El chico petulante empieza a encender unas lámparas a los costados de cada pared, pronto el ambiente se ilumina. Tapo mi boca reprimiendo un jadeo, cuando mis piernas tienden a enredarse. Siempre odié tener piernas cortas. Devuelvo la mirada al frente, vacío, se fue. -genial... -susurro con sarcasmo. Empiezo a caminar pausadamente, observando las paredes desgastadas de concreto, temo que en cualquier momento se echen abajo. Mi corazón late y asumo que estoy loca porque mi mente no para de recordar las veces que él me torturaba. Tal vez no lo hacía con mi cuerpo, solo maquinaba mi mente a su antojo, haciéndome mucho más vulnerable, sin escape. Me detengo en abrupto cuando la mitad de la estancia está oscura; las lámparas de este lado están apagadas. No tengo idea como se prenden, ento

