Su idea muy brillante consistía en averiguar los sitios que Oliver solía frecuentar. Así que se encontró a sí misma espiándolo, cosa que no le resultaba para nada divertida. Era desagradable.
El hombre se estacionó frente a un restaurante, eran aproximadamente las siete de la noche, lo cual indicaba que se disponía a cenar.
Adhara miró hacia todos lados esperando que la silueta de Anastasia emergiera de la nada, sin embargo, esto no sucedió.
«¿No se suponía que estaban juntos?», se encontró preguntándose, pero al segundo siguiente se arrepintió. Los problemas de esos dos no eran su asunto.
Así que, de forma cautelosa, regreso de vuelta al plan. Se bajó del auto una vez estuvo segura de que Oliver hubo entrado. Solamente se asomaría para confirmar si comía solo o acompañado, o con qué frecuencia visitaba este lugar.
—¿Tiene una reservación? —le preguntaron al entrar.
Adhara dio un rápido vistazo al interior y quedo deslumbrada. Una tenue melodía de jazz se filtraba por las paredes envolviéndola en un trance, lamentablemente no era capaz de ver todo el interior, pero desde afuera se notaba la belleza y sofisticación del sitio. Las mesas estaban cubiertas por un mantel blanco impoluto y una sola rosa roja flotaba en un delicado jarrón de cristal.
—¿Señora? —insistió la recepcionista al notar su anillo de casada.
Adhara se despertó de su trance momentáneo y se percató de que una pequeña fila de personas se había formado a su espalda.
«Maldición, debía hacer esto rápido», pensó, tratando de encontrar las palabras adecuadas para no quedar como una tonta.
—Yo vengo a encontrarme con una persona.
—Por supuesto. ¿Dígame su nombre, por favor?
—Oliver Volkov.
—De acuerdo. El señor no mencionó que estaba esperando alguien —se mostró dudosa.
Adhara no pasó desapercibido la familiaridad con la que hablo, aquello quería decir que Oliver solía frecuentar este lugar o que era amigo de esa mujer. Pero por algún motivo descarto la segunda opción.
—No necesitaba mencionarlo. Soy su esposa —las palabras se sintieron extrañas en su boca.
—Oh, en ese caso…
—Mire, necesito pedirle un favor—se acercó más para susurrarle de manera confidencial—. En realidad, no quede de cenar con él aquí. Yo solamente quería saber si solía frecuentar este lugar, ¿ya sabe?
Dejo la insinuación en el aire esperando que captara lo que quería decir. A los pocos segundos la compresión cubrió sus rasgos, lo cual hacía evidente que había captado su mensaje.
—Por lo general viene cada día —soltó la mujer en un murmullo.
—¿Acompañado?
—No, suele sentarse solo en la última mesa. Al parecer solamente le gusta la comida que hacemos aquí.
—Genial, muchas gracias.
Adhara regresó a su auto y sacó su teléfono celular para llamar a Luke. Eran las cuatro de la tarde en Inglaterra, así que era una muy buena hora para hablar sobre esto. La videollamada tardó unos minutos en ser contestada, pero luego de un par de intentos finalmente Luke atendió.
—Hola, estaba en una reunión —la saludo, llevaba el cabello desordenado, haciendo que Adhara dudara de aquella excusa. Pero lo que estaba haciendo no era su problema.
—Debes enviar a tu hombre aquí —le mostró el lugar a través de la cámara de su teléfono—. Te enviaré por correo electrónico la dirección detallada.
—¿Por qué ese lugar?
—Es donde suele cenar, Oliver. Recuerda que la idea de todo esto es que parezca algo casual —explicó—. Quizás si se consiguen aquí de casualidad y lo convence con buenos argumentos, él acceda a firmar.
—Parece un buen plan.
Adhara sonrió ampliamente, al saber que su investigación había dado buenos resultados.
—Perfecto —se dispuso a cortar la llamada.
—¿Lo estabas siguiendo? —preguntó Luke sacándola de su triunfo momentáneo.
—Mmm no. O bueno sí —admitió entonces.
—No deberías—la expresión de Luke se oscureció—. Evita estar a solas con ese sujeto. Es peligroso.
Las palabras de Luke la acompañaron por el resto de la noche. Nuevamente, Adhara no pudo dormir.
[…]
Al día siguiente, Oliver se disponía a cenar en el mismo lugar de siempre, cuando tropezó con un hombre de traje camino a su mesa asignada.
—Una disculpa, ¿señor? —le extendió la mano al tiempo que parecía preguntarle su nombre.
Oliver escaneó al sujeto, mientras dudaba de estrechársela.
—No fue nada —dijo, esquivándolo.
Tomo asiento en su mesa habitual, descubriendo que aquel individuo se sentó en la mesa aledaña. Y aunque quiso ignorarlo, le resulto imposible. Su mirada era insistente.
—¿Le puedo ayudar en algo? —termino preguntándole un poco harto de su vigilancia.
—Me preguntaba si nos conocíamos de antes —dijo aquel hombre.
—Lo dudo. Nunca olvido un rostro.
—Lamento no tener tan buena memoria como usted. ¡Oh, ya sé! —se interrumpió a sí mismo mirándolo boquiabierto—. ¿Oliver Volkov, cierto?
Oliver asintió con más sospechas que antes. La desconfianza fluyendo de su ser.
—Un gusto. Maximiliano Fiore.
—Un gusto —dijo parcamente, estrechándole la mano finalmente.
—¿Puedo acompañarlo? —señaló a su mesa.
Oliver se puso rígido.
—Me temo que no—le gustaba cenar solo y eso no cambiaría por un extraño.
—Bueno, entonces que sea desde aquí, señor Volkov —se mostró animado a pesar de su rechazo—. Trabajo para una empresa de materia prima de fibra de carbono, acero, aluminio y caucho. Sin duda su empresa puede necesitar algo de esto. Actualmente, contamos con precios muy bajos, quizás si le interesa—saco una tarjeta de su gabardina y se la extendió.
El cuadro de papel quedo suspendido en el aire, porque Oliver, con una mirada de muerte, le dijo un claro y parco “no”.