XXXIV La noticia de la salvación prodigiosa de Ligia se extendió rápidamente entre los pocos cristianos que aún había esparcidos en diversos puntos de Roma y que habían logrado escapar a la destrucción. Y los cristianos venían a ver a la elegida, en quien se había manifestado el favor de Cristo. Los primeros visitantes fueron Nazario y Miriam, en casa de los que se ocultaba el apóstol Pedro. Después vinieron otros. Todos, Ligia, Vinicio y los esclavos cristianos de Petronio, escuchaban atentamente la narración de Urso acerca de la voz interior que había escuchado y que le había ordenado luchar con el toro salvaje. Y todos, después de aquella visita, volvían llenos de consuelo y alentados por la esperanza de que Cristo no habría de permitir que todos sus confesores fuesen exterminados de

