VI PETRONIO se hallaba en su casa. El portero no se atrevió a detener a Vinicio, que penetró como una tromba. Al enterarse de que el dueño se hallaba en la biblioteca, penetró en ella con el mismo ímpetu. Al ver a Petronio escribiendo, le arrancó la pluma de la mano, la hizo añicos, la pisoteó y, agarrándole por los hombros y acercando su rostro al de él, preguntó con voz ronca: —¿Qué has hecho de ella? ¿Dónde está? Entonces sucedió una cosa sorprendente. El elegante y atildado Petronio desasió la mano con que el joven atleta le oprimía el hombro; luego, cogiéndole la otra y sujetando ambas en una suya como unas tenazas de hierro, dijo: —Únicamente por las mañanas me siento algo débil; por las tardes recupero mi antigua flexibilidad. Trata de soltarte. La gimnasia debe de habértela ens

