. Nada de allí le sorprendió, ya que era de esperarse que recibiría una.
Solo costaba analizarla y ver que podía hacer.
—¿Por qué me trajeron esto a mi casa?
—Creí que querías verlo.
—Pedí que no té involucraras en esto, o lo dejaría. Y mira lo que hacen, venir a mi casa borrachos, y no, no me importa que estén ebrios. Si no que estén en mi casa.
Cuando Alberto alcanzó a identificar la canción, no pudo resistirse a comentar sobre lo que está decía.
—¿Lo sufres? —Golpe bajo. Si, en ese momento Samantha sintió que le había hachado sal a la herida. Ella nunca se llegó a preguntar eso. De verdad ¿lo sufría o no? Una mujer como ella, no era de esas que se hacían esas preguntas, siempre fue muy segura de sí misma. Y así quería seguir.
—¿De qué hablan? —William en su inconsciente ebriedad vio la cara que tenían ellos dos, y ese fue la gota que derramó el vaso. Siempre siendo una mujer conservadora, y sin mostrar más de lo que se debía, su amigo no tiene derecho hablar sus asuntos delante de un desconocido, aunque no haya dicho nada. Ella sabía que por ahí iba.
—Lárgate, lárguense de mi casa los dos.
Samantha le abrió la puerta esperando verlos salir a ambos, pero ninguno de ellos se movió, es como si no hubiesen escuchado la decía, hasta que…
—¡LARGO, FUERA DE MI CASA! —El grito de ella se podía escuchar al otro lado de su apartamento. Se había enojado a más no poder, incluso para Alberto, sabiendo cómo es, conociéndola, estaba seguro de que nunca la había visto tan enojada como ese día.
Lo que él no sabía, es que le abrió una herida, ese mismo día, se supone que estaría celebrando su aniversario número 3. Y no, no llego a cumplir los 3 años como pensaba que duraría la vida. Aunque las circunstancias de la boda fueran otras, el amor estaba allí. Sin duda alguna.
Ambos salieron a toda prisa, dudando si irse o consolarla. Alberto solo pudo disculparse, y llevarse a su amigo fuera de su casa.
Ella se volvió a sentar en la comodidad de su sofá, tomó la carta en sus manos, fue por su laptop y comenzó a redactar el acta de asistencia que enviaría al juzgado. Ella estaba clara, que no había tiempo para lamentos, que no tenía tiempo para lutos, llorar, o algo parecido. Tenía una meta clase, resolver sus casos. Y ganarlos, por ella no pierde, no en una corte, y tanto su vida, como el caso de William, serían llevados a una corte.